DOM J. B. CHAUTARD
ABAD DE
EL ALMA
DE TODO APOSTOLADO
Obra útil para fundar en la vida interior el trabajo del apostolado.
Bendecida y recomendada por
Con licencia eclesiástica
TRADUCCIÓN DEL AUTÓGRAFO DE SU SANTIDAD BENEDICTO XV AL
AUTOR
"A nuestro amado
hijo D. Juan Bautista Chautard, Abad de
Le felicitamos de todo corazón por la excelente publicación de su libro
titulado EL ALMA DE TODO APOSTOLADO, donde demuestra la necesidad de la vida
interior para todas aquellas almas que, aplicadas a la acción exterior, se
proponen obtener una asombrosa fecundidad en su ministerio.
Deseando que esta obra, en la cual se hallan reunidas las enseñanzas
doctrinales y los consejos prácticos apropiados a las necesidades de nuestros
tiempos, se propague prodigiosamente y produzca mucho bien.
Damos de todo corazón a su piadoso autor nuestra afectuosa bendición
apostólica.
En el Vaticano, 18 de marzo de 1915.
BENEDICTUS PP. XV."
El Emmo. Cardenal Vico añade al envío de la carta del Soberano Pontífice las
siguientes líneas:
"Me apresuro a enviar a V. R. el Pergamino adjunto, que nuestro Stmo. P.
el Papa Benedicto XV me ha encargado transmitirle. En este augusto autógrafo
leerá V. R. los elogios que hace su Santidad del precioso libro de V., titulado
EL ALMA DE TODO APOSTOLADO, que el Padre Santo ha leído con suma satisfacción.
Pío X, de santa memoria, me había encargado ya transmitirle sus más cordiales
felicitaciones al Piadoso prelado español que tradujo vuestra obra a su idioma
nacional".
PRÓLOGO
Ex quo omnia
per quem omnia
in quo omnia.
Dios altísimo y Bondad
Absoluta. Qué admirables y deslumbradoras son las verdades de
Tú, Padre santísimo, te miras desde la eternidad en el Verbo, imagen perfecta
tuya.
El Verbo queda extático al contemplar tu Belleza, y del éxtasis de los -dos,
surge el Espíritu Santo como un Volcán de Amor.
Tú, Trinidad Santísima, eres la única vida interior perfecta, superabundante e
infinita.
Porque eres
Tu Espíritu de Amor, acuciado por la necesidad inmensa que siente de amar y
entregarse, colmará el abismo que te separa del polvo animado por tu soplo de
vida.
Así, merced a Él, en tu Seno aparece el Decreto de nuestra divinización.
Este barro amasado por tus Manos, podrá ser deificado, y tener parte en tu
eterna bienaventuranza.
Tu Verbo se brinda a realizar esta obra, haciéndose carne para que nosotros nos
hagamos dioses (1).
Y esto lo lograste, oh Verbo, sin dejar el Seno de tu Padre, en el cual
subsiste tu Vida esencial, Fuente de donde brotarán las maravillas de tu
apostolado.
Oh Jesús, "Díos con nosotros", tú entregas a los apóstoles el
Evangelio,
Y después vuelves al Padre.
Desde ese momento a tu cargo queda, divino Espíritu, la santificación y el
gobierno del cuerpo místico del Hombre-Dios (2), realizados por Ti con la
colaboración de los auxiliares que escogiste para hacer que baje la vida divina
de
Abrasados por el fuego de Pentecostés, se distribuyen por la tierra para
sembrar en todas las inteligencias el Verbo que ilumina, y en todos los
corazones la gracia que inflama, canales por los que se comunica a los hombres
esa vida divina, de la cual Tú eres la plenitud.
* * *
Oh fuego divino, excita en cuantos participan de tu apostolado, el ardor que
transformó a aquellos hombres dichosos que se congregaron en el Cenáculo, para
que no se limiten a ser predicadores del dogma y la moral, sino transfusores de
Espíritu de luz, graba con caracteres indelebles en sus inteligencias, esta
verdad: Que el módulo de la eficacia de su apostolado es
* * *
Oh María inmaculada, Reina de los Apóstoles, dígnate bendecir estas modestas
páginas y alcanza para cuantos las lean la gracia de comprender que si Dios se
sirviera de su actividad como de un instrumento regular de su Providencia, para
difundir sus bienes celestiales en las almas, esa actividad suya será eficaz en
cuanto participe de la naturaleza del Acto divino como tú lo contemplaste en el
Seno de Dios, cuando tomó carne en tus entrañas virginales Aquel a quien
nosotros debemos la merced de poder llamarte Madre nuestra.
PRIMERA PARTE
DIOS QUIERE LAS OBRAS Y
1. Las Obras y, por tanto, el
Cielo, son queridos por Dios
Atributo de la naturaleza divina es la liberalidad más soberana; Dios es bondad
infinita, la cual, como toda bondad, tiende a difundirse y a comunicar los
bienes que posee.
La vida mortal de nuestro Señor fue una constante manifestación de esta
liberalidad inagotable. Jesús, en los Evangelios, es el divino sembrador, que
por todos los caminos va derramando los tesoros de amor de un Corazón ávido de
acercar a los hombres a
Jesucris
Encendida en esos ardores, la esposa mística de Cristo, continúa a través de
los siglos, la obra de apostolado de su divino modelo.
Designio admirable y ley universal de
Sólo Jesús derramó su sangre para rescate del mundo. Sólo El hubiera sido
capaz, a quererlo, de aplicar su virtud, obrando directamente en las almas,
como lo realiza en
¿Por qué?
Exigencia fue, sin duda, de
Y si el más encumbrado de los monarcas no gobierna por sus ministros, qué
dignación la de Dios, al asociar unas pobres criaturas a sus trabajos y a su
gloria.
La Iglesia, que tuvo su origen en la cruz al salir de la llaga abierta en el
costado del Salvador, perpetúa por el ministerio apostólico la acción
bienhechora y redentora del Hombre-Dios.
Este ministerio es, por voluntad expresa de Jesucristo, el factor esencial de
la difusión de
En el apostolado ocupa el primer lugar el clero, cuya jerarquía forma el cuadro
del ejército de Cristo. Clero que ilustran tantos obispos y santos sacerdotes
llenos de celo; honrado tan gloriosamente con la canonización del Santo Cura de
Ars.
Junto al clero oficial se agrupan, desde el origen del Cristianismo, las
compañías de voluntarios, verdaderos cuerpos escogidos, cuya exuberante
floración constituirá siempre uno de los fenómenos más palpables de la
vitalidad de
Enumerem
En
Por último, los tiempos modernos han visto nacer una muchedumbre de milicias
dedicadas a la enseñanza, Institutos, Sociedades de Misioneros y toda clase de
Congregaciones, para difundir el bien espiritual y corporal en todas sus
formas.
También encontró
Es un espectáculo que admira y conforta esta eflorescencia providencial de
obras que nacen según las necesidades y con una tan perfecta adaptación a las
circunstancias. Con
Por eso en nuestra época han aparecido para oponerse a los graves males
presentes, una serie de obras desconocidas antes: Catecismos de preparación
para
Que estas humildes páginas lleguen hasta los soldados que con todo celo y ardor
por su noble empresa, se exponen, precisamente a causa de la actividad que
despliegan, al peligro de no ser, ante todo, hombres de vida interior, y que
tal vez algún día, amargados por fracasos inexplicables en apariencia o por
graves daños de su espíritu, pudieran sentir la tentación de abandonar la lucha
y meterse en sus tiendas, llenos de abatimiento.
Las ideas expuestas en este libro nos han servido a nosotros mismos para luchar
contra la absorción de las obras exteriores. Que puedan también ahorrar a
algunos esos sinsabores y ser guía de su entusiasmo, al enseñarles que el Dios
de las obras no debe ser abandonado por las obras de Dios y que el Vae mihi si
non evangelizavero (3)
no nos autoriza a olvidar el: Quid prodest homini si mundum universum lucretur,
animae vero suae detrimentum patiatur (4).
Los padres y madres de familia para quienes
2. Dios quiere que Jesús
sea
La ciencia puede enorgullecerse con razón de sus conquistas inmensas. Pero no
ha logrado ni logrará jamás crear la vida, ni producir en los laboratorios
químicos un grano de trigo o una larva. Los estruendosos fracasos sufridos por
los defensores de la generación espontánea, han sido el más claro testimonio de
la vacuidad de sus pretensiones. Dios se ha reservado el poder de crear la
vida. Los seres que pertenecen al reino animal y vegetal pueden crecer y
multiplicarse, pero sometidos a las condiciones establecidas por el Creador.
En cambio, cuando se trata de la vida intelectual, Dios crea directamente el
alma racional. Existe toda vía un coto cerrado que guarda - con mayor celo y es
el de
Jesús, en virtud de su Encarnación y Redención, es
Veni ut vitam habeant. In Ipso vita erat. Ego sum Vita (7).
Estas palabras son tan precisas, como luminosa
Quienes recibieron el honor de colaborar con el Salvador en la transmisión de
esta vida divina en las almas, deben reflexionar que son unos modestos canales
acodados a esa fuente única; para tomar de ella la vida.
Si un hombre apostólico, por ignorar estos principios, se creyera capaz de
producir ,el menor vestigio de vida sobrenatural, prescindiendo en absoluto de
Jesús, demostraría una ignorancia teológica tan supina, como estúpida
suficiencia.
Y si reconociendo que el Redentor es la causa primordial de toda vida divina,
el apóstol olvidase esta verdad cuando actúa, y cegado por una presunción tan
incomprensible como injuriosa para Jesucristo, no contase sino con sus propias
fuerzas, cometería un desorden, que aunque menor que el anterior, no seria
menos intolerable a los ojos de Dios.
Rechazar la verdad o prescindir de ella en la conducta, constituye siempre un
desorden intelectual, doctrinal o práctico, y es la negación del principio que
debe informar nuestra conducta.
Ese desorden aumenta cuando la verdad, en vez de iluminar la inteligencia del
hombre de Obras, choca con un corazón en oposición, por el pecado o la tibieza,
con el Dios de toda luz.
Esta conducta, que consiste en ocuparse en las obras como si Jesús no fuera el
único principio de vida, ha sido calificada por el Cardenal Mermillod de
HEREJÍA DE LAS OBRAS, expresión que sirve para estigmatizar la aberración del
apóstol, que, olvidado de su papel secundario y subordinado, pretendiera lograr
el éxito de su apostolado con sola su actividad y sus talentos.
¿No implica esta conducta la negación práctica de una gran parte del Tratado de
Gracia?
Esta consecuencia espanta, pero, a poco que se reflexione, se ve que
desgraciadamente encierra mucha verdad.
¡Herejía de las obras! La actividad febril en lugar de la acción de Dios; la
ignorancia de la gracia; la soberbia del hombre que pretende destronar a Jesús;
el considerar como meras abstracciones, al menos en la práctica, la vida
sobrenatural, el poder de la oración y
Aun a la luz de la filosofía, y prescindiendo de la revelación, seria digno de
lástima el hombre de valer que se negara a reconocer que todos los talentos que
los demás admiran en él, los ha recibido de Dios.
¿Qué impresión produciría en un católico instruido en la religión, el
espectáculo de un apóstol que hiciera ostentación, al menos implícita, de
prescindir de Dios en su tarea de comunicar a las almas la vida divina aun en
sus menores grados? Calificaríamos de insensato al obrero evangélico que dijera:
Señor, no pongas obstáculos a mi empresa; no me la atasques: que yo me encargo
de llevarla a buen fin. Este sentimiento nuestro reflejaría a la versión que
produce en Dios tal desorden; la vista de un presuntuoso que se dejara
arrastrar del orgullo hasta el extremo de pretender dar la vida sobrenatural,
engendrar la fe, suprimir el pecado, impulsar a la virtud y hacer brotar el
fervor en las almas con solas sus fuerzas, sin atribuir estos efectos a la
acción directa, continua, universal y desbordante de
Por eso la humanidad del Hijo de Dios pide a su Padre que confunda a esos
falsos cristos paralizando las obras de su soberbia, o permitiendo que no
produzcan sino un espejismo fugaz.
Y, excepción hecha de la acción que ex opere operato se realiza en las almas,
Dios está como obligado con el Redentor a retirar al apóstol hinchado de
suficiencia, sus mejores bendiciones, para concedérselas al sarmiento que con
toda humildad reconoce que su savia, no le viene sino de la vid divina.
Que si Dios bendijera con resultados profundos y duraderos una actividad
envenenada con ese virus que hemos llamado Herejía de las obras, daría a
entender que alentaba el desorden y permitía su difusión.
3. Qué es la vida interior
Las frases: vida de oración, contemplación, vida contemplativa, que algunas
veces empleamos, las cuales se encuentran en los Santos Padres y en los
Escolásticos, significan la vida interior NORMAL al alcance de TODOS, y no esos
estados extraordinarios de oración que estudia la teología mística, y menos,
los éxtasis, las visiones, los raptos místicos, etc.
Rebasaríamos nuestro propósito si nos entretuviéramos en un estudio del
ascetismo. Limitémonos a recordar en pocas líneas lo que CADA UNO debe aceptar
como, verdades inconcusas, para el íntimo gobierno de su alma.
1ª. VERDAD. Mi vida sobrenatural es
La presencia de Nuestro Señor en esta Vida, sobrenatural no es la presencia
real de la santa comunión, sino una presencia de ACCIÓN VITAL como la acción
que la, cabeza y él corazón ejercen sobre los demás miembros del cuerpo; Acción
íntima, que ordinariamente Dios oculta a mi alma para aumentar el mérito de mi
fe; Acción, por consiguiente, habitualmente insensible para mis facultades
naturales, que debo aceptar formalmente por
Esta vida que comenzó en el Bautismo por él CRISTIANA.
2ª. VERDAD. Por esta vida, Jesucristo me comunica su Espíritu. Y así se erige
en principio de una actividad superior, la cual, si yo no pongo obstáculos por
mi parte, me hace pensar, juzgar, amar, querer, sufrir y trabajar con Él, en
Él, por Él y como Él. Mis acciones exteriores son la manifestación de esa Vida
de Jesús en mí. Y así. tiendo a realizar el ideal de VIDA INTERIOR formulado
por San Pablo: Ya no soy yo quien vive. Jesucristo vive en mí.
La Vida Cristiana, la piedad,
Cuando en esta obra empleamos las palabras "Vida interior" nos
referimos menos a
Por tanto, puedo dar de ella esta definición: diciendo que es el estado de
actividad de un alma que REACCIONA para PONER EN REGLA sus inclinaciones
naturales y se esfuerza en adquirir EL HABITO de juzgar y de dirigirse EN TODO
por las luces del Evangelio y los ejemplos de Nuestro Señor.
Esto supone dos movimientos. Uno mediante el cual el alma se retira de todas
las criaturas que se oponen a la vida sobrenatural, procurando no perder jamás
su propia presencia. Aversio a creaturis. Y otro por el que el alma se lanza
hacia Dios para unirse con Él: Conversio ad Deum.
Con esta conducta el alma quiere conservarse fiel a la gracia que Nuestro Señor
le ofrece cada momento. Es decir, que vive unida a Jesús y realiza el Qui manet
in Me et Ego in eo, hic fert fructum multum (8).
3ª. VERDAD. Quedaré privado de uno de los medios más poderosos de adquirir esa
vida interior, si no me esfuerzo en tener una fe PRECISA y CIERTA de esa
presencia activa de Jesús en mi y, sobre todo, en conseguir que esa presencia
sea para mi una realidad viviente, MUY VIVIENTE, que penetre en el campo de mis
facultades.
De ese modo Jesús será para mi, la luz, el ideal, consejo, apoyo, recurso,
fuerza, médico, consuelo, alegría, amor; en una palabra, mi vida, y así
adquiriré todas las virtudes.
Sólo entonces podré rezar con toda sinceridad la oración admirable de San
Buenaventura que
4ª. VERDAD. En
Esta infusión se produce:
1. Por los actos meritorios que realice. Como son la virtud, el trabajo, las
diversas formas de sufrimiento, la privación de las criaturas, el dolor físico
o moral, la humillación, la abnegación, la oración, la misa, los actos de
devoción a Nuestra Señora, etcétera.
2. Por los SACRAMENTOS, sobre todo por
Alma mía, Jesús se te presenta por
¿Te permitirás volverle la cabeza o esconderte?
5ª. VERDAD. La triple concupiscencia, ocasionada por el pecado original y
acrecida con cada uno de mis pecados, origina en mi ELEMENTOS DE MUERTE
opuestos a la vida de Jesús. En la misma proporción en que crecen estos
elementos, reducen el ejercicio de esa vida y hasta pueden llegar a suprimirla.
No obstante, ni las inclinaciones y sentimientos. que la contrarían, ni las
tentaciones, por violentas y prolongadas que sean, pueden hacerle el daño más
ligero, si mi voluntad se les enfrenta; y entonces -y esta es una verdad
consoladora- contribuyen, como todo elemento de combate espiritual, a
aumentarla. en la medida del celo que despliegue.
6ª. VERDAD. Sin el fiel empleo de determinados medios, se cegará mi inteligencia
y mi voluntad carecerá de la fuerza necesaria para cooperar con Jesús en
aumentar y aun en mantener su vida en mí. Y así comenzará la disminución
progresiva de esa vida y el peligro de
Con mis disipaciones, cobardías, ilusiones y cegueras abriré el corazón al
pecado venial, lo que originará la incertidumbre de mi salvación, ya que el
pecado venial es una disposición fácil para el pecado MORTAL.
Si tuviere la desgracia de caer en ese estado de tibieza, y con más razón si me
encontrase más abajo, deberé hacer toda clase de esfuerzos para levantarme.
1.° Reavivando el temor de Dios "por el recuerdo constante de mis
postrimerías, la muerte, el juicio, el infierno, la eternidad, el pecado, etc.
2.° Haciendo que reviva mi compunción mediante el conocimiento amoroso de
vuestras Llagas, oh Misericordiosísimo Redentor. Me trasladaré en espíritu al
Calvario para prosternarme a vuestros sagrados pies a fin de que vuestra Sangre
viva caiga sobre mi cabeza y mi corazón, disipe mi ceguera, derrita el hielo de
mi alma y sacuda la modorra de mi voluntad.
7ª. VERDAD. Yo debo temer con razón que carezco del grado de vida interior que
Jesús EXIGE de mí:
1.° Si no procuro aumentar mi SED de vivir de Jesús, la cual me da el deseo de
agradar a Dios en todas las cosas, y el temor de desagradarle aun en las más
mínimas. Esa sed cesará en absoluto en mi, si abandono los medios de
sostenerla, en especial la oración de la mañana';, la misa, los sacramentos, el
oficio divino, los exámenes particular y general y las lecturas piadosas, o si,
por mi culpa, esos ejercicios no me aprovechan.
2.° Si no cuido de tener un mínimum de RECOGIMIENTO que me permita, en medio de
mis ocupaciones, guardar el corazón en tal pureza y generosidad que no quede
ahogada la voz de Jesús que me señala los elementos de muerte que se me
presentan y me anima a combatirlos.
Pero ese mínimum me faltará si no pongo en práctica los medios que lo aseguran,
como son: La vida litúrgica, las jaculatorias, en especial las que tienen el
carácter de súplicas, las comuniones espirituales, el ejercicio de la presencia
de Dios, etc.
Sin ese recogimiento, los pecados veniales pulularán en mi vida, tal vez sin
llegar yo siquiera a sospecharlo. Para ocultármelos y aun para vendarme los
ojos de un estado más lamentable en que me pudiera encontrar, la ilusión
utilizará los recursos de mi piedad más especulativa que práctica, o su
apariencia; el celo por las obras, etc. Pero mi ceguera me será imputable,
porque yo soy el causante de ella, por haber abandonado el recogimiento que me
era indispensable.
8ª. VERDAD. Mi vida interior será lo que sea
Esta guarda del corazón es la solicitud HABITUAL o al menos frecuente, con que
preservo todos mis actos, a medida que aparecen, de cuanto pudiera viciar su
móvil o su realización.
Esta solicitud debe ser tranquila, holgada, sin fatiga, pero fuerte, porque se
fundamenta en el recurso filial a Dios.
Es un trabajo más bien del corazón y de la voluntad que del espíritu, el cual
debe quedar libre para cumplir sus deberes. No es obstáculo para las acciones;
antes las perfecciona, al regularlas con el espíritu de Dios y ajustarlas a los
deberes de estado.
Este ejercicio puede practicarse a todas horas. Es una mirada que el corazón
dirige a las acciones presentes, y una atención moderada a las diversas partes
de la acción a medida que se ejecuta. Es la observación exacta del Age quod,
agis. El alma, como un centinela, vigila todos los movimientos del corazón y en
especial lo que ocurre en su interior, es decir, las impresiones, intenciones,
pasiones, inclinaciones, en una palabra, todos sus actos internos y externos,
pensamientos, palabras y actos.
La guarda del corazón exige un determinado recogimiento; las almas disipadas no
la logran.
Practicando este ejercicio con frecuencia, se llega a adquirir la costumbre del
mismo.
Quo vadam et ad quid? ¿Qué harta Jesús; cómo se conduciría en mi lugar? ¿Qué me
aconsejaría? ¿Qué me pide en este momento? Estas son las preguntas que vienen
espontáneamente al alma ávida de vida interior.
Para el alma habituada a ir a Jesús por María, esta guarda del corazón reviste
un carácter más afectivo todavía, y el recurso a esta buena Madre viene a
convertirse en una necesidad constante del corazón.
9ª. VERDAD. Jesucristo reina en el alma que aspira a imitarle con seriedad, en
todo y con todo afecto.
Hay dos grados de esta imitación:
1. El alma se esfuerza en hacerse indiferente a las criaturas, sean conformes o
contrarias a sus gustos. Como Jesús, ella no quiere otra regla de sus actos que
la voluntad de Dios: Descendi de coelo, non ut jaciam voluntatem meam, sed
voluntatem ejus qui misit me (11).
2. Christus non sibi placuit (12).
El alma se inclina con más decisión a lo que contraria y repugna a la
naturaleza. Entonces realiza el Agendo contra de que habla San Ignacio en su
famosa meditación del Reino de Cristo, o sea "la acción contraria a la
naturaleza para llegar a la imitación de la pobreza del Salvador y al amor de
los sufrimientos y humillaciones.
Entonces el alma conoce a Cristo de verdad, según la expresión de San Pablo:
Didicistis Christum (13).
10ª. VERDAD. En cualquier estado en que me encuentre, si quiero, orar y ser
fiel a la gracia, Jesús me ofrece toda clase de medios para llegar a una vida
interior que me devuelva su intimidad y me permita desarrollar Su vida en mí.
Entonces mi alma, a medida que va progresando, poseerá la alegría aun en medio
de sus pruebas y en ella se realizarán estas palabras de Isaías: Amanecerá tu
luz como la aurora y llegará pronto tu curación y delante de ti irá tu justicia
y la gloria del Señor te acogerá en su seno. Invocarás entonces al Señor y te
oirá con benignidad; clamarás y te dirá: Aquí me tienes... Y el Señor será tu
guía constante; y llenará, tu, alma de resplandores y vigorizará tus huesos; y
serás como huerto bien regado y como manantial perenne cuyas aguas no se
secarán jamás (Isaías, LVIII, 8, 9, II)
11ª. VERDAD. Si Dios me pide que aplique mi actividad no sólo a mi
santificación, sino también a las Obras, empezaré por grabar en mi alma esta
convicción: Jesús debe y quiere ser la vida de esas obras.
Mis esfuerzos, de suyo nada son y nada valen. Sine me NIHIL potestis facere (14).
Serán útiles y bendecidos de Dios, si en virtud de una vida interior, los uno
constantemente a la acción vivificadora de Jesús. Entonces llegarán a ser
omnipotentes. OMNIA possum in EO qui me confortat (15).
Si nacen de una suficiencia llena de orgullo, o de la confianza en mis propios
talentos, o del afán de lucirme con mis éxitos, serán reprobados por Dios; que
seria sacrílega locura pretender arrebatar a Dios algún girón de su gloria para
adornarme con él. Esta convicción no engendrará en mi la pusilanimidad; antes
al contrario, será mi fuerza y me impulsará a la oración; para obtener esa
humildad, que es gran tesoro de mi alma, la seguridad de la ayuda de Dios y la
prenda del éxito para mis obras.
Convencido de la importancia de este principio, haré durante mis retiros o
ejercicios, un examen serio, para averiguar -si no se debilita mi convicción de
lo nulos que son mis actos, cuando van solos, y de su fuerza cuando están
unidos a los de Jesús- si soy inexorable en excluir toda complacencia y
vanidad, y toda satisfacción propia en mi vida de apóstol -si me mantengo en
una desconfianza absoluta de mi mismo- y si pido a Dios que vivifique mis obras
y me preserve del orgullo, que es el primero y principal obstáculo a su
asistencia.
Este CREDO de
Vida interior es vida de predestinados; y responde al fin que Dios se propuso
al creamos (16).
Responde también al fin de
En el estado de los bienaventurados: Finis humanae creaturae est adhaerere Deo;
in hoc enim felicitas ejus consistit (18).
Con ella ocurre lo contrario de las alegrías del mundo, y es que las espinas
están hacia afuera y las rosas por dentro.
¡Qué dignas de compasión son las pobres gentes de este mundo!, dice el Santo
Cura de Ars. Llevan sobre sus espaldas una capa forrada de espinas, y no pueden
hacer el menor movimiento sin sentir sus punzadas; en cambio, los buenos
cristianos tienen una capa forrada de piel de conejo. Crucem vident, unctionem
non vident (19).
Es también la vida interior un estado celestial. Porque él alma viene a ser un
cielo viviente (20),
Y canta como Santa Margarita María:
Poseo en todo tiempo y llevo en todo lugar
el Dios de mi corazón y el corazón de mi Dios.
Es, en fin, el principio de la felicidad: Inchoatio quaedam beatitudinis (21).
La gracia es el cielo en germen.
4. Qué desconocida es
esta Vida interior
San Gregorio Magno, tan hábil administrador y apóstol celoso, como gran
contemplativo, concreta en esta frase: Secum vivebat (22)
el estado del alma de San Benito, que ponía en Subiaco el fundamento de su
Regla, la cual habla de ser una de las más potentes palancas de apostolado que
Dios ha utilizado en la tierra.
En cambio, de la mayoría de nuestros contemporáneos habrá que decir lo
contrario. Vivir consigo y en sí, querer gobernarse a sí mismo, y no dejarse
gobernar por las circunstancias, reducir a la imaginación, la sensibilidad y la
misma inteligencia al papel de servidores de la voluntad y conformar siempre la
propia voluntad con la voluntad divina, es un programa que cada vez tiene menos
partidarios en este siglo de agitación que ha visto nacer un nuevo ideal
concretado en esta frase: el amor de la acción por la acción.
Cualquier pretexto es bueno para eludir esa disciplina de nuestras facultades.
Los negocios, las atenciones de familia, la higiene, el buen nombre, el amor a
la patria, el prestigio de las corporaciones, hasta la pretendida gloria de
Dios, son tentaciones para no vivir en nosotros mismos.
Esta especie de delirio de la vida exterior llega a ejercer en nosotros una
sugestión irresistible.
¿Cómo extrañarnos, pues, de la ignorancia que existe de la vida interior? No es
sólo ignorancia, sino desprecio e ironía aun por parte de quienes debían ser
los primeros en apreciar sus ventajas y su necesidad.
Fue necesario que el Papa León XIII escribiera al Cardenal Gibbons, Arzobispo
de Baltimore, aquella memorable carta, que era una protesta, contra las
consecuencias peligrosas de la admiración exclusiva de las obras.
A fin de ahorrarse el trabajo de la vida interior, el hombre de
En relegar lo esencial a un segundo plano trabajan inconscientemente los
partidarios de esa espiritualidad moderna que se llama
"AMERICANISMO".
Aunque para ellos
Para las personas que desgraciadamente son legión, imbuidas en estas teorías,
la comunión ha perdido aquel sentido que apreciaban en ella los primeros
cristianos.
Aunque creen en
Y como carecen de la intimidad eucarística, la vida interior se les antoja uno
de tantos recuerdos de
Ciertamen
Muchos fieles y aun sacerdotes y religiosos exagerados en el culto de la acción
llegan sutilmente a convertirlo en una especie de dogma inspirador de su
conducta que les impulsa de un modo desenfrenado a la vida exterior. Y
sentirían una gran satisfacción en decir:
Es corriente prescribir a un neurasténico que se abstenga de toda clase de
trabajos. Este remedio suele serle insoportable, porque precisamente su
enfermedad le pone en una excitación febril, que es para él como una segunda
naturaleza, la cual le empuja sin descanso a buscar nuevos desgastes de fuerzas
y nuevas emociones, que agravan su mal.
Una cosa parecida ocurre con el hombre de obras en relación con la vida
interior. Tanto más la desdeña y hasta la repugna cuanto más la necesita,
puesto que si la pusiese en práctica, ella sería el mejor remedio para su
estado morboso. Pero como procede de un modo opuesto, y de día en día se afana
más en engolfarse en el aluvión de trabajos cada vez mayores y peor dirigidos,
acaba por descartar toda posibilidad de curación.
Corre el navío a todo vapor; y cuando quien lo dirige admira su velocidad, Dios
está viendo que, por carecer de un timonel experto, va sin rumbo fijo y corre
riesgo de naufragar.
Nuestro Señor desea y pide, ante todo, adoradores en espíritu y en verdad. El
americanismo se figura que da una gran gloria a Díos, enfocando principalmente
el problema de las obras.
Este estado de espíritu explica la preponderancia que tienen en nuestros días
las escuelas, dispensarios, hospitales, etc., con menoscabo de la penitencia y
la oración, las cuales apenas son comprendidas.
Esta vida exclusivamente exterior incapacita para creer en la virtud de la
inmolación oculta y por eso se califica de cobardes e iluminados a los que la
practican en la soledad del claustro, acaso con mayor ardor por la salvación de
las almas, que los misioneros más infatigables y hasta suele hacerse rechifla
de las personas de obras que juzgan que les es necesario robar algunos
instantes a todas sus ocupaciones, aun las más útiles, para dirigirse al
tabernáculo a purificar y recalentar su celo y conseguir que el Huésped divino
bendiga y acreciente el resultado de sus trabajos.
5. Respuesta a esta
primera objeción: ¿
Este volumen se dirige exclusivamente a los hombres de obras animados de un
deseo ardiente de sacrificarse, que pudieran no tomar las medidas necesarias
para que su sacrificio en favor de las almas sea fecundo, sin menoscabo de su
vida interior.
Estimular a los pretensos apóstoles que rinden culto al descanso; galvanizar
las almas adormiladas en brazos de un egoísmo iluso, fomentador de la
inactividad, como medio de crecer en la piedad; sacudir la indiferencia de los
indolentes; que pudieran cargar con algunas obras, con miras a ventajas u
honores, con tal que no se perturben su quietud ni su ideal de tranquilidad...
esta tarea no entra en nuestro propósito, porque exigiría una obra especial.
Dejando a otros el trabajo de hacer comprender a esos apáticos las
responsabilidades en que incurren ante Dios con una existencia que Él quiere
que sea activa, y el demonio, de acuerdo con la naturaleza caída se empeña en
hacer infecunda por falta de actividad y de celo, volvamos a nuestros queridos
y venerables compañeros, a quienes estas páginas están reservadas.
No existe comparación que pueda expresar la intensidad infinita de la actividad
encerrada en el seno de Dios.
La vida interior del Padre es tal que engendra una persona divina. De
La Vida interior comunicada a los Apóstoles en el Cenáculo inflamó
inmediatamente su celo.
Esta Vida interior es un principio de celo para toda persona instruida que no
se empeñe en desfigurarla.
Pero aunque la vida de oración no se manifestara en las obras exteriores, es en
si misma y en su intimidad una FUENTE DE ACTIVIDAD incomparable.
Se equivocan quienes ven en ella una especie de oasis en que refugiarse para
llevar una vida plácida.
Con saber que es el camino más directo que conduce al reino de los cielos, le
cuadra con toda exactitud el texto que dice: Regnum coelorum vim patitur, et
violenti rapiunt illud (23).
Don Sebastián Wyart, curtido en los trabajos del ascetismo, en las fatigas
militares, en el estudio yen los cuidados que lleva consigo el cargo de
Superior, solía repetir con frecuencia que hay tres clases de trabajos:
1. El trabajo físico casi en su totalidad, de los que ejercen un oficio manual,
como los labradores, los artesanos y los soldados. Este trabajo, decía, es el
menos rudo de todos, aunque se crea otra cosa.
2. El trabajo intelectual del sabio, del pensador que se fatiga en la búsqueda
tan ardua, a veces, de la verdad; el del escritor o profesor consagrados con
intensidad a comunicarla a otras inteligencias; el del diplomático, del hombre
de negocios, del ingeniero, etcétera; los esfuerzos mentales del general
durante la batalla, para prever, dirigir y decidir. Este segundo trabajo es más
penoso que el anterior. Lo indica el adagio que dice: el acero gasta la vaina.
3. El trabajo, en fin, de la vida interior. "De los tres es el más
fatigoso cuando se toma en serio (24).
Ahora que también es el que consuela más. Y es también el más importante porque
no perfecciona al hombre en una profesión determinada, sino en su propia
formación. ¡Cuántos que se glorian de su valer y arrestos en los dos primeros
géneros de trabajos, con los que se conquistan la fortuna y el triunfo,
claudican como cobardes y perezosos cuando se trata del trabajo de la virtud!
El esfuerzo constante en dominarse a si mismo y a cuanto nos rodea para no
obrar en todo sino por la gloria de Dios, es el ideal del hombre que quiere
adquirir la vida interior. Para lograrlo pone todo su esfuerzo en estar siempre
unido con Jesús, medio el más eficaz de tener la mirada fija en el fin que
pretende y pesarlo todo a la luz del Evangelio. Así, repite con San Ignacio:
Qua vadam et ad quid? (25).
De esa manera, todas sus potencias, inteligencia, voluntad, memoria,
sensibilidad, imaginación y sentidos, conspiran a ese fin. Pero, ¡qué trabajos
los suyos para llegar a ese resultado! Ya se mortifique o se permita algún
agrado permitido; ya reflexione o ponga en práctica sus pensamientos; ya
trabaje o descanse; ya ame el bien o rechace el mal; ya sienta ansias o
temores; ya acepte la alegría o la tristeza; ya esté lleno de esperanza o de
miedo; indignado o tranquilo; siempre y en todas las cosas se esfuerza en
mantener tercamente, obstinadamente, el timón en la dirección de
Cuando ora, sobre todo al pie del Tabernáculo, se aisla en absoluto de las
cosas visibles, para poder tratar con el Dios invisible, como si lo viera (26).
Aun en medio de sus trabajos apostólicos, aspira a realizar el ideal que San
Pablo admira en Moisés.
Ni las adversidades de la vida, ni las tempestades levantadas por las pasiones,
nada puede desviarle de la línea de conducta que se ha trazado. Por otra parte
si flaquea un momento, inmediatamente se repone, y emprende con más brío y
decisión la marcha hacia adelante.
Admirable resistencia. ¡Ah, cómo se palpa la recompensa que Dios concede aun en
este mundo, a quien no desmaya ante el esfuerzo que exige ese trabajo,
colmándolo de alegrías especiales!
¡Holgazanes, concluía don Sebastián, holgazanes los verdaderos religiosos y los
sacerdotes de vida interior, devorados por el celo! ¡Vengan, vengan los hombres
del mundo más metidos en negocios y ocupaciones a ver si su trabajo admite
comparación con el nuestro!
¿Quién no lo ha probado? Cuántas veces cargaríamos con largas horas de un
trabajo penoso, a cuenta de evitar nos media hora de oración bien hecha, la
asistencia devota a la misma, y el rezo del Oficio divino (27).
El P. Fáber escribe con amargura que para algunos "los quince minutos de
acción de gracias de
Prescindir durante tres días de la vida fácil, aunque esté llena de
ocupaciones; y vivir de lo sobrenatural, infiltrándolo en todos los detalles de
la existencia; forzar el espíritu a que durante ese tiempo lo vea todo a los
resplandores únicos de
Y si sólo tres días de esta clase de ocupaciones parecen tan penosos, ¿cómo
reaccionará la naturaleza ante la idea de una vida entera sometida al régimen
gradual de la vida interior?
No hay duda de que en este trabajo de desprendimiento, la gracia tiene una gran
parte y hace el yugo suave y la carga ligera. Pero ¡cómo tiene que trabajar y
esforzarse el alma! Siempre le costará enderezarse en el camino recto y volver
al Conversatio nostra in coelis est (28).
Santo Tomás explica esto muy bien cuando dice: "El hombre está situado
entre las cosas de este mundo y los bienes espirituales, en los cuales se
encuentra la felicidad eterna. Cuanto más se apega a los unos, más se aleja de
los otros" (29).
En la balanza siempre, al subir uno de los platillos baja el otro la misma
distancia.
Aquella catástrofe primitiva del pecado original al trastornar la economía de
todo nuestro ser, hizo que este doble movimiento de atracción y repulsión
cueste mucho trabajo. Para restablecer y conservar por medio de la vida
interior el orden y el equilibrio en ese "microcosmos" que es el
hombre, son necesarios trabajo, fatiga y sacrificio. Se trata de reconstruir un
edificio derruido y de preservarlo de un nuevo derrumbamiento.
Desprender constantemente de los pensamientos terrenos, por medio de la
vigilancia, el renunciamiento y la mortificación, este corazón nuestro,
agobiado con todo el peso de la, naturaleza corrompida, Gravicorde (Ps IV);
reformar el propio carácter especialmente en aquellos puntos en que menos se
parece a la fisonomía del alma de Nuestro Señor, o sea, en la disipación,
cólera, complacencias internas o externas, manifestaciones de soberbia o de
naturalismo, dureza, egoísmo, falta de bondad, etc., resistir al halago del
placer actual y sensible con la esperanza de una dicha espiritual, de la cual
no se gozará sino al cabo de una larga espera; soltar todas las amarras amor
del mundo; hacer del conjunto de las criaturas, deseos, codicias,
concupiscencias, bienes exteriores, voluntad y propio juicio, un holocausto sin
reservas..., ¡vaya tarea hercúlea!
Y, sin embargo, todo esto no es sino la parte negativa de la vida interior.
Después de esta lucha cuerpo a cuerpo que hacia gemir a San Pablo (30),
y que el P. Ravignan expresaba con esta frase: "¿Vosotros me preguntáis
qué he hecho en el noviciado? Yo os lo diré. Éramos dos. He arrojado al otro
por la ventana y me he quedado solo"; después de ese combate sin descanso
contra un enemigo siempre dispuesto a renacer, es preciso proteger contra las
menores asechanzas del espíritu natural a un corazón que, purificado por la
penitencia, se encuentra actualmente, consumido del deseo de reparar los
ultrajes inferidos a Dios, de desplegar todas las energías en tenerlo
únicamente pegado a la belleza invisible de las virtudes que desea: adquirir
para imitar las de Jesucristo y de esforzarse en conservar hasta en los menores
detalles de la existencia una: confianza absoluta en
Trabajo íntimo, asiduo y constante, con el cual precisamente el alma adquiere
una facilidad maravillosa y una sorprendente rapidez en la ejecución de las
tareas apostólicas. Unicamente la vida interior posee este secreto.
Las obras inmensas llevadas a cabo, a pesar de su precaria salud, por un
Agustín, un Juan Crisóstomo, un Bernardo, un Tomás de Aquino, un Vicente de
Paúl, etc., nos llenan de asombro. Pero más nos maravilla el ver que todos esos
hombres, a pesar de sus incesantes trabajos, se mantenían en la más constante
unión con Dios.
Poniendo mediante la contemplación los labios de su espíritu en la fuente de
Esto mismo venía a decir un gran Obispo cargado de negocios a un hombre de
Estado ocupadísimo también, al preguntarle éste cuál era el secreto de la
serenidad que reinaba en su espíritu y de los admirables resultados de sus
obras. A todas vuestras ocupaciones, mi querido amigo, le dijo el Prelado,
añadió todas las mañanas media hora de meditación. Despacharéis más fácilmente
vuestros asuntos y aún podréis tomar otros más".
En fin, ¿no sabemos que San Luis, Rey de Francia, en las ocho o nueve horas
diarias que consagraba a los ejercicios de la vida interior, encontraba el
secreto y la fuerza necesaria para atender a los asuntos del Estado y al bien de
sus súbditos con tal solicitud que, según confesión de un orador socialista,
jamás ni en nuestra época se ha hecho en favor de los obreros lo que hizo aquel
santo Rey?
6. Respuesta a esta
segunda objeción: ¿
Descartemos a los perezosos y a los sibaritas espirituales que ponen el
contenido de la vida interior en los goces de una ociosidad agradable, y buscan
los consuelos de Dios, y no el Dios de los consuelos. Estos tienen una piedad
falsa. Pero con ellos se andan en la inteligencia de la vida espiritual los que
a la ligera y sin conocimiento de causa, afirman que la vida interior es
egoísta.
Hemos dicho antes que esta vida es la fuente pura y abundante de las generosas
obras de caridad en favor de las almas y de los sufrimientos del prójimo.
Examinemos la utilidad de esa vida desde otro punto de vista.
Egoísta y estéril la vida de María y de José. ¡Qué blasfemia y qué absurdo!, y,
sin embargo, no sabemos que hubiesen practicado ninguna obra exterior.
La irradiación en el mundo entero de su intensiva vida interior y los méritos
de sus plegarias y sacrificios, aplicados a todos los beneficios de
Soror mea reliquit mihi sola ministrare (32),
dice, repitiendo las palabras de Marta, el necio y presuntuoso que no ve más
allá de sus obras exteriores y de los resultados que producen.
Su estupidez e ignorancia de los caminos del Señor no llegan hasta hacerle
creer que Dios no puede prescindir de él; sin embargo, repite convencido con
Marta, que era incapaz de apreciar la excelencia de la contemplación de
Magdalena: Dic illi ut me adjuvet (33);
y hasta llega a gritar: Ut quid perditio haec? (34),
considerando como tiempo perdido los momentos que sus hermanos de apostolado,
más interiores que él, se reservan para asegurar su vida intima con Dios.
Yo me sacrifico por ellos A FIN DE QUE sean santificados en verdad (35),
responde el alma que ha profundizado el alcance de esta frase del Maestro: A
FIN DE QUE, Y que conocedora del valor de la oración y del sacrificio, une a
las lágrimas y a la sangre del Redentor sus propias lágrimas y la sangre de su
corazón, que avanza en purificación todos los días.
El alma interior escucha con Jesús cómo la voz de los -crímenes del mundo sube
hasta el cielo y pide para sus autores un castigo cuya sentencia tiene ella en
suspenso en virtud de la omnipotencia de sus súplicas con las cuales detiene la
mano de Dios, presta a lanzar sus rayos.
Los que oran, escribía después de su conversión el eminente estadista Donoso
Cortés, contribuyen más que los que combaten al bienestar del mundo, y si éste
va de mal en peor es porque las batallas abundan más que las oraciones.
"Las manos en alto, decía Bossuet, arrollan más batallones que las que
atacan". Y en el desierto, los solitarios de
Una oración fervorosa, aunque sea corta, será más provechosa para lograr una
conversión que las discusiones más largas y los más bellos discursos. El que
ora trata con
Diez mil herejes, según una revelación que merece toda clase de respetos,
fueron convertidos por una sola plegaria ardiente de la seráfica Santa Teresa,
cuya alma inflamada en el fuego de Jesús, no podía comprender que cupiera una
vida contemplativa e interior que pudiera desinteresarse de las solicitudes
apasionadas que siente el Salvador por el rescate de las almas. "Aceptaría
de buen grado, escribe la santa, el fuego del purgatorio hasta el juicio final,
a cuenta de salvar una sola de las almas. ¿Qué me importa la prolongación de
mis dolores si con ellos puedo rescatar una sola alma, y mejor muchas, para la
mayor gloria de Dios?" Y exhorta a sus religiosas, diciéndoles:
"Hijas mías, haced con esta mira totalmente apostólica, todas vuestras
oraciones, disciplinas ayunos y buenos deseos".
Tal es en efecto la obra de las Carmelitas, Religiosas Cistercienses y
Clarisas. ¡Miradlas cómo siguen el rumbo de los apóstoles, alimentándolos con
sus oraciones y penitencias. Sus plegarias bajan de las alturas y se extienden
hasta la lejanía en que puede encontrarse
Nadie en este mundo puede explicar el motivo de esas conversiones lejanas de
los paganos, ni la heroica resistencia de tantos cristianos perseguidos, ni la
alegría celestial de los misioneros en medio de su martirio. Todo ello está
invisiblemente unido a las oraciones de una humilde monjita. Dueña de los
perdones divinos y de las luces eternas, su alma silenciosa y solitaria rige la
salvación de las almas y las conquistas de
"Vengan trapenses a mi vicariato apostólico, decía Monseñor Favier, Obispo
de Peking; que se abstengan de todo ministerio, para que nada les distraiga de
sus trabajos de oración, de penitencia y de estudio. Sé muy bien el provecho
que obtendrán los misioneros con la existencia de un monasterio de almas
fervorosas que se dedican a la contemplación en medio de nuestros pobres chinos".
Y algún tiempo después, añadía: "Hemos podido penetrar en una región hasta
ahora inabordable. Yo lo atribuyo a nuestros amados Trapenses".
"La oración de diez Carmelitas, decía el Obispo de Conchinchina al
Gobernador de Saigón, me será más útil que los sermones de veinte
misioneros".
Los sacerdotes seculares, los religiosos y religiosas consagrados a la vida
activa y atentos a la vida interior, tienen la misma participación en el
corazón divino, que las almas del claustro. Tenemos magníficos ejemplos en un Padre
Chevrier en un Don Bosco (hoy en los altares), en el Padre Antonio Marta.
¡Egoísta y estéril la vida de un Cura de Ars! Esta afirmación no merece
respuesta.
Reflexionando con sensatez, hay que atribuir precisamente a la perfección de su
intimidad con Dios, el celo y las conversiones de aquel sacerdote sin talento,
pero contemplativo como un cartujo, cuyos progresos en la vida interior
provocaban en su espíritu una sed inextinguible de las almas y merecían que
Dios Nuestro Señor, de quien vivía, le diese como una participación de su
Omnipotencia para operar aquellas conversiones.
¡Infecunda su vida intima! Si en cada una de nuestras diócesis hubiera un San
Juan Bautista Vianney, antes de diez años, Francia estaba regenerada más a
fondo que por todas las obras que se quiera, insuficientemente fundamentales en
la vida interior, aunque en su organización intervinieran con toda suerte de
recursos pecuniarios el talento y la actividad de los mejores apóstoles.
Sin duda alguna el motivo principal que hace mirar con confianza la futura
resurrección de Francia es que tal vez nunca ha habido, aun entre los fieles,
según se observa de algunos años acá, tal número de almas que desean vivir en
unión ardiente con el Corazón de Jesús y extender su reinado por la difusión de
la vida interior entre los que las rodean.
Cierto que estas almas escogidas son una minoría muy exigua. ¡Pero qué importa
el número si cuenta la intensidad!
La restauración de nuestra Patria, después de
Después de un periodo de cincuenta años de libertad de enseñanza en Francia,
durante el cual se fundó un número considerable de obras y tuvimos a nuestra
disposición toda la juventud de nuestro país y el apoyo casi total de nuestros
gobernantes, ¿cómo, a pesar de la brillantez exterior de nuestros resultados,
no pudimos formar en la nación una mayoría cristiana a fondo para luchar con
los secuaces de Satán?
Sin duda el abandono de
Pero ¿no podremos apuntar otra causa, que es el que careciendo de vida
interior, los sacerdotes y educadores nos hemos limitado a engendrar en las
almas una piedad superficial carente de grandes ideales y de fuertes
convicciones?
Y en nuestra enseñanza como profesores, ¿acaso no nos hemos preocupado de
lograr un gran número de diplomados para que nuestras obras se prestigiasen,
más que de darles una sólida instrucción religiosa? ¿No hemos gastado nuestras
energías sin preocuparnos de la formación de las voluntades, para grabar en
ellas con caracteres indelebles la impronta de Jesucristo? ¿Y esta mediocridad
no ha tenido, a menudo, por causa la banalidad de nuestra Vida interior?
Suele decirse que a un sacerdote santo corresponde un pueblo fervoroso; a un
sacerdote piadoso, un pueblo honrado; y a un sacerdote honrado, un pueblo
impío. Siempre hay un grado menos de vida en los que sen engendrados.
Nosotros no nos atrevemos a suscribir esa afirmación, pero entendemos que las
siguientes palabras de San Alfonso expresan con bastante claridad
"Las buenas costumbres y la salvación de los pueblos - dependen de los
buenos pastores. Si hay un buen sacerdote al frente de una parroquia, pronto se
verán florecer las buenas costumbres, la frecuencia de sacramentos y la oración
mental. De esto ha nacido el proverbio: Qualis pastor, talis parochia, de
acuerdo con esta sentencia del Eclesiástico (X, 2): Qualis est rector
civitatis, taleset inhabitantes in ea" (37).
7. Objeción sacada de la
importancia de la salvación de las almas
Pero el alma exterior, que busca pretextos contra la vida interior, podrá
decir: ¿Por qué poner un limite a mis obras de celo? ¿Puedo yo gastar mis energías
y emplear mi tiempo con exceso cuando se trata de la salvación de las almas?
¿Mi actividad no suple con creces a todo, por el sublime ejercicio del
sacrificio? El que trabaja, ora. El sacrificio tiene su primacía sobre la
oración. ¿No califica San Gregorio al celo por las almas, de sacrificio, el más
agradable que puede ofrecerse a Dios? Nullum sacrificium est Deo magis acceptum
quam zelus animarum (38).
Comencemos por precisar el verdadero sentido de esa frase de San Gregorio,
sirviéndonos de las palabras del Doctor Angélico.
Dice el Santo Doctor: Ofrecer espiritualmente un sacrificio a Dios es ofrecerle
algo que le agrada. De todos los bienes que el hombre puede ofrecer al Señor,
el más agradable para Él, es sin duda la salvación de un alma. Pero el alma que
el hombre debe ofrecer primeramente a Dios, es la suya propia, en conformidad
con
¿Quieres ser agradable a Dios? - Ten compasión de tu alma. Después de hacer
este primer sacrificio, ya podemos procurar al prójimo una dicha semejante.
El sacrificio del hombre será tanto más agradable a Dios, cuanto más
ESTRECHAMENTE una con Dios primero su alma, y después las de los demás. Pero
esta unión, intima, generosa y humilde sólo se realiza POR
La necesidad de la vida interior no debe hacernos abandonar las obras, si vemos
claramente que tal es la voluntad de Dios, porque rehuir ese trabajo o
ejecutarlo con negligencia, o sea desertar del campo de batalla con el pretexto
del mejor cultivo de la propia alma y de la más perfecta unión con Dios, seria
pura ilusión y, en algunos casos, causa de verdaderos peligros. Vae migi, dice
San Pablo, si non evangelizavero (40).
Hecha esta salvedad, digamos rotundamente que. consagrarse a la conversión de
las almas, olvidándose de sí mismo, es una ilusión más grave que la anterior.
Dios quiere que amemos al prójimo como a nosotros mismos, pero no más que a
nosotros mismas, es decir, nunca hasta el extremo de causarnos un grave
perjuicio, lo que prácticamente equivale a exigir que tengamos más cuidado de
nuestra alma que de las demás, porque nuestro celo ha de ir siempre
reglamentado por la caridad, ya que el Prima sibi charitas (41)
sigue siendo un adagio de Teología.
"Porque amo a Jesucristo, decía San Alfonso María de Ligorio, ardo en
deseos de darle almas: PRIMERO
El Santo Abad de Claraval, verdadero fenómeno de celo apostólico, observaba esa
máxima. Su secretario Godofredo nos dice: Totus primum sibi et sic totus
omnibus (43).
"No te digo, escribe este Santo al Papa Eugenio III, que dejes del todo
los negocios del siglo. Únicamente te exhorto a que no te entregues de lleno a
ellos. Si quieres ser para todo el mundo, sé antes para ti, y si todos se
acercan a beber a tu fuente, no te prives tú de beber. ¿Por qué, has de ser tú
el único que permanezca sediento? Siempre has de comenzar por pensar en ti. EN
VANO TE ENTREGARÁS A LOS DEMÁS SI TE ABANDONAS TÍ MISMO. Haz que todas tus
reflexiones COMIENCEN y ACABEN EN TÍ. Sé para ti el primero y el último, y ten
siempre presente que en el negocio de tu salvación nadie es tan allegado tuyo
como el hijo de tu madre" (44).
También es muy sugestiva esta Anotación de retiro de Monseñor Dupanloup:
"Observo una actividad terrible que está minando mi salud, perturbando mi
piedad y que no es de provecho para mi cultura. Dios me ha dado la gracia de
reconocer que esta actividad natural y este dejarme llevar de mis ocupaciones
son los mayores obstáculos para la organización de mi vida interior, tranquila
y fructuosa. He llegado también a reconocer que esta FALTA DE VIDA INTERIOR es
el manantial de todos mis defectos, perturbaciones, sequedades, disgustos y
carencia de salud.
HE resuelto, pues, poner TODO MI ESFUERZO en la adquisición de esa vida
interior de que carezco, para lo cual, con la gracia de Dios, me he impuesto
las siguientes reglas:
1. Tomaré más tiempo del necesario para hacer cualquier cosa; así no me veré
agobiado, ni con prisas, jamás.
2. Como siempre me encuentro con más cosas que hacer, que tiempo para hacerlas,
y esta consideración me preocupa y me agobia, no pensaré más en las cosas que
debo hacer, sino en el tiempo de que dispongo. Lo emplearé sin perder un
minuto, comenzando por los negocios más importantes, y no me inquietaré de lo
que quede sin terminar, etc., etc.".
Cualquier joyero prefiere el diamante más pequeño a muchos zafiros. De la misma
manera, según el orden establecido por Dios, nuestra intimidad para con Él le
da más gloria que todo el bien que podamos procurarle con nuestro apostolado en
favor de las almas, si es un detrimento de la nuestra. Nuestro Padre Celestial,
que atiende más al gobierno de un corazón donde tiene su trono, que al gobierno
natural de todo el universo y a la gobernación civil de todos los imperios,
desea que reine esa armonía en nuestro celo (45).
Y algunas veces prefiere dejar desaparecer una obra, si ve que es un obstáculo
para el incremento de la caridad del alma que se ocupa en ella.
Satanás, por el contrario, no vacila en halagar a un apóstol con éxitos
enteramente superficiales, si puede con ello amenguar su vida interior, porque
su rabia le hace adivinar dónde se encuentran los verdaderos tesoros a los ojos
de Jesucristo. Es decir, da de buena gana algunos zafiros, para quitar un
diamante.
SEGUNDA PARTE
UNION DE
1. Prioridad de
En Dios se encuentra toda
La vida mortal de Jesucristo es la perfecta realización del plan divino.
Considerémosla: Treinta años de recogimiento y soledad y cuarenta días de
retiro y penitencia, son el preludio de su corta carrera evangélica. Y cuántas
veces durante sus correrías apostólicas le vemos retirarse a las montañas o al
desierto para orar: Secedebat in desertum et orabat (46)
o pasar la noche en oración. Pernoctans in oratione Dei (47).
Pero hay algo más significativo y es la escena en la cual Marta desea que el
Señor desapruebe la pretendida inactividad de su hermana, proclamando así la
superioridad de la vida activa. Pero la respuesta de Jesús es: Maria optimam
partem elegit (48),
y así declara la preeminencia de la vida interior. ¿Qué demuestra esto sino el
designio bien premeditado de hacernos sentir la preponderancia de la oración sobre
la vida activa?
Los Apóstoles, fieles a los ejemplos del Maestro, se dedicarán a la oración, y
a fin de consagrarse al ministerio de la predicación, encomendarán a los
diáconos las ocupaciones exteriores: Nos ver e orationi et ministerio verbi
instantes erimus (49).
Los Papas a su vez, los santos Doctores y los teólogos afirman la superioridad
de la vida interior sobre la activa.
Hace algunos años,
Inmediatamente se le presentó este problema: ¿Qué era preferible? ¿Sacrificar
las obras a la vida religiosa, o abandonar la vida religiosa, a fin de
conservar las obras?
Perpleja por no poder conocer la voluntad de Dios, salió secretamente para
Roma; obtuvo audiencia del Papa León XIII y le expuso sus vacilaciones, por la
presión de que era objeto por parte de sus superiores en favor de las obras. El
augusto anciano se recogió unos instantes para reflexionar, y le dio esta
respuesta categórica: "Con preferencia a todas las cosas y a todas las
obras, conservad la vida religiosa de aquellas hijas vuestras que tienen el
espíritu de su estado y aman la vida de oración. Y si es imposible guardar lo
que os recomiendo y las obras, Dios suscitará en Francia otras obreras, si son
necesarias. Vosotras, con vuestra vida interior, y en especial con vuestras
oraciones y sacrificios, seréis más útiles a Francia como religiosas, aun en el
destierro, que en el suelo patrio si quedáis privadas de los tesoros de vuestra
consagración a Dios".
En una carta dirigida a un Instituto muy importante dedicado a la enseñanza,
Pío X declaró netamente su pensamiento con estas palabras: Nos hemos enterado
de que comienza a circular la opinión de que lo primero para vosotras es la
educación de los niños; antes de las obligaciones que vuestra profesión
religiosa os impone, porque así lo piden el espíritu y las necesidades de
nuestros tiempos. NOS OPONEMOS EN ABSOLUTO a que tal opinión encuentre eco en
vuestro Instituto religioso y en los demás que se dedican a la enseñanza. Quede
bien sentado en lo que os afecta, que la vida religiosa es muchísimo más
importante que la vida común y que por muy grandes que sean vuestros deberes de
enseñar, mayores son las obligaciones con que os ligasteis a Dios (50).
¿Pero la razón de ser de la vida religiosa y su fin principal no son la
adquisición de la vida interior?
Vita contemplativa, dice el Doctor Angélico, simpliciter melior est... et
potior cuam activa (51).
San Buenaventura acumula los comparativos de superioridad para destacar la
excelencia de la vida interior: Vita sublimior, securior, opulentior, suavior,
stabilior (52).
Vita sublimior
La vida activa se ocupa de los hombres pero la contemplativa nos adentra en el
dominio de las más altas verdades, sin desviar la mirada del mismo principio de
la vida. Principium quod Deus est quaeritur. Su horizonte y su campo de acción
son mucho más dilatados: Martha in uno loco corpore laborabat circa aliqua,
Maria in multis locis caritate circa multa. In Dei enim contemplatione et amore
videt omnia, dilatatur ad omnia, comprehendit et complectitur omnia, ut ejus
comparatione, Martha sollicita dici possit circa pauca (53)
Vita securior
Porque tiene menos peligros. En la vida activa en su casi totalidad, el alma
está agitada y febril y desparrama sus energías, con todo lo cual va
debilitándose.
Además encierra tres defectos: Sollicita est (54);
las preocupaciones del pensamiento, sollicitudines in cogitatu; turbaris; estas
turbaciones dan lugar a las afecciones, turbationis in affectu; por último,
erga plurima, multiplicación de sus ocupaciones con la consiguiente división
del esfuerzo y de los actos, divisiones in actu. En cambio, para que exista la
vida interior, basta una sola cosa: La unión con Dios. Porro, unum est
necessarium. Lo demás pasa a la categoría de secundario, y se realiza en virtud
de esa unión y para más robustecerla.
Vita opulentior
Con la contemplación vienen todos los bienes: Venerunt mihi omnia bona pariter
cum illa (55).
Es la parte mejor entre todas: Optimam partem elegit (56).
Todos los méritos afluyen a ella. ¿Por qué? Porque aumenta a la vez el brío de
la voluntad y los grados de la gracia santificante y hace que obre el alma por
un principio de caridad.
Vita suavior
El alma verdaderamente interior hace un total abandono de su voluntad en la
voluntad divina, y acepta con igual semblante las cosas agradables y las adversas,
llegando hasta recibir con una sonrisa las aflicciones, porque se siente feliz
de llevar su cruz.
Vita stabilior
Por muy intensa que sea, la vida activa termina en este mundo: predicaciones,
enseñanza, trabajos de todas clases, todo cesa en el umbral de la eternidad. En
cambio la vida interior jamás declina: Quae non auferetur ab ea. Por ella
nuestra vida en este mundo no es sino una continua ascensión hacia la luz, que
la muerte hace más radiante y rápida.
Podemos resumir las excelencias de la vida interior con estas palabras de San
Bernardo:
"En ella el hombre vive con más pureza, cae más raras veces, se levanta
con más rapidez, camina con mayor seguridad, recibe mayor número de gracias,
descansa con más tranquilidad, muere más confiado, es más Inmediatamente
purificado y obtiene una recompensa mayor (57).
2. Las Obras deben ser el
desbordamiento de
Sed perfectos como lo es vuestro Padre que está en los cielos (58).
El modo de obrar de Dios, guardada la debida proporción, debe ser el Criterio y
Dios por naturaleza es repartidor de dádivas, y es un hecho comprobado que en
el mundo distribuye con absoluta profusión sus beneficios sobre todos los
seres, particularmente sobre la criatura humana. Así desde hace millares, si no
millones de siglos, el universo entero es el objeto de esa inagotable
prodigalidad que derrama incesantemente sus gracias. Sin embargo, Dios no se
agota ni empobrece y esa munificencia inexhausta suya no aminora sus recursos
Infinitos.
Dios da al hombre algo más que los bienes exteriores. Le envía su Verbo. En ese
acto de suprema generosidad, que no es otra cosa que el don de sí, Dios nada
abandona, ni puede abandonar de
Por los sacramentos, y especialmente por
Así, a nuestra manera, debemos proceder los hombres apostólicos que aceptamos
la noble tarea de santificar a los demás: Verbum tuum, consideratio tua, quae
si procedit, non recedat (61);
el verbo nuestro es el espíritu interior que la gracia ha formado en nuestras
almas. Este espíritu debe dar vida a todas las manifestaciones de nuestro celo,
y como se gasta constantemente en provecho ajeno, deberá ser incesantemente
renovado con los recursos que nos ofrece Jesús. Así, nuestra vida interior será
como el tallo lleno de savia vigorosa, y las obras que ejecutemos, su
eflorescencia.
A toda alma de apóstol debe inundar la luz e inflamar el amor, antes que ella
con sus reflejos ilumine y caldee a los demás. Lo que vieron con sus ojos y
palparon con sus manos, enseñarán a los hombres (1 Juan 1,1). Su boca derramará
en los corazones la abundancia de las dulzuras celestiales, dice San Gregorio.
Podemos ya deducir este principio:
Los Padres y Doctores proclaman a porfía esta doctrina.
Priusquam exeat proferentem linguam, dice San Agustín, ad Deum levet animam
sitientem, ut eructet quod biberit, vel quod impleverit fundat (62).
Antes de comunicar hay que recibir, escribe el Seudo-Dionisio (Coel. hiero c.
III) y los ángeles más elevados no transmiten a los que están más bajos, sino
las luces cuya plenitud recibieron. El Creador ha establecido en las cosas
divinas un orden, en virtud del cual aquel que tenga la misión de
distribuirlas, debe participar antes de ellas, y henchirse con toda abundancia
de las gracias que Dios quiere conceder a las almas, por su conducto. Solamente
entonces estará autorizado para comunicarlas.
¿Quién no conoce esta frase clásica de San Bernardo dirigida a los apóstoles?
Si sabes obrar con cordura, sé concha y no canal. Si sapis,
concham te exhibebis non canalem (Serm.
Siendo toda causa superior a su efecto, es necesaria mayor perfección para
perfeccionar a los demás que para perfeccionarse a sí mismo (64).
Una madre no puede amamantar a su hijo si no se alimenta ella; del mismo modo,
los confesores, directores de almas, predicadores, catequistas y profesores,
deben de antemano asimilar la sustancia de que han de aumentar después a los
hijos de
3.
Debemos completar el encabezamiento agregando: de toda Obra digna de ese
nombre. Porque algunas de las de nuestros días no merecen ese apelativo.
Son más bien empresas organizadas al margen de la piedad, con el designio de
procurar a sus autores aplausos y fama de personas hábiles, y para cuyo
desarrollo se ponen en práctica toda clase de medios, aun los menos
justificables.
Hay otras obras dignas de mayor estima. En ellas se busca el bien; el fin que
persiguen y los medios que se emplean son irreprochables, pero a pesar de los
esfuerzos empleados, sus resultados son nulos o casi nulos, porque sus
organizadores no tienen fe en la influencia de la vida sobrenatural sobre las
almas.
Para formarnos una idea exacta de las características que debe reunir una obra,
cederemos la palabra a un hombre que ha dejado las huellas brillantes de su
apostolado en toda una región, recordando la lección que nos dio al principio
de nuestro ministerio sacerdotal. Se trataba de fundar un Patronato de jóvenes.
Después de haber visitado los Círculos Católicos de París y de otras capitales
francesas, las Obras de Valdes-Bois, etc., nos trasladamos a Marsella para
estudiar las obras de jóvenes, del Santo Presbítero Allemand, y del venerable
Canónigo Timon-David. Con qué emoción nuestro corazón de sacerdote recién
salido de las aulas recogió las palabras, que reproducimos, del Santo Canónigo:
"Bandas de música, teatros, proyecciones, gimnasia, juegos, etc., no los
censuro. En mis comienzos, yo también los creía indispensables; son puntales
que se emplean para sostener la obra, a falta de otros. Pero al correr de los
años, he acudido a medios sobrenaturales, porque cada día que pasa veo con más
claridad que toda obra construida con elementos puramente humanos está llamada
a desaparecer, y en cambio las obras que acercan los hombres a Dios por medio
de la vida interior, tienen las bendiciones de
"Hace
"Créame; apunte siempre lo más alto posible y quedará maravillado de los
resultados. Me explicaré. No confine su ideal en la elección de distracciones
honestas que ofrecer a los jóvenes, para alejarlos de los placeres prohibidos y
de las relaciones peligrosas, ni tampoco en darles un barniz de cristianismo a
base de una misa que muchas veces oyen maquinalmente o prepararlos de tarde en
tarde para confesión y comunión.
"Duc in altum (66).
Aspire en un principio a formar a toda costa un grupo selecto, inculcándoles la
resolución de vivir a toda costa como cristianos fervorosos, haciendo oración
todas las mañanas; oyendo la misa diaria; si es posible, un poco de lectura
espiritual y, desde luego, la comunión con el mayor fervor y frecuencia posibles.
Ponga todo su empeño en inculcar a esa porción escogida un gran amor a
Jesucristo, y el espíritu de oración, de abnegación, de vigilancia sobre si, en
una palabra, de las más sólidas virtudes. Excite en sus almas, con idéntico
celo, el amor a
"-Lo comprendo -le contesté-. Esa minoría será la levadura. Pero ¿qué haré
con los demás que forman la masa, y que no pueden ser elevados a ese nivel; con
los jóvenes de toda edad y con los hombres ya casados que pienso también
agrupar en el Círculo?
"-Darles una fe robusta, valiéndose de una serie de conferencias
interesantes durante las noches de invierno. Así saldrán bien formados y
armados no sólo para hacer callar a sus camaradas de taller u oficina, sino
para resistir a la pérfida influencia del periódico o del libro.
"Crear en los hombres convicciones arraigadas que sepan sostener sin
respeto humano, cuando se presente el caso, constituye, desde luego, un
resultado apreciable; pero será preciso hacerles avanzar más, hasta formarlos
en una piedad verdadera, ardiente, convencida e ilustrada.
"-¿Abriré desde el principio la puerta a todo el que llega?
"-El número no tiene importancia, con tal que los elementos sean bien
escogidos. El crecimiento del Círculo ha de lograrse por la influencia del
núcleo de apóstoles, cuyo centro serán Jesús y María, y usted, como instrumento
de ambos.
"-¿Comenzaremos en un local modesto, esperando a allegar recursos para
establecernos en otro mejor?
"-En los comienzos, las salas espaciosas y cómodas pueden, como el tambor
del pregonero, llamar la atención hacia una obra naciente, Pero, vuelvo a
repetírselo: si usted fundamenta su asociación en la vida cristiana, ardiente,
integral y apostólica, el local estrictamente necesario bastará siempre para el
funcionamiento normal de todos los accesorios que un Círculo necesita. Entonces
comprobará que el ruido hace muy poco bien y que el bien hace muy poco ruido. Y
que el Evangelio bien comprendido reduce el capítulo de gastos sin perjuicio de
los resultados, sino todo lo contrario. Pero, ante todo usted es el que ha de
obrar personalmente y sacrificarse, menos para organizar funciones de teatro o
sesiones de gimnasia, que para acumular en su propio espíritu la vida de
oración; porque, sépalo bien: usted será capaz de encender en los demás los
ardores del amor de Nuestro Señor en la misma proporción en que vive usted de
ese amor.
"-En resumen, ¿usted basa todo en la vida interior?
"-Si y mil veces sí: de esa manera tendrá usted oro puro, sin mezcla.
Además, tenga fe en mi larga experiencia. Lo que acabo de decirle de las obras,
de los jóvenes, tiene su aplicación en toda clase de Obras, como Parroquias, Seminarios,
Catecismos, Escuelas, Círculos Militares, etc. ¡Qué bienes tan grandes produce
en una ciudad una asociación cristiana cuando vive la verdadera vida
sobrenatural! Obra en ella como una levadura poderosa, y, los ángeles sólo
podrían decir lo fecunda que es en obras de salvación.
"¡Ah! Si todos los sacerdotes, religiosos y aun seglares dedicados a las
Obras conocieran el poder de la palanca que tienen en sus manos, y tomaran como
punto de apoyo el Corazón de Jesús y la vida en unión con ese Corazón divino,
levantarían nuestra patria. La levantarían sin duda, a despecho de Satanás y
sus secuaces".
4. La vida interior y La
vida activa se reclaman mutuamente
Así como el amor de Dios se revela por los actos de la vida interior, el amor
del prójimo se manifiesta por las operaciones de la vida exterior, y como el
amor de Dios no puede separarse del amor del prójimo, resulta que tampoco estas
dos formas de vida pueden subsistir separadas (67).
Suárez dice que no puede subsistir un estado de vida ordenado con rectitud al
logro de la perfección, si no participa de alguna manera de la acción y de la
contemplación (68).
Esas palabras del ilustre jesuita son un comentario de la doctrina de Santo
Tomás. Los que se sienten llamados a las obras de la vida activa, dice el Santo
Doctor, están en un error si creen que ese deber les dispensa de la vida
contemplativa. Ese deber se agrega a esta vida y en nada disminuye su
necesidad. Así las dos vidas no se excluyen, sino que se reclaman, se suponen,
se mezclan y se completan; y si debe fomentarse más alguna de las dos, ha de
ser la contemplativa, que es la más perfecta y necesaria (69).
Para que la acción sea fecunda, necesita la contemplación; cuando ésta llega a
un grado determinado de intensidad, derrama en la primera algo de su soberanía,
mediante la cual el alma toma directamente del corazón divino las gracias que
habrá de distribuir por medio de la acción.
Por eso, si la acción y la contemplación se funden en una perfecta armonía en
el alma de un santo dan a su vida una unidad maravillosa. Tenemos el ejemplo de
San Bernardo, que fue el hombre más contemplativo y activo de su época, del
cual hace esta pintura uno de sus contemporáneos: "En él la contemplación
y la acción iban acordes hasta tal punto, que ese santo parecía al mismo tiempo
que estaba entregado en absoluto a las obras exteriores, y absorbido del todo
en la presencia y el amor de Dios" (70).
Comentando el texto de
Resumamos sus reflexiones:
El corazón significa la vida interior y contemplativa. El brazo, la vida
exterior y activa.
El sagrado texto cita el corazón y el brazo para demostrar que las dos vidas
pueden unirse y acordarse perfectamente en una misma persona.
Se nombra el corazón en primer lugar, por ser un órgano más noble y necesario
que el brazo. Igualmente, la contemplación es mucho más excelente y perfecta y
merece más estima que la acción.
El corazón late día y noche. Un instante de paralización de este órgano
esencial acarrearía la muerte instantánea.
El brazo, que es sólo una parte integrante del cuerpo humano, no se mueve sino
de tiempo en tiempo; por eso debemos suspender algunas veces nuestros trabajos
exteriores, y en cambio no cesar en nuestra aplicación a las cosas
espirituales.
El corazón da al brazo la vida y fuerza mediante la sangre que hace llegar
hasta él, sin la cual el brazo se secaría. Así la vida contemplativa, que es
vida de unión con Dios, merced a las luces y constante asistencia que el alma
recibe en esa intimidad, vivifica las ocupaciones exteriores y es la única
capaz de comunicarles con su carácter sobrenatural una utilidad efectiva. Sin
ella, todo languidece, se esteriliza y se llena de imperfecciones.
El hombre, por desgracia, separa con frecuencia lo que Dios ha unido; por eso
es tan rara esta perfecta unión de que hablamos; por otra parte, exige un
conjunto de precauciones que ordinariamente no se toman. No aceptan empresa
alguna superior a las propias fuerzas. Ver en todo habitualmente, pero con
sencillez, la voluntad de Dios. Entregarse a las obras cuando Dios lo disponga,
en la medida en que lo disponga, y únicamente con el deseo de ejercitarnos en
la caridad. Desde los comienzos, ofrecerle nuestro trabajo, y en el transcurso
del mismo, reanimar con frecuencia, por medio de santos pensamientos y de
jaculatorias encendidas, nuestra resolución de no obrar sino para Él y por Él.
En resumen, cualquiera que sea la atención que prestemos a los trabajos,
conservarnos siempre en paz, como señores de nosotros mismos. Para el éxito,
dirigirnos únicamente a Dios y no sacudirnos las preocupaciones, sino para
estar a solas con Jesucristo. Tales son los sabios consejos que dan los maestros
de la vida espiritual, para llegar a esta unión.
Esta constancia en la vida interior, unida en el Santo Abad de Claraval a un
apostolado activísimo, había Impresionado a San Francisco de Sales, cuando
escribió: "San Bernardo nada perdía del progreso que deseaba lograr en el
santo amor... Cuando cambiaba de lugar, no cambiaba de amor, ni su amor de
objeto..., no recibía el color de los negocios o conversaciones, como el
camaleón adopta el de los lugares donde se encuentra; sino que se conservaba unido
siempre a Dios, con la blancura perenne de la pureza, el rojo encendido de la
caridad y la, plenitud de humildad (Espíritu de San Francisco de Sales, 17°
parte, Cap. II)".
Habrá momentos en que nuestras ocupaciones se multiplicarán de tal modo que nos
veremos forzados a emplear todas nuestras energías, sin poder sacudir la carga
ni siquiera aligerarla. Esto traerá como consecuencia la privación por algún
tiempo del placer de la unión con Dios, pero esta unión no sufrirá con ello
sino por nuestra culpa. Si se prolonga esta situación, ES PRECISO LAMENTARLO,
GEMIR y TEMER MAS QUE NADA EL PELIGRO DE HABITUARSE A ELLO. El hombre es débil
e inconstante. Cuando descuida la vida espiritual, pronto pierde su gusto. Si
se engolfa en las ocupaciones materiales, acaba por complacerse en ellas. Por
el contrario, si el espíritu interior expresa su vitalidad latente por medio de
suspiros y gemidos, estas quejas constantes que provienen de una herida que no
se cierra en el lado mismo de una actividad desbordante, forman el mérito de la
contemplación sacrificada, o más bien el alma realza esa admirable y fecunda
unión de la vida interior y de la vida activa. Impelida por esa sed de vida
interior que no puede mitigar a placer, vuelve con ardor, desde que le es dado,
a la vida de oración. Nuestro Señor le procura unos momentos de intimidad. Le
exige la fidelidad y en cambio le compensa de la brevedad de esos felices
instantes, con el fervor.
En un texto cuyas palabras deben ser meditadas una a una, Santo Tomás resume
admirablemente esta doctrina: Vita contemplativa, ex genere suo, majoris est
meriti quam vita activa. Potest nihilominus accidere ut aliquis plus mereatur
aliquid externum agendo; puta si propter abundantiam divini amoris, ut ejus
voluntas impleatur propter Ipsius gloriam, interdum sustinet a dulcedine
divinae contemplationis ad tempus separari (72).
Fijémonos en el lujo de condiciones que el Santo Doctor exige para que la
acción sea más meritoria que la contemplación.
El móvil íntimo que empuja al alma a la acción no es otro que el desbordamiento
da su caridad; Propter abundantiam divini amoris. No entran, pues, en juego ni
la agitación, ni el capricho, ni la necesidad de salir de si mismo. Es, en
efecto, un sufrimiento del alma: Sustinet, de ser privada de las dulzuras de la
oración (73),
a dulcedine divinae contemplationis... separari. Por consiguiente, no sacrifica
sino provisionalmente: Accidere... interdum... ad tempus, y para un fin
enteramente sobrenatural: Ut Ejus voluntas impleatur propter Ipsius gloriam,
una parte del tiempo reservado a la oración.
Los caminos de Dios llevan el sello de la sabiduría y la bondad, y la dirección
que marcan a las almas entregadas a la vida interior es maravillosa. Si éstas
saben ofrecerle con generosidad la pena que les produce el privarse del Dios de
las obras, en obsequio a las obras de Dios, esa pena tiene su pago, porque
gracias a ella desaparecen los peligros de disipación, amor propio y afecciones
naturales; las hace más reflexivas y fomenta en ellas la práctica de la
presencia de Dios, porque el alma encuentra en
¡Cuántas personas de obras, por saber sufrir esa pena y sacrificar ese deseo de
ir al Tabernáculo, por esas comuniones espirituales originadas en esos
sacrificios, reciben como premio la fecundidad de su acción, la salvaguardia de
su alma y el progreso en la virtud!
5. Excelencia de esa unión
Dice Santo Tomás que la unión de las dos vidas, contemplativa y activa,
constituye el verdadero apostolado, que es la obra principal del Cristianismo:
Principalissimum officium (74).
Para el apostolado se necesitan almas que se entusiasmen por una idea y se
consagren al triunfo de un principio.
La realización de esta idea ha de ser sobrenaturalizada por el espíritu
interior, y nuestro celo, en todos sus aspectos, fin, medios y ardor, debe
estar animado del espíritu de Jesús, para que nuestra vida sea lo más perfecta
posible, la vida por excelencia, la cual es preferida por los teólogos a la
simple contemplación. Praefertur simplici contemplationi (75).
El apostolado del hombre de oración es la palabra que obedece al mandato de
Dios y hace conquistas, en el celo de las almas y el fruto de las conversiones:
Missio a Deo, zelus animarum fructificatio auditorum (76).
Es el vapor de la fe con emanaciones que llevan al cielo: Zelus, id est vapor
fidei (77).
El apostolado de los santos es la sementera del mundo. El apóstol esparce el
trigo de Dios en el campo de las almas (78).
Es el amor en llamas que devora la tierra, y el incendio de Pentecostés que,
con fuerza irresistible, se propaga por todas partes: Ignem veni mittere in
terram (79).
La sublimidad de este ministerio estriba en que atiende a la salvación del prójimo,
sin mengua de la del apóstol: sublimatur ad hoc ut aliis provideat.
Transmitir a inteligencias humanas las verdades divinas es un ministerio digno
de los ángeles.
Cosa buena es contemplar la verdad, pero comunicarla es mucho mejor, como es
mejor reflejar la luz que recibirla; e iluminar que brillar bajo el celemín. El
alma se nutre en la contemplación y se entrega en el apostolado: Si cut majus
est illuminare quam lucere solum, ita majus est contemplata aliis tradere quam
solum contemplare (D. Thom. 2° 2ae, q.
Contemplata altis tradere: según el pensamiento de Santo Tomás, la vida de
oración es la fuente de este apostolado.
Este texto y el anterior, citado al final del capitulo precedente, del mismo
Santo, son una condenación del Americanismo, partidario de una vida mixta, en
la cual la acción acabarla por ahogar la contemplación.
En efecto: Santo Tomás en estos textos hace las dos afirmaciones siguientes: 1°
El alma ha de vivir habitualmente en una vida de oración que le permita dar de
lo que sobre. 2° Por la acción no ha de suprimirse la vida de oración, y el
alma, al entregarse, ha de guardar su corazón de tal modo que no corra serio
peligro de sustraerse a la influencia de Jesucristo en el ejercicio de su
actividad.
El Rvdo. Padre Mateo Crawley, apóstol de la entronización del Sagrado Corazón
en las familias, traduce con frases sugestivas el pensamiento de Santo Tomás:
"El apóstol es un cáliz lleno hasta los bordes de vida de Jesucristo, que
vierte en las almas el sobrante de su contenido".
Esta mezcla de acción y contemplación, acción con todas las abnegaciones del
celo y contemplación con sublimes elevaciones, ha producido los mayores santos:
San Dionisio, San Martín, San Bernardo, Santo Domingo, San Francisco de Asís,
San Francisco Javier, San Felipe Neri y San Alfonso, todos ellos tan ardientes
contemplativos como valientes apóstoles.
¡Vida interior y vida activa! ¡Santidad en medio de las obras! ¡Unión potente y
fecunda! ¡Qué prodigios tan fantásticos de conversiones realizáis! Oh, Dios
mío, dad a vuestra Iglesia Santa muchos apóstoles, pero encended una sed
ardiente de la vida de oración en sus corazones que devora el deseo de
entregaros. Dad también a vuestros obreros esa acción contemplativa y esa
contemplación activa, para que vuestra obra sea cumplida, y los obreros
evangélicos que nos disteis, obtengan aquellas victorias que os plugo anunciar
antes de vuestra gloriosa Ascensión.
TERCERA PARTE
1. Las Obras, Medios de
santificación, para las almas interiores, son un peligro para la salvación de
las que no lo son
a) MEDIOS DE SANTIFICACIÓN.- Nuestro Señor exige a aquellas criaturas
suyas que se digna asociar a su apostolado, que se conserven en la
virtud, y que progresen. Pruebas abundantes de esto tenemos en las
epístolas de San Pablo a Tito y a Timoteo y en los apóstrofes del Apocalipsis a
los Obispos de Asia.
Por otra parte, sabemos que Dios quiere las obras. Por consiguiente, es una
injuria y una blasfemia contra
Porque podemos formular el siguiente dilema: O el apostolado en cualquiera de
sus formas, practicado porque Dios lo quiere y CON LAS CONDICIONES DEBIDAS,
constituye para el apóstol un medio de santificación.
O si no, al pedírsele cuentas al apóstol en el tribunal de Dios, tendrá el
derecho de presentar su actividad y las fatigas y preocupaciones de su obra
(mandada por Él) como excusas legitimas del abandono de su santificación.
Consecuencia de este raciocinio: Dios TIENE CONTRAÍDA CONSIGO MISMO
Por consiguiente, al más modesto de los obreros evangélicos, al más humilde de
los Hermanos dedicados a la enseñanza y a
Y todo apóstol, como cumpla las condiciones de tal, debe tener una confianza
absoluta en el riguroso derecho que le asiste, a las gracias exigidas por
unas Obras, a las cuales Dios ha hipotecado sus socorros celestiales.
Quien se consagra a las obras de caridad, dice Álvarez de Paz, piense, que no
se le cierran las puertas de la contemplación, ni se le incapacita para
dedicarse a ella; por el contrario, tenga por seguro, que son la mejor
disposición para la misma. Esta verdad enseñada por la razón y la autoridad de
los Santos Padres, está acreditada por la experiencia de todos los días, que
nos muestra a algunas almas, dedicadas a las obras de caridad en favor del
prójimo, como confesiones, predicación, catequesis, visita a enfermos, etc., y
elevadas por Dios a tan alto grado de contemplación, que pueden ser comparadas
muy bien con los antiguos anacoretas.
Con la frase "grado de contemplación", el eminente Jesuita, siguiendo
a los Maestros de la vida espiritual, designa el don del espíritu de la
oración, que caracteriza a la superabundancia de la caridad en un alma.
Los sacrificios que las obras exigen, hechos por la gloria de Dios y la
santificación de las almas, sacan de ese doble fin tal fecundidad de méritos
sobrenaturales, que el hombre entregado a la vida activa puede elevarse todos
los días a un grado más alto de caridad y de unión con Dios, es decir, de
santidad.
Hay casos en los cuales por existir peligro en la virtud de la fe o de la
castidad, DIOS QUIERE que dejemos las obras. Pero fuera de ellos, facilita a
sus obreros los medios de inmunización y de progreso en la virtud por medio de
la vida interior.
Para aclarar el significado de ese progreso, nos serviremos de una frase
paradójica de la siempre tan juiciosa y espiritual Santa Teresa de Jesús:
"Desde que soy Priora -dice-, en mis ocupaciones y frecuentes viajes
cometo más faltas que antes. Pero, como lucho con generosidad y llevo mi cargo
por Dios, siento que cada día que pasa me uno más con Él". Su debilidad se
manifiesta más a menudo que en la calma y el silencio del claustro. Ella lo observa,
sin inquietud, porque la generosidad sobrenatural que pone en sus trabajos y
sus esfuerzos, más rudos que antes, en las luchas del espíritu, le ofrecen la
ocasión de obtener mayores victorias, las cuales la compensan con holgura de
las sorpresas de fragilidad, que antes no le faltaban, sino que permanecían en
estado latente.
Nuestra unión con Dios, dice San Juan de
Santa Teresa no tiene un concepto falso de la espiritualidad que consistiría en
creer que únicamente en el claustro el alma puede progresar en su unión con
Dios: al contrario, juzga que la actividad cuando es impuesta por Dios, y se
ejerce en las condiciones que placen a la divina voluntad, viene a aumentar la
unión de su alma con Nuestro Señor, el cual vive en ella y le da ánimo en sus
trabajos, encaminándola hacia la santidad, y todo esto lo logra alimentando su
espíritu de sacrificio, su humildad, su abnegación, su ardor y su entrega total
por el reinado de Dios.
La santidad, en efecto, reside, ante todo en la caridad, y una obra de
apostolado que merezca ese nombre no es otra cosa que un acto de caridad. Probatio
amoris, dice San Gregorio, exhibitio est operis. El amor se muestra en las
obras que exigen sacrificio, y Dios pide a sus obreros esta prueba de
abnegación.
Apacienta mis corderos; apacienta mis ovejas; esta es la forma de la
caridad que Nuestro Señor exige al apóstol, como prueba de la sinceridad de sus
protestas reiteradas de amor.
San Francisco de Asís creía que no podía ser amigo de Jesucristo sino
ejercitando su caridad en favor de las almas. Non se amicum Christi
reputabat, nisi animas faveret quas ille redemit (80).
Y si Nuestro Señor considera como hechas a Él hasta las obras corporales de
misericordia, es porque en cada una de ellas descubre esa irradiación de la
caridad (81) que anima al misionero o sostiene al anacoreta en el desierto
entre sus privaciones, combates y plegarias.
La vida activa tiene su empleo en las obras de abnegación, y camina por la
senda del sacrificio a zaga de Jesús, obrero y pastor, misionero, taumaturgo,
curador y médico universal; proveedor tierno e infatigable de todos los
necesitados de este mundo.
La vida activa debe recordar y vivir de esta frase del Maestro: Estoy entre
vosotros como un servidor (82). El hijo del hombre ha venido para servir no
para ser servido (83).
Recorre los caminos de la miseria humana, pronunciando la palabra iluminad ora,
y sembrando en torno suyo las gracias que se tornan beneficios de todas clases.
Merced a las clarividencias de su fe y a las instituciones de su amor, sabe
descubrir en el más astroso de los que sufren al Dios desnudo y doliente,
despreciado de todos; al gran leproso, al misterioso reo perseguido por la
justicia divina y herido de sus golpes; al varón de dolores a quien Isaías vio
vestido con el lujo horroroso de sus llagas y la trágica púrpura de su sangre,
maltrecho y destrozado por los clavos e instrumentos de la flagelación, hasta
retorcerse como un gusano que se aplasta.
Lo hemos visto y no lo hemos conocido, dice el Profeta (84).
¡Oh vida activa! Tú lo reconoces muy bien y, clavadas las rodillas en tierra,
con lágrimas en los ojos, sabes servirlo en los pobres.
La vida activa perfecciona a la humanidad y, fecundando al mundo con sus
generosidades, trabajos y sudores, puebla el cielo de sus méritos.
Vida santa que sabe recompensar muy bien aquel Dios que concede el paraíso como
pago del vaso de agua dado a un pobre, con la misma largueza con que premia el
infolio del doctor y los sudores del apóstol. Ante los cielos y la tierra, en
su último día premiará con una eternidad feliz todas las obras de caridad (85).
b) PELIGRO PARA
Un hombre de obras a quien al comenzar un retiro rogué que escrutara su
conciencia para encontrar la causa del triste estado en que se hallaba, me dio
esta respuesta exacta, aunque incomprensible a primera vista: "Mi
entrega total a las obras me ha perdido". "Por mis disposiciones
naturales, yo sentía un verdadero placer en trabajar y prestar servicios, y
como el éxito me sonreía, Satanás supo arreglárselas para llenarme de ilusiones
durante muchos años, con lo cual creció en mí el delirio de la acción,
juntamente con la antipatía a todo trabaja interior, hasta caer en el
precipicio".
Este estado anormal del alma, por no decir este estado monstruoso, se explica
de esta manera. Aquel obrero de Dios, por dar satisfacción a su actividad
natural, dejó que se desvaneciera su vida divina, que era la reserva de
calorías que hacían fecundo su apostolado, y protegían su alma contra el frío
glacial del espíritu natural. Había trabajado lejos del sol que vivifica. Magnae
vires et cursus celerrimus, sed praeter viam (86). Por eso las obras,
santas en sí mismas, se le convirtieron en espada de dos filos, que hieren al
que no sabe su manejo.
Contra este peligro ponía en guardia San Bernardo al Papa Eugenio III, con
estas palabras: Temo que en medio de tus innumerables ocupaciones, te
desesperes de no poder llevar las a cabo y se te endurezca el alma. Obrarías
con cordura ABANDONÁNDOLAS POR ALGÚN TIEMPO, para que no te dominen ni
arrastren a donde no quieras llegar. Tal vez me preguntes: ¿A dónde? AL
ENDURECIMIENTO DEL CORAZÓN.
Ya ves a dónde pueden arrastrarte esas OCUPACIONES MALDITAS, HAE
OCCUPATIONES MALEDICTAE, si continúas entregándote a ellas del todo, como
hasta ahora, sin reservarte nada para ti (87).
¿Hay empresa más augusta y santa que el gobierno de
Esta expresión "ocupaciones malditas" vale un libro por lo que
estremece y hace reflexionar. Sería como para rechazarla, si no hubiera salido
de la pluma tan ajustada y precisa de un Doctor de
2. Del hombre de
Obras, sin
Esta frase lo
caracteriza: Si aún no llegó al estado de tibieza, llegará fatalmente. Ese
estado de tibieza, no de sentimiento ni fragilidad, sino de voluntad, es un pacto
hecho con la disipación y la negligencia habitualmente consentida o no
combatida, y un pacto con el pecado venial deliberado, y, por consiguiente,
es privar al alma de la seguridad de su salvación y disponerla al pecado
mortal (88).
Tal es la doctrina de San Alfonso acerca de la tibieza, que con toda claridad
ha desarrollado su discípulo el P. Desurmont (89).
¿Por qué el hombre de obras cuando carece de vida interior va a parar
necesariamente a la tibieza? Decimos necesariamente y para probarlo nos serviremos
de las palabras que un Obispo misionero dirigía a sus sacerdotes; palabras
terribles que brotaban de un corazón devorado por el celo en favor de las obras
y de un espíritu con tendencia al quietismo: "Es preciso -decía el
cardenal Lavigerie-, adquirir esta firme persuasión. Para un apóstol no hay
otra elección que ésta: O la santidad completa, al menos de deseo, trabajando
para alcanzarla, o la perversión más absoluta".
Teniendo en cuenta los gérmenes de corrupción que la concupiscencia deposita
constantemente en nuestra naturaleza, la guerra sin cuartel que nos hacen
nuestros enemigos interiores y exteriores y los peligros que nos cercan por
todas partes, representémonos la situación de un alma entregada al Apostolado,
sin defensa contra los peligros que la acechan.
X... desea consagrarse a las Obras. Desde luego carece de experiencia. Su
inclinación al apostolado nos permite imaginarlo lleno de ardor, de carácter
vivo, ávido de trabajar y acaso de luchar también. Lo suponemos de conducta
intachable, piadoso y hasta devoto, con una devoción más sentimental que
sólida, que no refleja a un alma resuelta a buscar en todo exclusivamente la
voluntad de Dios, sino más bien es signo de una rutina, resto de hábitos
piadosos.
La oración, si la hace, es una especie de divagación y la lectura espiritual un
ejercicio de curiosidad, sin influencia real en su conducta. Acaso el mismo
Satanás, haciéndole tomar por sentimiento de la vida interior lo que no es sino
una ilusión de gusto artístico, provoca en él el paladeo de las lecturas que
tratan de las vías extraordinarias de la unión con Dios, y el entusiasmo por
ellas.
Total, que esa alma, aunque de muy buenas costumbres, muy buenas cualidades
naturales y con un deseo leal, aunque un poco vago de conservarse fiel a Dios,
cuenta con muy poca o ninguna vida interior.
Ya tenemos a nuestro apóstol, lleno de deseos de trabajar, dispuesto a
entregarse con el mayor celo a ese ministerio nuevo para él. Pronto, en virtud
de algunas circunstancias que originan nuevas ocupaciones (toda persona
habituada a las obras puede comprendernos), surgen mil motivos de vivir fuera
de sí, mil cebos de su curiosidad, mil ocasiones de pecado, contra las cuales
se sintió protegido hasta entonces por la atmósfera tranquila de su hogar, o
del seminario, noviciado o comunidad, o al menos por la tutela de un director
experimentado.
Esa alma que no está preparada para resistir ninguna clase de asaltos, sentirá
crecer su disipación, o despertarse en ella una curiosidad malsana de saberlo
todo, mil impaciencias o susceptibilidades, la vanidad, la envidia, la
presunción o el abatimiento, la parcialidad o el descrédito y la invasión de
todas las flaquezas del corazón y de las formas más o menos sutiles de la
sensualidad, que la forzarán a un combate sin tregua ni descanso. Por eso, no
le faltarán heridas.
Pero ¿podrá resistir esa alma con su piedad superficial, entregada del todo
al gusto excesivamente natural de gastar su actividad y sus talentos en
provecho de una causa excelente? Satanás está al acecho, olfateando ya su
presa.
Y en vez de dificultar esta satisfacción, la excita con todo su poder.
Llega por fin un día en que advierte el peligro. El Ángel de
Desgraciadamente, es tarde porque el alma ha saboreado ya el placer del triunfo
como premio de sus esfuerzos y se contenta con decir: Mañana, mañana...; hoy es
imposible; necesito mi tiempo para continuar esta serie de sermones, escribir
este artículo, organizar este sindicato o esta sociedad de caridad, preparar
esta representación, hacer este viaje, poner al corriente la correspondencia,
etcétera, etc. ¡Qué alivio experimenta al tranquilizarse con estos
pretextos! Porque el solo pensamiento de enfrentarse con su conciencia, se
le hace insoportable. Ha llegado el momento en que Satanás puede, con toda
garantía de éxito, trabajar en su obra de perdición en ese corazón convertido
en cómplice suyo. El terreno está preparado para ello. Las obras eran una
pasión para esa próxima víctima suya; él convertirá la pasión en fiebre. Le
parecía insoportable el olvido de aquel tumulto de asuntos para recogerse; el
demonio le sugiere que eso es horroroso, perfilando en su alma nuevos proyectos
que disfraza muy hábilmente con el santo fin de la gloria de Dios y el bien de
las almas.
Y ese hombre, que poco tiempo antes estaba adornado de hábitos virtuosos, va ya
de flaqueza en flaqueza, hasta poner el pie en una pendiente que es muy
resbaladiza para poder evitar la caída. Y, hecho un desgraciado, persuadido de que
toda esta agitación no es conforme al Corazón de Dios, se lanza más
locamente que nunca en el torbellino, para ahogar sus remordimientos. Las
faltas se acumulan fatalmente. Para esa alma, ya no es más que un escrúpulo
despreciable lo que antes perturbaba su recta conciencia. No se recata en decir
que es preciso saber ser de su tiempo y luchar contra los enemigos con iguales
armas, y para ello preconiza las virtudes activas, despreciando lo que
desdeñosamente califica de piedad de otra época. Y como las obras van
prosperando y el público las elogia al ver nuevos éxitos, "Dios bendice
nuestra obra", exclama el alma engañada, por cuyos pecados tal vez
llorarán mañana los ángeles del cielo.
¿Causas de la caída de esa alma en ese estado tan lamentable?
Detengámonos un momento a mirar el camino recorrido y la profundidad del
precipicio. Procedamos con orden, contando las etapas.
Primera etapa. El alma ha ido perdiendo, en el supuesto de que las tuvo,
la caridad y la fuerza de sus convicciones acerca de la vida y el mundo
sobrenaturales, y de la economía del plan y acción de Nuestro Señor en cuanto a
las relaciones de la vida interior y las obras del obrero evangélico. Las obras
se le presentan como un espejismo alucinante, y la vanidad es el pedestal sutil
en que descansa su buena intención: "Qué quieren ustedes, Dios me ha
otorgado el don de la palabra, y yo se lo agradezco", decía a sus
aduladores un predicador hinchado de vana complacencia, de espíritu nada
interior. El alma se busca a sí misma más que a Dios. Su reputación, su gloria
y sus intereses personales ocupan el primer plano. La frase Si hominibus
placerem, servus Christi non essem (90), se le antoja completamente vacía.
Aparte la ignorancia de los principios,
Segunda etapa. El hombre sobrenatural, esclavo de su deber y avaro de su
tiempo, lo tiene reglamentado, porque sabe que, de no hacerlo así, todo será
naturalismo, capricho y vida cómoda de la mañana a la noche.
El hombre de obras, carente de base sobrenatural, no tarda en comprobar lo que
acabamos de decir. Por falta de espíritu de fe en el empleo del tiempo,
abandona la lectura espiritual; y aunque lea, no estudia. Que los Padres de
Pero si la persona que se dedica a la vida activa abandona la meditación, es
como si se pasase con armas y bagajes al enemigo.
Se atribuye a Santa Teresa esta afirmación; "Dadme una persona que haga un
cuarto de hora de oración y yo respondo de su salvación". Nosotros no
podemos responder de la autenticidad de estas palabras, pero la experiencia que
tenemos de las almas sacerdotales y religiosas consagradas a las obras, nos
permite creer que todo obrero evangélico que no haga por lo menos media hora
diaria de oración seria y metódica, con la leal resolución fundada en su
desconfianza y en la confianza en la oración, de practicar algunos actos que le
cuesten para desarraigar un defecto o adquirir una virtud, cae irremisiblemente
en el estado de tibieza.
No se trata de imperfecciones, sino de una multitud de pecados veniales. Y como
desgraciadamente el alma con su conducta se ha incapacitado para vigilar su
corazón, la mayor parte de estas faltas resbalan por la conciencia; el alma
se encuentra en una situación en que no las ve ya. ¿Cómo podrá combatir
aquello que no discierne que es un defecto? Esa enfermedad espiritual que se
llama languidez está muy avanzada en esa alma, y es la consecuencia de esta
segunda etapa que sé caracteriza por abandono de
Todo está en sazón para
La oración de
La vida litúrgica, manantial de luz, alegría, fuerza, méritos y gracias para él
y sus fieles, no es sino el motivo para cumplir un deber desagradable, que se
despacha sin ganas, con todo lo cual va resintiéndose la virtud de la religión,
porque la fiebre de las obras ha contribuido a secarla, y el alma sólo aprecia
el culto de Dios cuando va revestido de brillantes manifestaciones exteriores.
Aquel sacrificio hecho a solas y sin ostentación, pero que nacía de lo más
íntimo del corazón, sacrificio de alabanzas, de súplicas, de acción de gracias
y de reparación, nada le dice. Antes, al rezar sus oraciones vocales sentía
cierto legitimo orgullo al pronunciar la oración In conspectu angelorum
psallam tibi (91), como si se pusiera al nivel de los coros monacales; pero
el santuario de esa alma, perfumado anteriormente por la vida litúrgica, se ha
convertido en una plaza pública donde reinan el ruido y el desorden. El cuidado
excesivo de las obras y su disipación habitual se encargan de aumentar las distracciones,
que por otra parte, cada vez se las combate menos. Non in commotione Dominus
(92).
Desapareció la verdadera oración, porque la precipitación, las interrupciones
injustificadas, la negligencia, somnolencia, retrasos, el dejarla para última
hora con peligro de ser vencido por el sueño... y acaso las omisiones más o
menos espaciadas, cambian la medicina en veneno, y el sacrificio de alabanza en
letanía de pecados, que acaso lleguen a ser algo más que veniales.
Cuarta etapa. Todo se encadena. El abismo llama al abismo. ¡LOS
SACRAMENTOS! se los recibe o administra, desde luego, con el respeto que
merecen, pero sin sentir palpitar la vida que contienen. La presencia de Jesús
en el Tabernáculo o en el Tribunal de la penitencia ya no hace vibrar hasta el fondo
del alma los resortes de la fe.
El apóstol, así deformado, vive fuera de Jesucristo y ha dejado de ser
favorecido con las palabras íntimas que Jesús reserva para sus verdaderos
amigos.
No obstante, el celestial Amigo le envía de cuando en cuando un remordimiento,
una luz o una llamada. Espera, llama y pide permiso para entrar: Ven a mis
brazos, pobre alma herida, ven que yo te curaré. Venite ad me omnes... et ego
reficiam vos (93), porque yo soy tu salvación. Salus tua ego sum
(94). YO he venido a salvar lo que había perecido. Venit filius hominis
quaerere et salvum lacere quod perierat (95). Esta voz tan dulce, tan
tierna, discreta e insinuante, produce algunos momentos de emoción y algunas
veleidades de portarse mejor, pero como la puerta del corazón apenas está
entreabierta, no puede entrar Jesús, y esos buenos impulsos del alma
desaparecen. La gracia ha pasado inútilmente y va a convertirse en un acusador
del alma. Acaso Jesús, movido a misericordia, para no acumular motivos de
cólera santa, va a dejar de llamar a aquella alma: Time Jesum transeuntem et
nom revertentem (96).
Avancemos ahora penetrando hasta el fondo de esa alma, cuya fisonomía estamos
bosquejando.
Los pensamientos influyen en la vida sobrenatural tanto como en la vida
moral y en la intelectual. ¿Qué pensamientos predominan en esa alma? Los
humanos; los terrestres; los vanos, superficiales y egoístas.
Todos ellos van a parar al Yo o a las criaturas, a menudo disfrazados de
abnegación y sacrificio.
Con el desorden de la inteligencia, corre parejas el de la imaginación,
que es la que debe ser más tenida a raya. Sin embargo, se le deja sin freno
alguno, y campa por sus respetos, lanzándose a todos los descarríos y, a todas
las locuras, y como poco a poco se abandona el recogimiento de la vista, la
loca de la casa encuentra pasto en que cebarse por todas partes.
Avanza el desorden. De la inteligencia y la imaginación, baja a las afecciones.
El corazón no se alimenta ya más que de quimeras. ¿Qué va a ser de ese corazón
que apenas se preocupa de que Dios reine en él; insensible a las intimidades
con Jesús, a la poesía sublime de los ministerios, a las bellezas severas de la
liturgia, a los aldabonazos y a los atractivos del Dios de
Sería un suicidio. Como necesita afectos y no encuentra placer en Dios, amará a
las criaturas y quedará a merced de la primera ocasión que se le presente. Se
lanza hacia ellas con toda imprudencia y enloquecimiento, sin pensar en los
votos que le ligan, ni en los intereses sagrados de
Son excepciones, gracias a Dios, los que llegan hasta el fin en la pendiente
del mal, pero ¿cómo no ver que no sintiendo gusto en Dios y saboreando el placer
prohibido, el corazón es arrastrado a las mayores desgracias? Del Animalis
homo non intelligit (97), se va a parar forzosamente al Qui nutriebatur
in croceis amplexatus est stercora (98). La ilusión cada vez más obstinada,
la ceguera de espíritu y el endurecimiento de corazón aumentan. Puede ya
temerse cualquier cosa.
Para colmo de males, la voluntad ha quedado reducida a un estado de
debilidad y apocamiento que casi equivalen a la impotencia.
No le pidáis que reaccione con energía contra el estado en que se encuentra,
sería inútil. Es incapaz del menor esfuerzo y sólo sabe dar esta respuesta
desesperante: "No puedo". Y, naturalmente no poder es avanzar
camino de la catástrofe. Un impío famoso se ha atrevido a decir que no podía
creer que sean fieles a sus votos y obligaciones las almas que a causa de las
obras se ven forzadas a mezclarse con el mundo. "Como andan -añadía- sobre
una cuerda tirante, sus caídas son inevitables".
A estas palabras que son una injuria a Dios y a
El admirable Jesuita P. Lallemant apunta a la causa inicial de estas
catástrofes, cuando dice "Hay hombres apostólicos que nada hacen por Dios
con absoluta pureza de intención. En todo se buscan a sí mismos y mezclan
solapadamente sus propios intereses con la gloria de Dios, aun en sus mejores
empresas. Así transcurre su vida en esta mezcla de naturaleza y gracia. Sólo
en el momento de la muerte se les abren los ojos; entonces ven su vida de
ilusión y tiemblan al pensamiento del inmediato y espantoso tribunal de
Dios" (99).
Muy lejos está de nuestro pensamiento catalogar entre estos apóstoles que se
predican a sí mismos, a aquel célebre misionero caracterizado por su celo y
fuerza que se llamó el P. Combalot. Pero ¿será inoportuno citar las palabras
que profirió en su lecho de muerte? "Tenga mucha confianza en Dios, amigo
querido, le dijo el sacerdote que le administró los últimos sacramentos. Usted
ha observado con toda integridad las obligaciones de su vida sacerdotal, y los
millares de sermones que ha predicado durante su vida serán la mejor excusa
para la insuficiencia de esa vida interior de que me habla.-Mis sermones: con
qué nueva luz los veo ahora. Mis sermones. ¡Ah! Si Nuestro Señor no empieza a
hablarme de ellos, no seré yo quien tome la palabra". Al resplandor de la
eternidad, aquel venerable sacerdote veía sus obras de celo salpicadas de
imperfecciones, que alarmaban su conciencia y que atribuía a la falta de vida
interior.
El Cardenal del Perrón a la hora de la muerte, hizo una publica manifestación
de arrepentimiento por haber empleado más tiempo y energías en cultivar su
entendimiento por medio de la ciencia, que en perfeccionar su voluntad con los
ejercicios de la vida interior (100).
¡Oh!, Jesús, Apóstol por antonomasia: ¿quién se prodigó como tú, cuando vivías
entre nosotros? Hoy; mismo te das con más abundancia todavía en su vida
eucarística, sin dejar jamás el seno de tu Padre.
Haz que tengamos siempre presente que tú no querrás saber nada de nuestros
trabajos, si no están animados por un principio verdaderamente sobrenatural y
hunden sus raíces en tu adorable Corazón.
3.
Como la santidad es la vida interior elevada hasta la más perfecta unión de la
propia voluntad con la voluntad divina, de ordinario, y salvo un milagro de la
gracia, el alma no llega a esa altura, sino después de haber recorrido con
múltiples y penosos esfuerzos todas las etapas de la vida purgativa e
iluminativa. Hay que advertir que es ley de la vida espiritual, que en el camino
de la santificación de un alma, la acción de Dios y la suya siguen una marcha
opuesta; a medida que el tiempo pasa, crece el papel de Dios en las operaciones
de aquella alma en la proporción en que disminuye el del alma misma.
Dios obra de distinta manera en los perfectos y en los principiantes. Menos
visible en éstos, les impulsa ofreciéndoles de este modo un medio eficaz de
obtener la gracia para aumentar sus esfuerzos.
En los perfectos obra Dios de un modo más completo y a veces no les exige sino
un simple consentimiento, con el cual el alma se une a la acción soberana de
Dios. Cuando el Señor quiere atraer hacia si a un principiante y hasta a un
tibio o pecador, comienza por impulsarles a que le busquen; a continuación, a
sentir un deseo creciente de agradarle, y, por último, a gozar de todas las
ocasiones que se les presentan, de destronar el amor propio, reemplazándolo con
el reinado exclusivo de Jesús. En estos casos, la acción divina se reduce a
incitaciones y socorros.
En los santos, esta acción es más poderosa y completa. Al santo, en
medio de sus fatigas y sufrimientos, y aunque se encuentre lleno de
humillaciones o abatido por la enfermedad, le basta abandonarse a la acción
divina para sostenerse. Sin ese abandono seria incapaz de soportar las agonías
que, según los designios de Dios, han de acabar de madurarlo. En él tiene plena
realización este texto: Deus subjicit sibi omnia, ut sit Deus omnia in
omnibus (101). De tal modo vive de Jesús, que parece no vivir ya de sí
mismo. Es la confesión que hacía San Pablo: Vivo autem jam non ego; vivit
vero in me Christus (102).
El espíritu de Jesús es el único que piensa, decide y obra en esa alma, y
aunque su divinización está lejos de alcanzar la intensidad que le espera en el
cielo, su estado refleja ya los caracteres de la unión beatifica.
Huelga advertir que esto no se realiza en el que comienza o en el tibio; ni
siquiera en el fervoroso.
Ciertos medios de que Dios se vale, cuadran a estos tres estados: no obstante,
el principiante sufre mucho y avanza poco. Su tarea, como les ocurre a los
aprendices, no es muy lucida. El fervoroso, en cambio, como el artesano
experto, ejecuta las obras pronto y bien, y con menores dificultades saca más
provecho.
Pero las intenciones de
Dios jamás niega estas disposiciones a quien se las pide con instancia, y le da
pruebas reiteradas de fidelidad. Y se las infunde sin tasa al alma generosa
que, renunciándose a todas horas, logró transformar paulatinamente sus
facultades, haciéndolas dúctiles a las inspiraciones de las alturas y capaces
de aceptar con alegría las contradicciones y fracasos, las pérdidas y los
desengaños.
Veamos ahora en seis rasgos principales, cómo esa vida interior, infiltrándose
en un alma, la establece en la verdadera virtud.
a)
Difficilius est bene conversari cum cura animarum propter exteriora pericula
(103). Hemos hablado de este peligro en el capítulo anterior.
Mientras que el obrero evangélico que no tiene vida interior ignora los
peligros que las obras llevan consigo, parecido al viajero inerme que atraviesa
un bosque lleno de bandidos, el verdadero apóstol lo teme, y todos los
días se arma de precauciones para evitarlos, por medio de un escrupuloso examen
de conciencia que le descubre su flaco.
Aunque la vida interior no tuviese otra ventaja que la de hacerse cargo
de los peligros, contribuiría a librarnos de las sorpresas del camino, porque
peligro previsto es peligro medio evitado; pero su utilidad es bastante mayor.
Es la armadura del hombre de obras. Induite armaturam Dei, ut possitis stare
adversus insidias diaboli (104), con la cual el hombre no sólo resiste a
las tentaciones, y evita las asechanzas del demonio: Ut possitis
resistere in die malo, sino que santifica todos sus actos: Et in omnibus
perfecti stare.
Le ciñe de la pureza de intención, con la cual concentra en Dios sus
pensamientos, deseos y afecciones, y le impide extraviarse tras las
comodidades, placeres y distracciones: Succinti lumbos vestros in veritate.
Le reviste de la coraza de la caridad, que le da un corazón viril y le defiende
de las seducciones de las criaturas, del espíritu del siglo, y de los asaltos
del demonio: Induite loricam justitiae.
Le calza con la discreción y la modestia, para que en todos sus pasos
sepa armonizar la sencillez de la paloma y la prudencia de la serpiente: Calceati
pedes in praeparatione Evangelii.
Si Satanás y el mundo intentan inducirle a error con sofismas y falsas
doctrinas, o enervar sus energías en el cebo de máximas de relajación, la vida
interior les opone el escudo de la fe, que hace brillar a los ojos del
alma el esplendor del divino ideal: In omnibus sumentes scutum fidei in quo
positis omnia tela nequissimi ignea extinguere.
El conocimiento de su nada, la solicitud por su salvación, la convicción de la
propia y absoluta inutilidad sin el socorro de la gracia, y como consecuencia
la oración instante y frecuente, tanto más eficaz cuanto más confiada, son para
el alma un casco o yelmo de bronce, contra el cual se estrellan los golpes de
la soberbia: Galeam salutis assumite.
Así, armado de pies a cabeza, el apóstol puede lanzarse a las obras sin temor,
y su celo, inflamado en la meditación del Evangelio y robustecido con el Pan
eucarístico, es la espada, con la cual lucha contra los enemigos de su alma y
conquista una multitud de almas para Cristo: Gladium spiritus quod est
verbum Dei.
b)
Hemos dicho que únicamente el hombre santo, en medio del trajín de sus
negocios, y a pesar del roce constante que tiene con el mundo, puede preservar
su espíritu interior y dirigir siempre sus pensamientos e intenciones a Dios.
Todo desgaste de actividad exterior está en él tan sobrenaturalizado e
inflamado de amor, que, lejos de aminorar sus fuerzas, le produce un aumento de
gracia. En las demás personas, aunque fervorosas, cuando se han entregado por
algún tiempo a las obras, la vida sobrenatural se resiente. Su corazón,
preocupado con exceso de hacer bien al prójimo o absorbido por una compasión no
del todo sobrenatural hacia las miserias que demandan alivio, lanza a Dios
llamaradas no muy puras, porque las oscurece el humo de numerosas
imperfecciones. Dios no castiga estas flaquezas con una disminución de su
gracia ni es riguroso con estos desfallecimientos, si ve serios esfuerzos de
vigilancia y oración durante las obras, y que el alma, al terminar el trabajo,
corre a Él para descansar y reponer sus fuerzas. Ese perpetuo volver a empezar,
ocasionado por las interferencias de la vida activa y de la vida interior,
alegra su corazón paternal.
Por otra parte, estas imperfecciones de los que luchan van siendo menos
profundas y frecuentes, a medida que el alma sabe recurrir sin desmayos a
Jesús, siempre dispuesto a decirle: Ven a mí, pobre ciervo jadeante, sediento
por la fatiga del camino. Ven a encontrar en la fuente de aguas vivas el
secreto de una agilidad desconocida para las carreras que te esperan. Retírate
un instante del tráfago de las gentes que no pueden ofrecerte el alimento que
tus fuerzas agotadas necesitan: Venite seorsum et requiescite pusillum
(105).
En la calma y en la paz de que gozarás junto a mi has de encontrar el vigor
perdido, y aprenderás también a hacer más, cansándote menos. Elías, agotado y
sin esperanzas, sintió, al comer un pan misterioso, volverle las perdidas
energías. Así, apóstol mío, para que puedas cumplir esa envidiable tarea de
corredentor que me plugo imponerte, te ofrezco mi palabra, que es vida, y mi
gracia, que es mi sangre, para orientar nuevamente tu espíritu en la dirección
de los horizontes celestiales, y renovar un pacto de intimidad entre nuestros
corazones. Ven; yo te consolaré de las tristezas y desengaños del viaje, y en
el fuego de mi amor volverás a templar el acero de tus resoluciones: Venite
ad me omnes qui laboratis et onerati estis et ego reficiam vos (106).
c)
Tu ergo, fili mi, confortare in gratia (107). La gracia es una
participación de la vida del Hombre-Dios. Aunque las criaturas poseen una
cierta cantidad de fuerza y en cierto sentido puede decirse de ellas que son
una fuerza, Jesús es
¡Oh Jesús!, exclama San Gregorio Nacianceno; en Vos está toda mi fortaleza.
Sin Cristo, dice a su vez San .Jerónimo, yo no soy sino impotencia.
El Doctor Seráfico, en el Cuarto Libro de su Compendium theologiae,
enumera los cinco principales caracteres que reviste en nosotros la fortaleza
de Jesús.
El primero es una decisión para emprender las cosas difíciles, afrontando los
obstáculos con resolución Viriliter agite et confortetur cor vestrum
(108).
El segundo es el menosprecio de las cosas de la tierra: Omnia detrimentum
feci et arbitror ut stercora (109).
El tercero es la paciencia en las tribulaciones: Fortis ut mors dilectio
(110).
El cuarto, la resistencia a las tentaciones: Tamquam leo rugiens circuit...
cui resistite fortes, in fide (111).
El quinto, el martirio interior, o sea, el testimonio, no de la sangre, sino de
la vida, que dice a Jesús: Yo quiero ser todo para Vos, y consiste en combatir
las concupiscencias, domar los vicios y trabajar con energía en la adquisición
de las virtudes: Bonum certamen certavi (112).
A diferencia del hombre exterior, habituado a contar con sus fuerzas, el hombre
Interior sólo ve en ellas auxiliares útiles, pero insuficientes. El sentimiento
de su debilidad y su fe en
Sin vida interior, dice Pío X, faltan las fuerzas para soportar de continuo las
molestias del apostolado, la frialdad y falta de cooperación de los mismos
hombres de bien, las calumnias de los adversarios y a veces las envidias de los
mismos amigos y compañeros de armas... Sólo una virtud paciente, apoyada con
firmeza en el bien, suave y delicada al mismo tiempo, es capaz de vencer o
aminorar esas dificultades (114).
La vida de oración, semejante a la savia que desde el tronco de la vid corre
hasta los sarmientos. hace que la vida divina descienda al apóstol para
robustecer su inteligencia, dando consistencia a su fe. Así hace
progresos, porque esta virtud va iluminando su camino con los más vivos
resplandores, y avanza con resolución merced al conocimiento que tiene de la
ruta que debe seguir, y de la forma de alcanzar su propósito.
Esta iluminación suele ir acompañada de una energía sobrenatural de voluntad,
tan grande, que hasta los caracteres más débiles y de mayor versatilidad se
convierten en ejecutores de los actos más heroicos.
De esta manera, el Manete in Me (115), o sea la unión con el Inmutable,
con el que es el León de Judá y el Pan de los fuertes, explica la maravilla de
aquella constancia invencible y de aquella fortaleza sin igual que, en el
apóstol admirable que fue San Francisco de Sales, se unían a la dulzura más
exquisita y a la humildad más perfecta. El espíritu y la voluntad se robustecen
con la vida interior, porque se robustece el amor, ya que Jesús lo purifica,
dirige y aumenta progresivamente, haciéndole participar de los sentimientos de
compasión, desinterés
y sacrificio de su adorable Corazón. Cuando ese amor llega hasta la pasión,
aumenta hasta el máximum las fuerzas naturales y sobrenaturales del hombre,
util1zándolas para su provecho.
Fácilmente se comprenderá el crecimiento de los méritos en proporción con las
energías que da la vida de oración, si se tiene en cuenta que el mérito
consiste no tanto en practicar actos difíciles, como en la intensidad de la
caridad con que se practican.
d)
Sólo un amor ardiente e inquebrantable llena de luz una existencia, porque el
amor posee el secreto de dilatar el corazón aun en medio de los grandes dolores
y de las fatigas más abrumadoras.
La vida del hombre apostólico es una trama en que se cruzan los sufrimientos y
los trabajos. Si no está convencido de que Jesús le ama, qué tristes, qué inquietas
y sombrías son sus horas, aun en el de carácter más alegre, a no ser que el
astuto e infernal cazador haga brillar a sus ojos el espejuelo de los consuelos
humanos y de los éxitos aparentes, para cazar la cándida alondra en sus redes
enmarañadas. Únicamente el Hombre-Dios llena el alma de la satisfacción inmensa
que la impulsa a lanzar este grito sobrehumano: Superabundo gaudio in omni
tribulatione nostra (116). En medio de mis pruebas más íntimas y duras,
dice el apóstol lo más elevado de mi ser, como Jesús en el huerto de Getsemaní,
goza de una dicha que, aunque no trasciende a los sentidos, es tan viva, que, a
pesar de las agonías de la parte inferior, no la cambiaría por todas las
alegrías humanas.
Y el alma acepta las cruces de las pruebas, contradicciones, humillaciones,
sufrimientos, pérdidas de bienes y hasta la muerte de los seres queridos, de
muy distinta manera que al principio de su conversión.
Va creciendo en la caridad de día en día. Aunque su amor no tenga fulguraciones
y el Maestro la lleve, como a las almas fuertes, por el camino del
anonadamiento o por los senderos más arduos, de la expiación por sus culpas o
las del mundo, poco importa. Con los favores del recogimiento y el alimento de
El sacramento del amor debe ser el sacramento de la alegría. No puede
haber alma interior que no sea eucarística y que no saboree íntimamente el don
de Dios, gozando de su presencia y paladeando la dulzura del ser amado que
posee y adora.
La vida del hombre apostólico es vida de oración. "La vida de oración,
dice el Santo Cura de Ars, es la dicha mayor de este mundo. ¡Oh vida
maravillosa, Unión encantadora del alma con nuestro Señor! La eternidad será
demasiado corta para comprender esta felicidad... La vida interior es un baño
de amor en que el alma penetra... sintiéndose como ahogada en el amor... Dios
la toma entre sus manos como una madre sostiene la cabeza de su hijo para
cubrirle de besos y caricias".
El hombre apostólico conoce también otra clase de dichas. Porque es un alimento
de alegría contribuir a que el objeto de su amor sea servido y colmado de
honores.
Las obras que practica, al aumentar su amor, hacen crecer al mismo tiempo sus
alegrías y sus consuelos. "Venator animarum", tiene la
satisfacción de contribuir a la salvación de muchos semejantes que hubieran
sido condenados, y, como consecuencia, la alegría de consolar a Dios, dándole
corazones de que hubiera estado separado eternamente, y el gozo inefable de
saber que con ello recibe la seguridad de progresar en el bien y las más
sólidas garantías de la gloria eterna.
e)
El hombre de fe juzga las obras de manera opuesta al que vive exteriormente. No
mira a su aspecto aparente, sino al papel que desempeñan en el Plan divino y a
sus resultados sobrenaturales. Por esa razón se consideran como un simple
instrumento de Dios, y le horroriza toda complacencia en sus aptitudes
personales, apoyándose en su impotencia y en la confianza en Dios para el
triunfo de sus empresas.
De esta forma se afianza en el estado de abandono. En medio de sus
dificultades, ¡qué distinta actitud la suya a la del hombre apostólico que no
conoce la intimidad de Jesús!
Pero ese abandono suyo, en nada disminuye el ardor que pone en sus empresas,
porque obra como si el resultado dependiera únicamente de su actividad y, al
mismo tiempo, sólo lo espera de Dios (117). Ninguna contrariedad le produce la
subordinación de todos sus proyectos y esperanzas a los designios
incomprensibles de ese Dios que se sirve muchas veces de los reveses más que de
los triunfos para el bien de las almas.
Así el alma se encuentra en una santa indiferencia para los fracasos y los
éxitos, dispuesta siempre a decir a Dios: Dios mío, Vos no queréis que termine
la obra comenzada. Si os place que yo me limite a obrar con generosidad, aunque
siempre en paz, y a esforzarme en realizar mi obra, dejándoos a Vos el cuidado
de decidir si recibiréis mayor gloria con esa empresa que con el acto de virtud
que su fracaso me obligaría a practicar..., que vuestra santa y adorable
Voluntad se cumpla una y mil veces, y que ayudado de vuestra gracia pueda yo
arrojar lejos de mi toda vana complacencia si os place bendecir mis obras, o
que sepa humillarme y adoraros si vuestra Providencia juzga oportuno anular el
fruto de mis fatigas.
Ciertamente que el corazón del apóstol tiene que sangrar a la vista de las
tribulaciones que sufre
Así, a medida que el tiempo pasa, todas sus acciones van impregnándose más de
los caracteres de la santidad, y su amor por las almas, tal vez salpicado de
muchas imperfecciones, en un principio, va depurándose, acabando por ver en las
almas únicamente a Jesús por no amarlas sino en Jesús, para engendrarlas por
Jesús para Dios. Filioli met quos iterum parturio, donec formetur Christus
in vobis (118).
f)
Esta frase de Bossuet: Cuando Dios quiere que una obra sea producto
exclusivo de su mano, empieza por reducir todo a la impotencia o a la nada, y
obra después, es incomprensible para el apóstol que ignora lo que debe ser
el alma de su apostolado.
Lo que más hiere a Dios es la soberbia. Pero cuando buscamos el éxito, podemos
fácilmente, por carecer de pureza de intención, llegar a erigir nos en una
especie de divinidad, considerándonos como el principio y el fin de nuestros
actos.
Dios siente horror por la idolatría. Cuando ve que la actividad de su apóstol
carece de esa impersonalidad que su gloria exige a sus criaturas, a veces deja
el campo libre a las causas segundas, y el edificio no tarda en venirse abajo.
Imaginemos a un obrero activo, abnegado e inteligente que ha puesto manos a la
obra con todo el ardor de su naturaleza; que ha conocido el triunfo en toda su
brillantez, complaciéndose en él. ¿Por qué no, si es su obra? Podría hacer suya
la célebre frase de César: Veni, vidi, vici. Pero esperemos un poco. Un
acontecimiento permitido por Dios, o la acción directa de Satanás o del mundo
vienen a herir su obra o su misma persona, ¡y se sigue la ruina total! Pero más
lamentable que esto es el estrago de su espíritu, fruto de la tristeza y
anonadamiento de ese desgraciado, que ayer era un valiente. Su abatimiento es
tanto más profundo, cuanto más exuberante fue su júbilo.
Sólo Nuestro Señor podría restaurar esas ruinas. "Levántate, le dice a ese
apóstol sin alientos, y en vez de obrar por tu cuenta, emprende de nuevo tu
trabajo conmigo, por Mí y en Mí".
Pero el desgraciado no puede escuchar esta voz. Se encuentra tan anulado
interiormente, tan exteriorizado, que para percibirla sería menester un milagro
de la gracia, con el cual no tiene derecho a contar por sus muchas
infidelidades. A ese hombre infortunado, en medio de su desolación no le queda
sino una vaga convicción de
¡Qué distinto espectáculo ofrece el verdadero sacerdote que tiene como ideal
reproducir a Nuestro Señor! ¡Sus dos grandes palancas para actuar sobre los
corazones de Dios y de los hombres, son la oración y la santidad de su vida! Trabajó
mucho, acaso hasta el agotamiento; pero el espejismo del éxito le pareció una
perspectiva indigna de un verdadero apóstol; si en cambio las borrascas azotan
su obra, reflexiona que las causas segundas tienen muy poca importancia. En
medio del montón de ruinas, por haber trabajado con Nuestro Señor, siente
resonar en el fondo de su corazón el mismo Noli timere que durante la
tempestad dio a los discípulos pusilánimes, la paz y la seguridad.
Y el resultado de esa prueba es un impulso mayor hacia
Así su alma no queda aplastada por el fracaso; al contrario, sale rejuvenecida
de su aplastamiento: Sicut aquilae juventus renovabitur (119).
¿Dónde encontrar el secreto de ese humilde triunfo en medio de la derrota?
Buscadlo en su unión con Jesús y en la inquebrantable confianza que tiene en su
omnipotencia, las cuales pusieron en los labios de San Ignacio de Loyola esta
frase que escalofría: "Sí
Ciertamente el apóstol sufre porque se perderán muchas de sus ovejas al
esterilizarse sus esfuerzos y destruirse su obra, pero su tristeza, por amarga
que sea, nunca disminuirá su ardor para recomenzar la empresa, porque sabe muy
bien que toda redención, aunque sea de una sola alma, se realiza por medio del
sufrimiento. Además, basta para sostenerlo la certeza de que los contratiempos
y las amarguras soportados con generosidad, hacen progresar en la virtud y dan
a Dios una gloria mayor.
Por lo demás, sabe perfectamente que Dios, a menudo, le pide únicamente que
haga la siembra. Otros vendrán más tarde para recoger los frutos abundantes de
la cosecha, y acaso creerán que a ellos se les debe; pero el cielo sabrá
discernir al autor, en aquella labor ingrata y estéril en apariencia que
precedió a los recolectores. Misi vos metere quod vos non laborastis; alii
laboraverunt et vos in labores eorum introistis (121).
Nuestro Señor, autor de los triunfos de sus apóstoles, realizados después de
Pentecostés, no quiso durante su vida pública, sino lanzar la semilla por medio
de sus lecciones y ejemplos; y predijo a sus apóstoles que harían obras mayores
que las suyas: Opera quae ego facio, et ipse faciet, et majora horum faciet
(122).
¿Cómo va a desanimarse el verdadero apóstol, ni a dejarse arrastrar por las palabras
de los pusilánimes? Pretender que los fracasos le condenan a la inacción, es no
comprender ni su vida íntima, ni su fe en Jesucristo. Abeja infatigable, va con
alegría a hacer nuevos panales en la colmena devastada.
CUARTA PARTE
FECUNDIDAD DE LAS OBRAS POR
1. La vida interior es
para las Obras la condición de su fecundidad
Prescindiendo de la fecundidad que las obras pueden adquirir de lo que los
teólogos llaman ex opere operato, hablamos aquí de la que reciben ex
opere operantis y a este propósito recordamos que si el apóstol realiza el
Qui manet in Me et Ego in eo, la fecundidad de su obra está asegurada por Dios:
Hic fert fructum multum (123). Este texto es la prueba más convincente: huelga,
después de su Autoridad, probar la tesis. Nos limitaremos a corroborarla con
ejemplos.
Durante más de treinta años hemos seguido, aunque de lejos, la marcha de dos
instituciones de huérfanos dirigidos por dos Congregaciones distintas. Las dos
tuvieron épocas de crisis manifiestas. ¿Por qué no decirlo? De dieciséis
huérfanas recogidas en idénticas condiciones, que dejaron los asilos a su mayor
edad, tres de la primera y dos de la segunda pasaron, en el período de ocho a
quince meses, de la comunión frecuente a la mayor abyección de la escala
social. De las once restantes, una sola sigue siendo sólidamente cristiana, a
pesar de que a todas, a su salida, se las colocó en casas serias.
Hace once años que una de las superioras de aquellos orfelinatos fue
trasladada, quedando las demás religiosas. Seis meses más tarde podía
advertirse el cambio radical que se operaba en el espíritu de la casa.
Idéntica transformación pudo observarse en el otro orfelinato, al cabo de tres
años, en que siguiendo todas las religiosas con su superiora en la casa habían
cambiado de Capellán.
Desde entonces, ni una sola de las jóvenes, a su salida, ha caído en el fango.
Todas, sin excepción, siguen siendo buenas cristianas.
La razón de estos resultados es muy sencilla. En un principio, faltaba en el
gobierno de la casa o en el confesionario una dirección interior eminentemente
sobrenatural, y así se paralizó, o atenuó por lo menos, la acción de la gracia.
La antigua superiora en el primer caso, y el primer Capellán en el segundo,
aunque sinceramente piadosos, carecían de una sólida vida interior, y por eso
su acción no era profunda ni duradera. Piedad sentimental, piedad del
ambiente, de imitación, hecha exclusivamente de prácticas y hábitos, lo cual
producía tan sólo unas creencias vagas, un amor poco ardiente, y unas virtudes
superficiales. Piedad floja, hecha de exhibición, de cominería o de rutina. Una
piedad de alfeñique, propia para formar niñas incapaces de causar la menor
molestia, con inclinaciones y reverencias, pero sin vigor ni energía de
carácter, dirigidas exclusivamente por la sensibilidad y la imaginación.
Piedad, por tanto, incapaz de abrir horizontes amplios a la vida cristiana y de
formar mujeres fuertes, preparadas para la lucha, que se limitaba a retener a
aquellas jóvenes desgraciadas, que languidecían entre las cuatro paredes del
asilo, esperando el día en que podrían dejarlo para siempre. Toda esa vida
cristiana pudieron infiltrar en aquellas jóvenes unos obreros evangélicos que
desconocían casi en absoluto la vida interior. Bastó que se hiciera el cambio
de una Superiora y de un Capellán para que todo se transformase. La oración
comenzó a entenderse de otra manera, y los sacramentos fueron más eficaces.
Variaron las actitudes en la capilla, en el trabajo y en el recreo. El cambio
operado fue radical y lo expresaban la alegría serena que reinaba en los
semblantes, la animación, las virtudes sólidas y, en muchas, un deseo ardiente
de tener vocación religiosa. ¿A qué atribuir aquella transformación?
Sencillamente, la nueva Superiora y el nuevo Capellán eran almas interiores.
En otros muchos Pensionados, Externados, Hospitales, Patronatos, y aun
Parroquias, Comunidades y Seminarios, cualquier observador perspicaz habrá
podido observar que los mismos resultados obedecen a idénticas causas.
Oigamos a San Juan de
Algunas palabras del Santo son tan duras como la frase de San Bernardo "Ocupaciones
malditas", que citamos en los capítulos anteriores. No hay que
calificarlas de exageraciones porque Bossuet dice de San Juan de
Examinemos algunas causas de la fecundidad de la vida interior.
a)
Inebriabo animam
sacerdotum pinguedine, et populus meus bonis meis adimplebitur (124). Notemos la relación de las
dos partes de este texto. No dice Dios: "Daré a mis sacerdotes más celo ni
más talento", sino "Henchiré su alma." ¿Qué significa esto sino
que los llenará de su espíritu y les comunicará gracia de elección, para que "su
pueblo reciba la plenitud de sus bienes"?
Dios hubiera podido distribuir su gracia según su beneplácito, sin mirar a la
piedad de su ministro ni a las disposiciones de los fieles. Así obra en el
bautismo de los niños. Pero, por ley ordinaria de su Omnipotencia, esos dos
elementos miden los dones celestiales.
Sine me nihil potestis facere (125). Tal es el principio. Corrió la
sangre redentora en el Calvario; ¿cómo asegurará Dios su primera fecundidad?
Por un milagro de difusión de la vida interior. Antes de Pentecostés, los apóstoles
tienen una cerrazón de ideal y de celo que espantan; desciende sobre ellos el
Espíritu Santo; los transforma en hombres de vida Interior, y su predicación
hace maravillas. Por vía ordinaria Dios no renovará el prodigio del Cenáculo,
sino que vinculará sus gracias a la libre y esforzada correspondencia de sus
criaturas.
Pero al hacer de Pentecostés la fecha oficial del nacimiento de
Por esto, los verdaderos obreros apostólicos confían más en sus sacrificios y
oraciones que en su actividad. El P. Lacordaire hacía una larga oración antes
de subir al pulpito, y de vuelta a su celda, se disciplinaba. El P. Monsabré no
predicaba sus conferencias de Nuestra Señora de París sin antes rezar de
rodillas los quince misterios del rosario. A un amigo que le hablaba de esto,
le contestó: "Es la última infusión que tomo antes de subir al
pulpito." Estos dos religiosos vivían de este principio enunciado por San
Buenaventura: Los secretos de un apostolado fecundo se encuentran al pie del
crucifijo, mejor que en el despliegue de las cualidades más brillantes. Manent
tria haec: verbum, exemplum et oratio, major autem his, est oratio (126),
dice San Bernardo. Expresión muy fuerte, pero exacto comentario de la
resolución que tomaron los apóstoles de dejar ciertas obras para dedicarse a la
oración. Orationi primero y después el ministerio de la palabra: Ministerio
verbi (127).
¿Hemos subrayado bastante a este propósito la importancia primordial que el
Salvador da al espíritu de oración? Dirigiendo su mirada al mundo y a los
siglos que vendrían después, y viendo la muchedumbre c.e almas llamadas a
recibir loe beneficios del Evangelio, dice entristecido: La mies es mucha y los
obreros pocos. Messis quidem multa, operarii autem pauci (128). ¿Qué
medios escoge para extender su doctrina con mayor rapidez? ¿Ordenará a sus
discípulos que frecuenten las escuelas de Atenas o que vayan a Roma a escuchar
de labios del César la estrategia para conquistar y administrar los
imperios?... Hombres de celo, escuchad al Maestro. Su programa se cifra en este
principio luminoso que va a descubrirnos. Rogate ergo Dominum messis ut
mittat operarios in messem suam (129). Para nada menciona las
organizaciones sabias, ni los recursos, ni los templos y escuelas que deben
construirse. Rogate ergo. El principio fundamental es la oración; el
espíritu de oración. El Maestro no cesa de repetirlo. Todo lo demás se dará por
añadidura.
¡Rogate ergo! Si el tímido murmurio de la oración de un alma santa puede
suscitar más legiones de apóstoles que la voz elocuente de un reclutador de
vocaciones que tiene menos espíritu de Dios, hemos de confesar que la
fecundidad de los trabajos de los verdaderos apóstoles tiene su origen en el
espíritu de oración que los informa, el cual corre parejas con su celo.
¡Rogate ergo! Comenzad por orar; después es cuando Nuestro Señor añade: Euntes
docete..., praedicate (130). Dios sin duda utilizará el medio de la
predicación, pero las bendiciones que hacen fecundos los ministerios están
reservadas a las plegarias del hombre de oración; plegarias que tienen el poder
de extraer del seno del Padre los efluvios ardientes de una acción irresistible
sobre las almas.
Pío X, con su autorizada palabra, pone de relieve la tesis de nuestra modesta
obra, cuando dice:
Para restaurar todas las cosas en Cristo por medio del apostolado de las
obras, es necesaria la gracia de Dios, y el apóstol no la recibe si no está
unido a Cristo. Formemos a Jesucristo en nosotros, para poder devolvérselo a
las familias y a las sociedades. Cuantos participan en el apostolado están
obligados a ser verdaderamente piadosos (131).
Lo que hemos dicho de la oración ha de aplicarse al otro elemento de la vida
interior, o sea al sufrimiento, dentro del cual entra todo cuanto contraria a
la naturaleza interior o exteriormente.
Un hombre puede sufrir como un pagano, como un condenado o como un santo. Para
sufrir con Jesús hay que aspirar a sufrir como un santo. Sólo entonces nos
aprovecha el sufrimiento y sirve para que
Adimpleo ea quae desunt passionum Christi in carne mea, pro corpore ejus,
quod est Ecclesia (132). Impletae erant, dice S. Agustín comentando
este pasaje, impletae erant omnes, sed in capite restabant adhuc passiones
Christi in membris (133). Praecessit Christus in capite; Jesucristo
sufrió como Cabeza. Sequitur in corpore: Ahora le toca sufrir a su
cuerpo místico. Todo sacerdote puede decir: Ese cuerpo soy yo; soy un miembro
de Cristo y debo completar para su cuerpo, que es
El dolor, dice el P. Fáber, es el más excelso de los Sacramentos. Este profundo
teólogo muestra la necesidad del dolor y explica sus glorias. Todos los
argumentos que expone pueden ser aplicados a la fecundidad de las obras, en
virtud de los sacrificios del obrero evangélico, unidos al sacrificio del
Gólgota, mediante los cuales participa en la eficacia infinita de
b)
En el sermón de
Somos sal de la tierra en la medida en que somos santos. Si la sal se
desvanece, ¿para qué sirve? Ab inmundo quid mundabitur? (135). Sólo vale
para ser arrojada y pisada. En cambio, el apóstol piadoso, verdadera sal de la
tierra, será un eficaz agente de conservación, en medio de este mar corrompido
que es la sociedad humana. Faro que brilla en la noche, lux mundi, la luz de su
ejemplo, mejor que su palabra, disipará las tinieblas acumuladas por el
espíritu del mundo, y hará que resplandezca el ideal de la verdadera dicha, que
trazó Jesús en el Sermón de las ocho Bienaventuranzas.
Lo que más anima a los fieles a practicar una vida verdaderamente cristiana es
precisamente la virtud de quien tiene la misión de enseñársela. En cambio sus
flaquezas les alejan del Señor de una manera inevitable: Nomen Dei per vos
blasphematur inter gentes (136). Por eso todo apóstol debe tener en las
manos la antorcha del ejemplo antes que en los labios las palabras brillantes,
y practicar el primero las virtudes que predica. Quien tiene la misión de decir
cosas grandes, está obligado a practicarlas, según la palabra de San Gregorio
(137).
Se ha dicho con razón que los médicos de los cuerpos pueden curar a los
enfermos de la enfermedad que ellos padecen; pero para curar las almas es
indispensable tener el alma sana, porque la cura se realiza por el don de sí.
Los hombres están en su derecho al ser exigentes con quien tiene la pretensión
de enseñarles a reformarse. Al momento observan si hay conformidad entre sus
palabras y sus obras o si la moral de que se reviste el apóstol es una
envoltura de hipocresía y en conformidad con el resultado de sus observaciones,
dan o retiran su confianza.
¡Con qué autoridad podrá hablar de la oración aquel sacerdote a quien el pueblo
ve con frecuencia cerca del Huésped del Tabernáculo, tantas veces solitario!
¡Con qué eficacia será escuchada la palabra del hombre trabajador y
mortificado, cuando predique el trabajo y la penitencia! Y si hace la apología
de la caridad fraterna, encontrará corazones que se ablandan, si él cuidó de infundir
en su rebaño el buen olor de Cristo y cuida de que se reflejen en su conducta
la dulzura y la humildad del divino Modelo. Forma gregis ex animo (138).
El profesor que no tiene vida interior creerá haber cumplido su deber,
limitándose a la explicación del programa de su asignatura. Pero si es hombre
interior, una frase escapada de sus labios o de su corazón, una emoción
reflejada en su rostro, un gesto expresivo, menos aún, la forma de hacer la
señal de la cruz o de rezar la oración del comienzo o del final de la clase,
aunque se trate de una clase de matemáticas, pueden ser más eficaces para sus
discípulos que un sermón.
La Hermana de
La propagación del Cristianismo se realizó no por medio de largas y frecuentes
discusiones, sino por el ejemplo de las costumbres cristianas, tan opuestas al
egoísmo, a la injusticia y a la corrupción paganas.
En su famosa obra "Fabiola", el Cardenal Wiseman pone de relieve el
poder del ejemplo de los primeros cristianos en las almas de los paganos más
prevenidos contra la religión cristiana. En dicha obra asistimos al avance
progresivo e irresistible de un alma hacia la luz. Los nobles sentimientos y
las virtudes modestas o heroicas que la hija de Fabio observa en personas de
toda condición, impresionan a la joven. Pero qué cambio se opera en ella y qué
revelación es para su alma el descubrimiento de que todas aquellas personas
caritativas, abnegadas, modestas, dulces, mensuradas, que practican la justicia
y la castidad, pertenecen a aquella secta que se le ha presentado siempre como
la más execrable. Desde aquel momento es ya cristiana.
Al acabar la lectura del libro, piensa uno: ¡Ah si los católicos, o al menos
los hombres de obras, conservasen algo de aquel esplendor de vida cristiana que
describe el ilustre Cardenal, que no es otra cosa que la práctica del
Evangelio! ¡Qué influencia más irresistible ejercería su apostolado sobre esos
paganos modernos tan prevenidos a veces contra el Catolicismo, a causa de las
calumnias de los sectarios o del carácter acerbo de las polémicas, o también
del modo que tenemos de reivindicar nuestros derechos que hace pensar si nacerá
de nuestro orgullo herido más que del afán de defender los intereses de Jesucristo!
¡Oh irradiación del alma unida a Dios, qué poderosa eres! Tú decidiste entrar
en
El pueblo tiene intuiciones infalibles. Si predica un hombre de Dios, acude en
tropel a oírle. Pero como la conducta de un hombre de obras no se ajuste a lo
quo se esperaba de él, por muy hábilmente que organice y dirija su obra, ésta
queda irremisiblemente comprometida y acaso desaparecida al poco tiempo.
Ut videant opera vestra bono, et glorificent Patrem (139), decía Nuestro
Señor. San Pablo insiste en la recomendación del buen ejemplo, con sus
discípulos Tito y Timoteo: In ómnibus teipsum pruebe exemplum bonorum operum
(140); Exemplum esto fidelium in verbo, in conversatione, in charitate, in
fide, in castitate (141). Y les dice: Quae vidistis in me, haec agite
(142). Imitatores mei estote, sicut et ego Christi (143). Y su palabra,
toda verdad, se apoya en aquella seguridad y aquel celo humildísimos, por otra
parte, que hicieron prorrumpir a Jesús en este apostrofe: Quis ex vobis
arguet me de peccato? (144).
Si el apóstol sigue el ejemplo de aquel de quien está escrito Coepit facere
et docere (145), será Operarium inconfusibilem (146).
Sobre todo, hijos amantísimos, escribía León XIII, no os olvidéis de que la
condición indispensable verdadero celo, que garantiza sus resultados, es la
pureza y santidad de vida (147).
Un hombre santo, perfecto y virtuoso, decía Santa Teresa, hace a las almas un
bien mayor que un gran número de otros que son más instruidos y mejor dotados
que él, pero nada más.
Como el espíritu no se somete a la regla de una conducta cristiana y santa,
declara Pío X, será muy difícil que promueva el bien en los demás. Y añade:
Todos cuantos son llamados a las obras católicas, han de ser hombres de vida
ejemplar y sin tacha, para que sirvan de ejemplo a los demás (148).
c)
Uno de los obstáculos más serios para la conversión de un alma es que Dios es
un Dios oculto. Deus absconditus (149).
Pero, por un efecto de su bondad, Dios se descubre y refleja en alguna manera
en sus Santos y en las mismas almas fervorosas. De ese modo lo sobrenatural
llega a los ojos de los fieles, quienes tienen así algún atisbo del misterio de
Dios.
¿En qué consiste esa difusión de lo sobrenatural? ¿Será acaso el brillo de la
santidad y el esplendor del influjo divino que los teólogos llaman gracia
santificante; o tal vez el resultado de la presencia inefable de las divinas
Personas en el alma santificada?
Así lo explicaba San Basilio. El Espíritu Santo, dice, se une a las almas
purificadas por su gracia para espiritualizarlas. Como el sol convierte en otro
sol el cristal en que se refleja, el Espíritu santificador torna luminosas las
almas donde habita, las cuales, por efecto de su presencia, son focos ardientes
que irradian la gracia y la caridad (150).
Esta manifestación de lo DIVINO, que revelaban todos los gestos y hasta
el reposo del Hombre-Dios, se percibe en las almas dotadas de una intensa vida
interior. Las conversiones maravillosas realizadas por ciertos santos con la
fama de sus virtudes, y los discípulos que iban en seguimiento de sus virtudes,
proclaman con claridad el secreto de su silencioso apostolado. Con San Antonio
se pueblan los desiertos de Oriente. San Benito hace que surja una pléyade
innumerable de santos religiosos que civilizan Europa. San Bernardo ejerce una
influencia sin par en
Qué desgracia es que a la cabeza de las obras importantes no haya personas de
verdadera vida interior; lo sobrenatural se encuentra entonces eclipsado y
parece que está encadenada
Las almas, sepámoslo, tienen una percepción instintiva, que no pueden definir
con claridad, de esta irradiación sobrenatural. Ved, si no, cómo se
prosterna a los pies del sacerdote para implorar su perdón, el pecador que ve a
Dios en su representante. Y, por el contrario, ¿no es cierto que desde el día
en que la santidad integral dejó de ser el ideal de los ministros de cierta
secta cristiana, se vio obligada irremisiblemente a suprimir la confesión?
Joannes quidem signum fecit nullum (151), San Juan Bautista arrastra las
muchedumbres, sin hacer milagros. La voz de San Juan Bautista Vianney es
excesivamente débil para llegar a las muchedumbres que se congregan para oírle.
Pero aunque no le oían, les bastaba ver aquel santo para quedar subyugados y
convertidos. Un abogado, a quien preguntaron al volver de Ars qué es lo que más
le había impresionado contestó: "He visto a Dios en un hombre."
Permítasenos resumir todo lo dicho en una comparación vulgar. De todos es
conocida esta experiencia que se hace con una máquina de electricidad, "«i
una persona, colocada sobre un aislador, se pone en comunicación con la máquina
eléctrica, ?u cuerpo se carga de fluido, y si alguien se le aproxima o le toca,
recibe una sacudida del chispazo eléctrico que sale del cuerpo electrizado. Una
cosa parecida ocurre con el hombre de vida interior. Cuando se aísla de las
criaturas, so establece entre él y Jesús una comunicación constante a manera de
corriente continua. El apóstol se convierte en un acumulador de vida
sobrenatural y condensa en su alma un fluido divino que se reparte,
adaptándose a todas las circunstancias y necesidades del medio en que obra. Virtus
de illo exibat et sanabat omnes (152). Sus palabras y acciones son los
efluvios de esa fuerza latente, pero soberana, que derriba los obstáculos,
logra las conversiones y aumenta el fervor.
Cuanto más intensas son las virtudes teologales de un corazón, con más eficacia
esos efluvios producen las mismas virtudes en las almas.
POR
Entonces no es la lógica ni la fuerza de los argumentos los que aparecen, sino
el Verbum docens que habla a su criatura: Verba quae ego loquor
vobis, a me non loquor. Pater autem, in me manens, ipse facit opera (154).
Su influencia es duradera y bastante más profunda que la admiración superficial
o la devoción pasajera provocada por el hombre, que carece de espíritu
interior. Este podrá arrancar de sus oyentes confesiones como ésta: Lo que dice
ese hombre es verdad y es interesante; pero esto no pasa de ser un sentimiento
impotente para llevar los hombres a la fe y hacerles vivir de ella.
El Hermano trapense Fr. Gabriel (155), en sus funciones de ayudante de la
hospedería, reavivaba la fe de los visitantes bastante mejor de lo que hubiera
podido hacerlo un sacerdote docto con este lenguaje que habla más que a la
inteligencia al corazón. El general de Miribel iba con frecuencia a conversar
con el humilde Hermano y solía decir: Vengo de templarme en la fe.
Nunca se ha predicado, ni discutido, ni editado tan sabios tratados de
apologética como en nuestros días, y jamás ha estado tan lánguida la fe, al
menos en la masa de los fieles. Con frecuencia los encargados de adoctrinar al
pueblo, no ven en el acto de fe sino una función de la inteligencia, siendo así
que la voluntad tiene su parte en él. Olvidan, sin duda, que la fe es un don de
Dios, y que entre la aceptación de los motivos de la credibilidad y el acto
definitivo de fe, hay un abismo que solamente pueden llenar primero Dios y
después la buena voluntad del que recibe la instrucción; pero ¡cuánto ayuda a
llenarlo la luz divina reflejada en el que adoctrina y producida por su
santidad!
EL APÓSTOL IRRADIA
Qué viva es la palabra de aquel que puede aplicarse, sin mentir, el Nostra
conversatio in coelis est (156). Otros, con más frases y retóricas,
hablarán de las alegrías de la patria celestial, pero sus discursos no
producirán fruto alguno. En cambio, una palabra del primero, convincente por
ser reveladora de su estado de alma, calmará las angustias, adormecerá las
preocupaciones y hará aceptar con resignación un dolor lancinante; y es que la
virtud de la esperanza se comunica irresistiblemente del apóstol de vida
interior a las almas que jamás la habían sentido y que estaban a punto de caer
en la desesperación.
IRRADIA TAMBIÉN
Los predicadores experimentados están acordes en reconocer que si los sermones
de la muerte, el juicio y el infierno son necesarios en unos ejercicios o en
una misión, la instrucción sobre el amor de Dios produce de ordinario una
impresión más saludable. Cuando la da un verdadero misionero, capaz de hacer
vibrar al auditorio en sus propios sentimientos, asegura el éxito convirtiendo
a muchos. Para sacar a un alma del pecado, o hacerla subir del fervor a la
perfección, el amor de Jesús es la palanca insustituible. El cristiano que
estaba hundido en el fango, sí es capaz de adivinar en otro hombre un amor
ardiente encendido en las realidades invisibles y ha palpado los desengaños
y el vacío de los amores terrenales, comienza a sentir el disgusto del pecado;
algo ha comprendido del amor de Dios y del inmenso de Jesús a sus criaturas: ha
sentido también como un estremecimiento de la gracia latente del bautismo y de
la primera comunión; Jesús se le ha presentado viviente, porque las ternuras de
su corazón se transparentaban en la cara y en la voz de su ministro; ha
entrevisto otro amor noble, puro, ardiente, y se ha dicho: Aquí, en este mundo,
se puede amar también con un amor superior al de las criaturas.
No faltarán otras manifestaciones más intimas del Dios que es amor, en su
ministro, para que aquella alma salga del fango en que se encontraba, sin que
le espanten los sacrificios necesarios para adquirir el divino amor, hasta
entonces desconocido para él.
De cuanto acabamos de decir se deduce que el apóstol verdadero puede provocar
un aumento en el amor y un adelanto espiritual en las almas que dejaron el
pecado y en las fervorosas. También los fieles dedicados a las obras, aunque no
sean sacerdotes, pueden, si están revestidos de una ardiente caridad, hacer que
nazca en torno suyo la más excelente de las virtudes teologales.
IRRADIA TAMBIÉN
Cuanto más unido está un corazón con el de Jesús, más participa de la principal
cualidad del Corazón Divino y Humano del Redentor, que es
Transfigurado por el divino amor, el apóstol se captará la simpatía de las
almas: In bonitate et alacritate animae suae placuit (160). Sus palabras
y actos estarán impregnados de una bondad desinteresada, muy distinta de la que
inspiran el afán de popularidad o el egoísmo sutil.
"Dios ha dispuesto —escribía Lacordaire— que ningún bien se le haga al
hombre si no es amándole, y que la insensibilidad sea siempre estéril para
iluminarlo y para hacerlo virtuoso." Y, en efecto, si alguien quiere
imponerse a la fuerza, provoca la resistencia para rechazarlo; si pretende
exigir el convencimiento científico, se encontrará con objeciones para sus
teorías; pero cuando se topa con la bondad, como no exige humillaciones el ser
desarmado por ella, siempre acaba por cederse al encanto de sus procedimientos.
La Hermanita de los Pobres,
Ante esas muestras de abnegación, el pecador o el impío se ven forzados a
decir: Dios está ahí. Lo veo tal como El se ha definido. El "buen
Dios". Y es preciso que sea bueno para que la íntima comunicación con él
haga a un ser tan delicado, capaz de pisotear su amor propio y de poner
silencio en sus más legítimas repugnancias.
Esos ángeles terrestres realizan esta definición del Padre Fáber: La bondad
es el desbordamiento de sí mismo en los demás. Ser bueno es poner al prójimo en
nuestro lugar. La bondad ha convertido más pecadores que el celo, la elocuencia
y la instrucción, y estas tres cualidades a nadie han convertido sin la
intervención de la bondad. En una palabra, la bondad, nos hace a todos como
dioses para los demás. La exteriorización de este sentimiento en los hombres
apostólicos atrae a los pecadores y facilita su conversión.
Y agrega: La bondad es siempre la que mejor prepara los caminos de
Tened el corazón de madres, dice San Vicente Ferrer. Ya os propongáis alentar o
causar espanto, mostrad siempre las entrañas de una tierna caridad, y que
sienta el pecador que él es quien inspira vuestro lenguaje. Si queréis ser
útiles a las almas, comenzad por pedir a Dios de corazón que derrame sobre
vosotros la caridad, que es el compendio de todas las virtudes, a fin de que
con ella alcancéis el fin que os habéis propuesto (162).
Entre la bondad natural, que es fruto del temperamento, y la bondad
sobrenatural de un alma de apóstol, hay la misma distancia que entre lo humano
y lo divino. Con la primera, el obrero evangélico puede conquistar el respeto y
aun la simpatía, y hasta enderezar un afecto para dirigirlo a Dios. Pero Jamás
logrará que las almas hagan por Dios los sacrificios necesarios para volver a
su Criador. Sola la bondad, que nace de la intimidad con Jesús, puede hacer
esto.
El amor creciente que profesa a Jesús y la verdadera dirección de las almas,
dan al apóstol toda clase de audacias, compatibles con el tacto y la prudencia.
Un católico eminente nos ha referido este episodio: "En una audiencia que
tuvo con el Papa Pío X, deslizó algunas frases mordaces contra un enemigo de
IRRADIA
Sine me nihil potestis facere (163). Elevado por el Creador a la
dignidad de cooperador suyo, el apóstol va a convertirse en un agente de las
operaciones sobrenaturales, pero a condición de que sólo aparezca Jesús.
Cuanto más se esfume y cuide de no figurar, tanto más se manifestará Jesús. Sin
esa impersonalidad que es fruto de la vida interior, el apóstol plantará y
regará en vano, porque nada germinará. La verdadera humildad tiene encantos
especiales, cuyo manantial es Jesús. La humildad respira lo Divino. Al empeño
que el hombre de obras pone en eclipsarse, para que solamente sea Jesús el que
obre, Illum oportet crescere, me autem minui (164), corresponde el don
que Nuestro Señor concede a su ministro, de ganar cada vez más los corazones.
Así viene a ser la humildad uno de los medios más eficaces de actuar en las
almas.
Creedme, decía San Vicente de Paúl a sus sacerdotes: no haremos la obra de
Dios mientras no nos persuadamos de que de nuestra cosecha lo estropeamos todo
en vez de arreglarlo.
Tal vez extrañe nuestra insistencia en los mismos conceptos, pero es que
estamos persuadidos de que sólo se graban en el espíritu de quien los lee, a
fuerza de repetirlos y llamar la atención sobre su importancia. La arrogancia y
los aires de suficiencia esterilizan las obras.
El cristiano "moderno" es muy celoso de su independencia. Se conforma
con obedecer, cuando se trata únicamente de Dios, y no aceptará las
órdenes y direcciones de su ministro, ni los mismos consejos, como no vea en
ellos el sello de Dios.
Para esto es necesario que el apóstol sepa esfumarse y desaparecer con la
práctica de la humildad, fruto de la vida interior, no siendo, a los ojos de
los que le miran, sino
Sólo el aspecto del hombre interior es una enseñanza de
En el común de Confesores, los sacerdotes leen estas palabras de San Beda, que
son un admirable comentario de la frase Pusillus grex. "El
Salvador, dice, llama pequeño al rebaño de sus elegidos, porque comparado con
el número de los que se condenan, es pequeño, y también porque ama con
pasión la humildad, ya que por muy numerosa y extendida que se encuentre su
Iglesia, quiere que siga creciendo siempre EN HUMILDAD hasta el fin del mundo,
llegando así al REINO PROMETIDO, A
Este texto está inspirado en las grandes lecciones que Nuestro Señor dio a los
apóstoles, cuando queriendo éstos utilizar el apostolado para su provecho,
descubrió sus ambiciones y envidias y les dijo: Sabéis que los príncipes de
las gentes avasallan a sus pueblos, y que los que son mayores ejercen potestad
sobre ellos. No será así entre vosotros; mas entre vosotros todo el que quiera
ser mayor, sea vuestro criado; y el que entre vosotros quiera ser primero, sea
vuestro siervo (Mat., XX, 25, 26 y 27).
Pero, pregunta Bourdaloue: ¿con eso no se debilita la autoridad? Tendréis la
autoridad necesaria, si sois lo humildes que debéis ser; porque si
Si el apóstol carece de la verdadera humildad, titubea entre la blandura
excesiva y el despotismo, con tendencia a éste.
Dejemos a un lado la cuestión de doctrina, porque suponemos que el apóstol está
lo suficientemente ilustrado para no caer ni en una tolerancia excesiva ni en
una aspereza que Dios no puede aprobar. Sus principios son sanos y su ciencia,
exacta. Esto supuesto, afirmamos que sin humildad, el apóstol no podrá guardar
el justo medio entre esos dos extremos y que la cobardía, y con más frecuencia
el orgullo, se manifestarán en su conducta.
O bien, cediendo a una falsa humildad, será un pusilánime, haciendo que su
espíritu de caridad degenere en debilidad, convirtiéndose en el hombre de las
concesiones exageradas, de la conciliación a cualquier precio, con lo que su
firmeza en los principios desaparecerá bajo mil pretextos o por razones de
prudencia, o por cálculos de corto alcance; o bien el naturalismo y la mala
dirección de su voluntad harán que despierte el orgullo, la susceptibilidad, en
una palabra, el YO, de lo cual se seguirán los odios personales, el
"autoritarismo", "los rencores, el despecho, las rivalidades,
las antipatías, las parcialidades, los apasionamientos las represalias, la
ambición, las celotipias, el afán excesivamente humano de ocupar los primeros
puestos, las calumnias, las maledicencias, las palabras acerbas, el espíritu de
clase o de cuerpo, la aspereza en la defensa de los principios, etc., etc.
Y así, la gloria de Dios, que debiera de ser el Fin verdadero de las
aspiraciones del apóstol que ennoblece sus pasiones, se convierte en Medio o
Pretexto para fomentar, desarrollar y hacer excusar estas pasiones en lo
que tienen de demasiado humano. Los menores ataques de que sea objeto la gloria
de Dios o
Ni la seguridad de la doctrina y lo equilibrado del juicio del apóstol bastan
para preservarle de estos peligros, porque si carece de vida interior, y por
tanto de humildad, será dominado por sus pasiones. La humildad es la única que
puede mantenerle en la rectitud del juicio y evitar que obre por impresión,
poniendo en su vida más equilibrio y estabilidad. Al unirle con Dios, le hace
participar en cierto sentido de la inmutabilidad divina, como ocurre con la
yedra, que aunque frágil e inconsistente, al adherirse al roble con todas sus
fibras, adquiere una robustez y firmeza inquebrantables tomadas de las de ese
rey de los bosques.
Estemos, pues, persuadidos de que sin humildad, si damos un traspiés a la
primera ocasión, caeremos en la segunda o iremos flotando, según las
circunstancias, de un lado para otro, realizando de esta manera lo que dice
Santo Tomás, o sea que el hombre es un ser voluble, constante sólo en su
inconstancia.
El resultado lógico de un apostolado con los defectos que acabamos de apuntar,
es éste: O el desprecio de una autoridad pusilánime por parte de los fieles, o
la desconfianza, y a menudo el odio, contra una autoridad que no es trasunto de
Dios.
IRRADIA
Cuando no se trata de defender los principios, sino de la oportunidad del
empleo de algunos medios, se erige en campeón para impedir que personas
eclesiásticas acudan a procedimientos violentos. Se entera de que se pretende
llevar a la ruina y acabar con los judíos de Alemania, e inmediatamente deja el
claustro y corre en su defensa, predicando la cruzada de la paz. Por eso, en un
documento memorable que el Padre Ratisbona cita en
Nada puede reemplazar a la vida interior para obtener este espíritu impersonal
que caracteriza al celo de los Santos.
En Chablais, antes de la llegada de San Francisco de Sales, fracasan todas las
tentativas. Los jefes del protestantismo se disponen a emprender una lucha
encarnizada. La secta quiere nada menos que matar al Obispo de Ginebra. Este se
presenta ante ellos lleno de dulzura y humildad, como un hombre en quien la
supresión del YO hace que refleje el amor de Dios y del prójimo.
Los santos no hacían sino copiar al Maestro. En el Evangelio, el Salvador se
nos presenta acogiendo con gran misericordia a los pecadores; siendo amigo de
Zaqueo, y de los publícanos; lleno de bondad con los enfermos, los afligidos y
los pequeñuelos. Y sin embargo, a pesar de ser
Únicamente en casos excepcionales, y después de haber echado mano de otros
medios, o cuando se sabe que son enteramente inútiles, puede recurrirse,
lamentándolo, y sólo para evitar el contagio del mal, es decir, a impulsos de la
caridad, a otros medios que pudieran parecer violentos.
Fuera de estos casos, y cuando no se trata de defender los principios, la
mansedumbre debe dominar en la conducta del obrero evangélico. Decía San
Francisco de Sales que se cazan más moscas con una gota de miel que con un
cántaro de vinagre.
Recordemos la censura que dirigió el Señor a los apóstoles, cuando ofendidos y
humillados en su dignidad, llevados de un celo que no era puro ni
desinteresado, quisieron recurrir a la violencia, pidiendo al Señor que
arrojara fuego del cielo contra los habitantes de Samaría, que no habían
querido recibirlos. El Salvador les contentó: No sabéis de qué espíritu sois
(Luc. IX, 55).
Uno de nuestros Obispos, cuya firmeza en defender los principios se ha citado
como ejemplo, visitaba recientemente en la capital de su diócesis las familias
que estaban de luto a causa de la guerra, Haciéndose todo para todos, fue a
llevar sus consuelos a un calvinista que lloraba a un hijo muerto en el campo
de batalla, y le dirigió algunas frases cordiales, llenas de emoción.
Impresionado por este acto de caridad y humildad, el protestante dijo
inmediatamente. "¿Es posible que un Obispo tan noble por su sangre y tan
distinguido por su cultura, se haya dignado, a pesar de la diferencia de nuestras
religiones, a franquear el umbral de mi modesta casa? El paso que ha dado y sus
palabras me han llegado al corazón." El industrial que tiene entre sus
empleados a ese padre, agregaba al contarnos el hecho: "En mi opinión, ese
protestante está ya medio convertido y, en todo caso, el señor Obispo ha
conseguido con su dulzura, en la conversión de ese hombre, lo que no hubiera
logrado con las más vivas e interminables discusiones." Ese Pastor de
almas manifestó la mansedumbre de Nuestro Señor, y el protestante vio, por
decirlo así al Salvador que se le presentaba, y se dijo: Una Iglesia que cuenta
con Prelados que tan fielmente reflejan a Aquel que yo admiro en el Evangelio,
debe ser la verdadera Iglesia.
La vida interior mantiene al mismo tiempo el espíritu y la voluntad al servicio
del Evangelio. Ni la indolencia ni la violencia injustificada deben desviar la
dirección del alma que ve y obra en conformidad con el Corazón de Jesús. Su
pureza y ardor nacen del impulso de ese Corazón adorable. Ahí está el secreto
de sus triunfos.
Por el contrario, la falta de vida interior y, como consecuencia, la
exteriorización de las pasiones humanas, explican tantas caídas.
IRRADIA
Mortificarse es reproducir el Christus sibi non placuit (170), es
renunciarse en toda clase de circunstancias, llegar a amar lo que nos desagrada
y encaminarnos al ideal de ser una víctima inmolada constantemente.
Pero sin vida interior es imposible llegar a ese aplastamiento de nuestros más
tenaces instintos.
Y en tanto que el pobrecillo de Asís, mientras atraviesa en silencio las
calles, va predicando con sólo su aspecto el misterio de
Inimicos crucis Christi, enemigos de
Inimicos crucis Christi, enemigos de
Y, sin embargo, el apóstol que no tenga vida interior ¿podrá producir nuevos
cristianos?
La asistencia nutrida a determinados actos del culto podrá satisfacer al
verdadero sacerdote, pero le dejará frío si ve que es debida a la rutina, o al
afán de seguir las tradiciones de las familias y la observación de las
costumbres antiguas, con tal que no interrumpan el curso de la vida; o el deseo
de oír buena música, o disfrutar con una fiesta magnífica o escuchar una buena
pieza oratoria en la que sólo se busca la elocuencia.
Pero se dirá: por lo menos las comuniones frecuentes entusiasmarán al
sacerdote. Un recuerdo de mi viaje a los Estados Unidos me viene a la memoria.
Visitando varias parroquias, me encantaba ver el número de hombres que asistían
a la comunión de los primeros viernes de mes. "Homo videt in facie.
Deus autem in corde" (174), me dijo un santo sacerdote de Nueva York.
No olvide usted que se encuentra en un país donde el respeto humano es desconocido
y el "Bluff" aparece en todas partes. Reserve usted su admiración
para aquellas parroquias en que pueda observar que las comuniones frecuentes
manifiestan si no la enmienda completa de la vida, al menos un esfuerzo sincero
de observar la vida cristiana y un deseo leal de no vivir en la intemperancia
ni de ir desenfrenadamente en busca del dinero, etc."
Lejos de nosotros, no dar aprecio a los más pequeños vestigios de vida
cristiana donde quiera que se encuentren. Por el contrario, lo que con estas
consideraciones nos proponemos es deplorar la lamentable incapacidad a que nos
expone la falta de vida interior, de obtener únicamente resultados muy
pequeños, aunque, desde luego, sabemos apreciarlos también.
Nuestro Señor no quiere sino nuestro corazón. Si vino a este mundo a revelarnos
las sublimes verdades de la fe, fue para conquistarlo; para hacerse dueño de
nuestra voluntad y animarnos a seguir sus pisadas en el camino del
renunciamiento.
El apóstol habituado a la vida interior que se funda en el Abneget
semetipsum (175), se encontrará en condiciones de provocar este
renunciamiento, base de toda perfección; pero será incapaz de lograrlo aquel
que siga de lejos a Jesucristo cuando va cargado con la cruz. Nemo dat quod
non habet (176). Si él es un cobarde y deja de imitar a Jesús crucificado
¿cómo predicará a su pueblo esa guerra santa contra las pasiones, siguiendo la
invitación de Jesús?
Sólo un apóstol desinteresado, humilde y casto es capaz de arrastrar las almas
a la lucha contra el aluvión, siempre creciente, de la codicia, de la ambición
y de la impureza. Solamente quien tenga la ciencia del crucifijo será lo
bastante fuerte para oponer un dique a este afán desmesurado de comodidades, y
a este culto del placer que amenaza sumergirlo todo y destruir las familias y
las naciones. San Pablo cifra y resume su apostolado en enseñar a Cristo
crucificado, y porque vive de Jesús, pero de Jesús crucificado, está en
condiciones de hacer que las almas gusten el misterio de la cruz y de
enseñarles a vivir de él. Hoy existen muchos apóstoles que no tienen la
necesaria vida interior para profundizar este misterio que vivifica, y
penetrarse de él a fin de irradiarlo. Son exclusivistas al apreciar la
religión, considerándola más bien desde el punto de vista filosófico social o
estético propios para interesar la inteligencia o excitar la sensibilidad y la
imaginación y fomentar la tendencia a no ver en ella sino una escuela de poesía
sublime y de arte incomparable. Sin duda,
Después del pecado, la penitencia, la reparación, y e! combate espiritual son
las condiciones indispensables para Vivir.
En su Encíclica de 1 de noviembre de 1914, el Papa Benedicto XV invita a los
verdaderos apóstoles a trabajar más a fondo para desprender a las almas del
bienestar, del egoísmo, de la ligereza de costumbres y del olvido de los bienes
eternos. Esta invitación es un llamamiento a la vida interior, hecho a los
ministros del divino Crucificado.
Dios, que tan generoso es con nosotros, exige al cristiano que desde la edad de
la razón una a
Al ver la serie de victorias del enemigo infernal es para preguntarse con
ansiedad: ¿Cómo podrá salvarse la sociedad? ¿Cuándo comenzarán los triunfos de
Entonces es cuando será aplastado el ejército de Satanás, y dejarán de tener
eco en el mundo las quejas de Jesús a través de los siglos, al no encontrar
almas reparadoras en medio de sus ultrajes. Et quaesivi de eis virum qui
interponeret spem, et staret oppositus contra me pro terra ne dissiparem eam,
et non inveni (178).
Alguien quiso analizar el efecto mágico que la sola señal de la cruz, hecha por
el P. Ravignán producía en los indiferentes y hasta en los impíos que acudían a
oírle, llevados de la curiosidad. Se llegó entre muchos de sus oyentes a la
conclusión de que la austeridad de la vida intima del predicador se
manifestaba de un modo que conmovía, en aquella señal de
d)
Nos referimos a la
elocuencia que atrae las gracias necesarias para convertir a las almas y
hacerles abrazar la virtud. Incidentalmente hemos tratado antes de este asunto.
Agreguemos algunas consideraciones.
En el Oficio de San Juan leemos este responsorio: Supra pectus Domini
recumbens Evangelii fluenta de ipso sacro Dominici pectoris FONTE POTAVIT
et verbi Dei gratiam in toto terrarum ORBE DIFFUDIT. ¡Qué profunda lección
encierran estas palabras para los predicadores, escritores, catequistas y
cuantos están encargados de propagar la divina palabra! ¿No descubre en ellas
A pesar de que todos los evangelistas están igualmente inspirados y tienen una
misión providencial, el tono de la elocuencia es distinto en cada uno de ellos.
La de San Juan, a diferencia de los otros evangelistas, se dirige a la
voluntad, por el corazón, en el cual deja verbi Dei gratiam. Su Evangelio y las
Epístolas de San Pablo, son los libros preferidos de las almas para quienes la
vida de este mundo carece de sentido si no está unida con Jesucristo.
¿Cuál es el secreto de esa elocuencia cautivadora de San Juan? ¿Ese río
caudaloso, cuyas aguas fertilizantes riegan el mundo entero: Fluenta in toto
terrarum orbe diffudit, en qué montaña encontró su manantial?
El texto litúrgico lo compara con los ríos del Paraíso, al decir: Quasi unus
ex Paradisi fluminibus Evangelista Joannes.
¿Para qué sirven tan altas montañas y tantos glaciares? ¿Estas superficies
inmensas, podrá decir el ignorante, no serán más útiles en el llano? No
comprende que sin esas altas cimas el llano y los valles serían estériles como
el Sahara, porque los ríos que fertilizan las tierras bajan de las altas
montañas que son sus depósitos.
Esa alta cima del Paraíso, de donde mana la fuente que alimenta el Evangelio de
San Juan, ¿qué es sino el Sagrado Corazón de Jesús? Evangelii fluenta de
ipso sacro Dominici pectoris fonte potavit. Al percibir el Evangelista por
medio de
Por esta misma razón, puede decirse de los hombres de vida interior, que son en
alguna manera los ríos del Paraíso. Porque atraen sobre la tierra las aguas
vivas de la gracia, que bajan del cielo y desvían o aminoran los castigas que
merece el mundo, no sólo con sus oraciones e inmolaciones, sino también y sobre
todo, porque en lo más alto de los cielos, sacan del Corazón de Aquél en quien
reside
¿Soy yo de aquellos que esperan, sobre todo de la oración, la visita al
Santísimo, la misa o la comunión la verdadera eficacia de su elocuencia? De no
ocurrir esto, podrí ser un sonoro cimbalum tinniens o tener el timbre
solemne del bronce, velut aes sonaras, pero no seré el canal de aquel
amor que hace irresistible la elocuencia de los amigos de Dios.
Un predicador de mucha ciencia, pero de una piedad mediocre, podrá exponer las
verdades cristianas de tal forma que remueva las almas y las acerque a Dios,
aumentando su fe. Pero para impregnarlas del sabor vivificante de la virtud,
hace falta haber saboreado antes el espíritu del Evangelio, haciendo de él, por
medio de la oración, la sustancia de la propia vida (179).
No nos olvidemos de que el Espíritu divino es el único principio de toda
fecundidad espiritual y el que opera las conversiones y reparte las gracias que
nos capacitan para evitar el pecado y practicar la virtud. La palabra del
obrero evangélico, si está penetrada de la unción del Espíritu santificador, se
convierte en un canal viviente que nada retiene de la acción divina. Antes de
Pentecostés, los Apóstoles predicaban, pero casi sin fruto. Al cabo de aquellos
diez días de retiro en que vivieron interiormente, el Espíritu de Dios los
invadió, transformándolos, y entonces sus primeros ensayos de predicación
fueron pescas verdaderamente milagrosas. Lo mismo acontece con los sembradores
evangélicos. Con la vida interior se convierten en portadores de Cristo.
Plantan y riegan con toda eficacia. Y entonces el Espíritu Santo da el ciento
por uno. Su palabra es a la vez la semilla que cae y la lluvia que fecundiza,
jamás les falta el sol que da el crecimiento y la sazón. Est tantum lucere,
vanum, decía San Bernardo; tantum ardere, parum; ardere et lucere
perfectum. Y más adelante: Singulariter apostolis et apostolicis viris
dicitur: Luceat lux vestra coram hominibus, nimirum tanquam accensis et
vehementer accensis (180). El apóstol encuentra la elocuencia evangélica en
la vida de unión con Jesús, en la oración y en la guarda del corazón, pero
también en
No hay vida interior completa sin una tierna devoción a María Inmaculada, canal
por excelencia de todas las gracias, sobre todo de las gracias de elección. El
apóstol, habituado a recurrir a María en todas ocasiones, con lo que demuestra
su amor de hijo a esta Madre incomparable, como dice San Bernardo, encuentra en
la exposición del dogma de la maternidad divina y humana de María acentos que
interesan y conmueven a sus oyentes y, sobre todo, les persuaden de la
necesidad de recurrir en todas sus dificultades, a
e)
Este capítulo, añadido a
las primeras ediciones, convendría escribirlo en forma de carta dirigida a cada
uno de nuestros compañeros.
Hemos considerado la dependencia esencial que las obras tienen de la vida
interior del obrero evangélico. La oración y la reflexión nos ha guiado a
analizar desde otro punto de vista la infecundidad de algunas obras, y creemos
no equivocarnos al formular esta proposición:
Una obra no echa raíces profundas, no se estabiliza, ni se perpetúa, sino
cuando el obrero evangélico ha engendrado en las almas la vida interior.
Pero esto no lo logrará si él mismo no está nutrido a fondo de esta vida interior.
En el capítulo III de la segunda parte reproducimos las palabras del Canónigo
Timon-David, sobre la necesidad de formar en cada una de las obras un grupo de
cristianos fervorosos, para que ellos, a su vez, ejerzan un verdadero
apostolado con sus compañeros. ¿Quién no aprecia la eficacia de estos fermentos
y hasta qué punto pueden MULTIPLICAR esos colaboradores el poder de la acción
del apóstol? Ya no trabaja solo, porque se han centuplicado sus medios de
acción.
Apresurémonos a decirlo: Solamente el hombre de obras que sea verdaderamente
interior tiene la vida necesaria para crear otros focos de vida fecunda.
Cuando se trata de obras laicas, es fácil encontrar cooperadores capaces dé
hacer la propaganda necesaria y ocuparse en ellas e influir en su desarrollo
por espíritu de camaradería o de cuerpo y aun por rivalidad con otros
similares; para ello bastan el fanatismo, la concurrencia, el sectarismo, la
ilusión de la gloria, el interés y la ambición. Pero ¿qué palanca que no sea la
vida interior intensa podrá encontrarse para levantar los apóstoles que el
Corazón de Jesús pide, partícipes de su dulzura y humildad, de su bondad
desinteresada y de su celo en mirar exclusivamente a la gloria de su Padre?
Mientras las obras no realicen estos cometidos, su existencia será efímera.
Hasta puede afirmarse que no sobrevivirán a sus fundadores: La razón de la
perpetuidad de algunas obras es que la vida interior engendró la vida interior.
Un ejemplo nos lo aclarará: El sacerdote Allemand, muerto en olor de santidad,
fundó en Marsella, antes de la revolución,
Su semblante, algo grotesco, hubiera provocado la risa, sin la bondad de su alma
reflejada en su mirada y en todo su porte, merced a la cual aquel hombre de
Dios tenía sobre la juventud un dominio que imponía respeto, estima y cariño a
la vez. Aquel sacerdote no quiso edificar su obra sino sobre la vida interior,
y tuvo fuerza bastante para formar un grupo de jóvenes a los cuales no titubea
en exigir dinero de sus posibilidades, una vida interior integral, la guarda
del corazón sin reservas, la oración de la mañana, etc.; en una palabra, la
vida cristiana completa, como la comprendían y practicaban los primeros
cristianos.
Y esos jóvenes apóstoles, que han ido sucediéndose en Marsella, continúan
siendo el alma de aquella Obra, que ha dado a
Hemos hablado de los padres de familia. Esta palabra evoca una afirmación que
se oye por todas partes, y es la siguiente:
"El apostolado que se ejerce con relativa facilidad sobre los jóvenes de
ambos sexos, y sobre las madres, es casi imposible cuando se trata de los
hombres. Y, sin embargo, mientras no consigamos que los padres de familia sean
buenos cristianos y apóstoles, la influencia tan estimable de las madres
quedará paralizada o será muy efímera, y jamás llegaremos a implantar el
reinado social de Jesucristo. Y, sin embargo, es inútil toda tentativa para
atraer a los hombres y hacerles cristianos de fondo en esta parroquia, en esta
barriada, en este hospital, en esta fábrica, etcétera."
Esta confesión de nuestra incapacidad, ¿no es muchas veces una certificación de
la insuficiencia de nuestra vida interior, que es la única que nos sugerirla
recursos para evitar que tantos hombres escapen a la acción de
Se nos habla de una obra militar establecida en una de las más importantes
ciudades de Normandía, y tales eran los detalles que se nos daban, que la
sorpresa nos hacía dudar de la verdad de las informaciones que recibíamos. Por
ejemplo: que los soldados acudían a las funciones religiosas de adoración para
reparar las blasfemias y vicios del cuartel, en mayor número que a los
conciertos de música o a las sesiones de teatro. Hubimos de rendirnos a la evidencia
cuando nos informamos del amor que tenía el Capellán al Tabernáculo y de los
apóstoles que había sabido formar a los pies de Jesús.
Después de este ejemplo, ¿qué se puede pensar de otros apóstoles para quienes
los cines, los tablados, la acrobacia, etc., constituyen el programa de un
quinto Evangelio para la conversión de los pueblos?
A falta de otros recursos, éstos servirán para atraer adeptos o alejarlos de
otros lugares peligrosos, ¡pero el provecho será tan pequeño y tan efímero!
Dios nos libre de desalentar a nuestros queridos compañeros que no pueden concebir
ni emplear sino esos medios y piensan (como nosotros en la misma inexperiencia
de nuestros primeros años de apostolado) que sus patronatos quedarían desiertos
el día en que ellos destinasen menos tiempo a la preparación de las
recreaciones, que estiman condición sine qua non de la marcha próspera
de sus obras. Nos limitamos a ponerlos en guardia contra el peligro de dar
demasiado espacio a esos medios, a desearles la gracia de comprender la tesis
del canónigo Timon-David, cuya conversación hemos relatado en uno de los
primeros capítulos.
Un día, cuando no llevábamos sino dos años de sacerdocio, aquel venerable
sacerdote se creyó en la obligación de terminar su conversación con nosotros
con estas palabras dichas en el tono más fraternal, pero no sin un dejo de
compasión: "Non potestis portare modo; más adelante, a medida que
avance usted en la vida interior, podrá comprenderme mejor. Hoy, teniéndolo
todo en cuenta, debe emplear esos medios de los que no puede prescindir por
carecer de otros. En cuanto a mí, conservo perfectamente su número con los
viejos juegos de siempre, que tienen la novedad de ser muy baratos y hacer
descansar al espíritu, por su misma sencillez. Ya ha visto usted en el desván,
agregó finalmente, los instrumentos de música que en mis principios consideré
indispensables. Pero mire; precisamente en este momento está llegando la música
que tenemos ahora. Usted juzgará por si mismo."
En efecto, pocos minutos después desfilaba delante de nosotros un grupo de unos
cincuenta muchachos de doce a diecisiete años. ¡Qué zambra armaban! ¿Quién
hubiera podido reprimir una carcajada a la vista de aquel batallón que el viejo
canónigo contemplaba con satisfacción? "Mire, me dijo, el que va delante
vuelto de espaldas, agitando el bastón como un músico mayor, o se lo lleva a
los labios a guisa de clarinete, es un suboficial que está con licencia y es
uno de mis más eficaces colaboradores. Cuando su cargo se lo permite, comulga
todos los días y jamás deja la media hora diaria de oración. Es un ánima
fiestas extraordinario, y siempre pone a contribución su talento para que no
decaigan la alegría y las diversiones de los medianos. Tiene mil
recursos para sostener el entusiasmo de estos jóvenes. Pero nada escapa a su
vigilancia y a su corazón de apóstol." Ciertamente no podía uno menos que
reírse ante aquella serie de vulgaridades, tan conocidas y oídas, que
ejecutaban los músicos: "El pato abriendo las alas", "Has
visto mi gorra", etc. En cuanto el jefe de orquesta daba la señal con
su ejemplo, se cambiaba de pieza. Cada uno de los ejecutantes imitaba un
instrumento. Unos ponían las manos a modo de bocina delante de la boca; otros
soplaban sobre un papel haciéndolo vibrar, unos pocos habían hecho unas flautas
con cañas. Me olvidaba del sacabuche y del bombo que llevaban dos ejecutantes
de primera fila. El primero estaba formado por dos palos, a uno de los cuales
el músico le daba un movimiento de tira y afloja y vaivén, y el segundo era un
bidón viejo de petróleo. Tenían tal cara de satisfacción todos ellos que se
veía que estaban encantados con su orquesta.
Vamos detrás de ellos, me dijo el canónigo. Al final de la avenida se levantaba
una estatua de
Los músicos se ponen en pie y comienzan de nuevo el estrépito, que llena la
plaza. Un momento después pasaron al juego de barra, que les apasionaba.
Observamos que el suboficial, al levantarse después del Ave maris stella,
dijo algo al oído de dos o tres de los jóvenes, quienes con semblantes alegres,
y como obedeciendo a una costumbre, quitándose las blusas y las alpargatas con
que jugaban, se dirigieron a la capilla para pasar un cuarto de hora a los pies
del Divino Prisionero.
"Nuestra ambición —agregó entonces Timon-Da-vid con una profunda
convicción—, nuestra ambición debe dirigirse a formar celadores que tengan tan
intenso amor a Dios, que cuando dejen el patronato y formen una familia sigan
siendo apóstoles y se preocupen en comunicar al mayor número posible de almas
los ardores de su caridad. Si nuestro apostolado se limitase a la formación de
buenos cristianos, ¡qué ideal tan pobre el nuestro! Debemos aspirar a la
creación de legiones de apóstoles, para que la familia, que es la célula fundamental
de la sociedad, se convierta en un centro de apostolado. Pero sólo una vida de
sacrificio y de intimidad con Jesús podrá darnos la fuerza y el secreto de
realizar este programa integral. Únicamente así nuestra acción en la sociedad
tendrá la fuerza que deseamos, y se cumplirán las palabras del Maestro: Ignem
veni mittere in terram et quid volo nisi ut accendatur (181).
Por desgracia, tuvieron que pasar algunos años para que llegásemos a penetrar
el alcance de aquellas lecciones vivientes del canónigo, tan psicólogo y hombre
práctico, y comparar, puesta la mira en Dios, para quien nada son los éxitos
aparentes, los resultados de los distintos medios empleados.
Estos medios sirven, según rué sean sencillos como el Evangelio o complicados
como cuanto es demasiado humano, para apreciar las obras y sus autores.
El joven David avanzó frente a Goliat, contra quien habían luchado inútilmente
los más poderosos ejércitos de Israel. Le bastaron una onda, un cayado y cinco
piedras. Pero su frase In nomine Domine exercituum (182) era ya un alma
capaz de llegar a la santidad.
En estos tiempos se habla mucho de las obras laicas post-escolares. Pero por
muy grandes que sean las sumas que el Estado gaste en su sostenimiento, y
magníficos locales en que se establezcan, las obras post-escolares de
Terminemos con un episodio al caso, que nos servirá para analizar al hombre de
obras, que, al parecer sabe llevar las almas a Dios Nuestro Señor y hacer de
ellas apóstoles suyos, pero que en realidad se limita a suscitar entusiasmos
nacidos de la simpatía hacia su persona y de la acción magnética que ejerce en
torno suyo. Entusiasmados de estar con un hombre encantador, que es muy piadoso
y orgulloso de ser el objeto de sus ocupaciones y desvelos, los adeptos le
hacen la corte, por decirlo así, y por darle gusto aceptan toda clase de
prácticas, aun aquellas que por exigir esfuerzos parecen reflejar la verdadera
devoción.
Una Congregación de Hermanas Catequistas, dignas de admiración, era dirigida
por un Religioso cuya vida acaba de publicarse. Un día dijo a
A los quince días (
En el catecismo de
Allí se respiraba la atmósfera del recogimiento en la atención. Los niños
estaban en la sala de catecismo como si fuera
f)
El fin de
Pero el apóstol se asimila la vida divina en
Es imposible meditar en las consecuencias del dogma de la presencia real, del
sacrificio del altar y de la comunión, sin llegar a la conclusión de que
Nuestro Señor instituyó este Sacramento con el fin de hacerlo foco de toda
actividad, de toda abnegación y de todo apostolado, que sean de utilidad
verdadera para
Hic, o sea sólo él. Dios no obra con eficacia sino por él. Es lo que
dice San Atanasio: "Nosotros nos hacemos dioses por la carne de
Cristo." Cuando el predicador o el catequista conservan en su ser el
calor de
El amor se perfecciona en
La fecundidad del apostolado, casi invariablemente, es paralela al grado de
vida eucarística alcanzado por el alma del apóstol. Efectivamente, un
apostolado será eficaz en la medida en que provoque en las almas la sed de
participar frecuente y prácticamente en el divino banquete. Y este resultado no
se obtiene sino en la medida en que el mismo apóstol vive en verdad, de
Jesús-Hostia.
Semejante a Santo Tomás, que hundía su cabeza ante el tabernáculo para hallar
la solución de las dificultades teológicas, el apóstol también se postra allí
para confiar al huésped divino todos sus secretos, y su acción sobre las almas
es el resultado práctico de sus confidencias con el Autor de la vida.
Nuestro admirable Pontífice y Padre, Pío X, el Papa de la comunión frecuente es
también el Papa de la vida interior. Instaurare omnia in Christo (189)
ha sido la primera palabra que dirigió, programa de un apóstol que vive de
¿Por qué las obras de nuestro tiempo, tan variadas, pero tan estériles, no han
regenerado la sociedad? Confesémoslo una vez más; su número es mayor que el de
los siglos pasados y, sin embargo, no han logrado impedir que la impiedad
arrasara en proporciones alarmantes el campo del padre de familias. ¿Por qué?
Porque no están suficientemente en-quistadas en la vida interior, en la vida
eucarística ni en la vida litúrgica bien entendida. Los hombres de obras
que las dirigen pudieron explayar en ellas su filosofía, su talento y su piedad
hasta cierto punto; lograron lanzar algunas llamaradas de luz y adoptar algunas
prácticas de devoción. Pero como no bebieron de la fuente de la vida, no
pudieron irradiar el calor que doblega las voluntades. En vano hubieran
pretendido despertar esas abnegaciones ocultas, pero irresistibles, ni esos
fermentos activos de las colectividades, ni esos focos de atracción
sobrenatural, que son irreemplazables, y que silenciosa y constantemente
propagan el incendio en su torno y penetran con lentitud, pero con seguridad,
en todo género de personas que están a su alcance. Su vida en Jesús era muy
débil para alcanzar esos resultados.
En siglos pasados bastaba una piedad ordinaria para preservar a las almas del
contagio del mal. Pero para el virus actual, que tiene una violencia
centuplicada, inoculada por los incentivos del mundo, se precisa un suero
vivificador mucho más enérgico. Por carecer de laboratorios capaces de producir
contravenenos eficaces, las obras se han limitado a provocar un fervor
sentimental manifestado en grandes arranques que se extinguían a poco de nacer,
o cuando han logrado mejores frutos, se redujeron a exiguas minorías. Los
seminarios y noviciados no han producido esos enjambres de sacerdotes,
religiosos y religiosas, bien embriagados del vino eucarístico. Por eso, el
fuego que por su conducto debía transmitirse a los seglares piadosos,
consagrados a las obras, ha quedado en estado latente.
No es raro calificar de buena y hasta excelente, a una parroquia,
porque la gente saluda con respeto al sacerdote, le responde con cortesía, le
manifiesta sus simpatías y hasta le presta algunos servicios, aunque la mayor
parte de los feligreses trabaje los domingos en vez de ir a misa y no frecuente
los sacramentos, con una ignorancia de
¿Por qué nosotros, los obreros evangélicos, que lamentamos esos resultados no
vamos con más frecuencia a esa escuela donde el Verbo instruye a los
predicadores? ¿Por qué no hemos ido a beber la palabra de vida más a fondo, en
esa intimidad de corazones con el Dios de
Las almas no han visto en nosotros el reflejo de Jesús y de su vida en
Retóricos, tribunos, conferenciantes, catequistas y profesores, hemos cumplido
a medias nuestra labor, por no haber reflejado la intimidad de Dios.
Al lamentar los fracasos de nuestras obras, los apóstoles, que sabíamos que en
último término el hombre es arrastrado por el deseo de la felicidad,
preguntémonos si se vio en nosotros irradiación de la dicha eterna e
infinita de Dios, que nos hubiera dado la unión con Aquel que, oculto en el
Tabernáculo, es
El Maestro tenía bien presente este alimento de la alegría tan necesario a los
apóstoles: Haec locutus sum vobis ut gaudium meum sit in vobis et gaudium
vestrum impleatur (190), les dijo acabada la cena, para recordarles hasta
qué punto será
Ministro
Hemos presentado ante las almas ese Dios que es todo Amor, como un legislador
austero y un juez inexorable en la sentencia y riguroso en el castigo, y nos
hemos callado el lenguaje del Corazón de Aquel que tanto ama a los hombres,
porque nuestras efusiones con su Corazón eran tan raras como superficiales.
No carguemos la culpa a la inmoralidad de la sociedad, aunque sea muy grande,
porque podemos comprobar la moralización operada en parroquias mucho tiempo
descristianizadas, por la dirección de sacerdotes juiciosos, activos,
abnegados, competentes y, sobre todo, amantes de
La oración que hacían al pie del Altar no fue estéril, porque pudieron
comprender estas palabras de San Francisco de Asís: La oración es la fuente
de la gracia. La predicación es el canal que distribuye las gracias que hemos
recibido del cielo. Los ministros de la palabra de Dios han sido escogidos por
El Gran Rey para llevar a los pueblos lo que ellos aprendieron y recogieron de
sus labios, SOBRE TODO AL PIE DEL TABERNÁCULO.
Lo que más alienta nuestra esperanza es ver actualmente una generación de
hombres consagrados a las obras, que no se contentan con organizar brillantes
comuniones, sino que saben despertar en las almas la verdadera práctica de la
comunión frecuente.
QUINTA PARTE
ALGUNOS PRINCIPIOS Y AVISOS PARA
1. Consejos a los hombres de obras
para la vida interior
CONVICCIONES
El celo no es eficaz sino en la medida en que se le agrega la acción de
Jesucristo.
Jesucristo es el agente principal; nosotros somos sólo los instrumentos.
Jesucristo niega su bendición a las obras en que el hombre confía únicamente en
sus propios recursos.
Jesucristo no bendice aquellas obras sostenidas por sola la actividad natural.
Jesucristo no bendice las obras en que el amor propio reemplaza al amor divino
(1).
Desgraciado el que resiste, cuando Dios le llama a determinadas obras.
Desgraciado quien se entrega a las obras sin asegurarse de la voluntad de Dios.
Desgraciado el que pretende gobernar las obras con independencia de Dios.
Desgraciado aquel que en el ejercicio de las obras no toma sus medidas para
conservar o recobrar la vida interior.
Desgraciado quien no sabe poner orden en sus vidas interior y activa, para que
no se perjudiquen mutuamente.
PRINCIPIOS
Primer principio. — No lanzarse a las obras llevado exclusivamente de la
actividad natural, sino consultar a Dios, para llegar al convencimiento de que
nos impulsa la inspiración de la gracia y la expresión moralmente cierta de su
voluntad.
Segundo principio. — Es imprudente y perjudicial permanecer durante mucho
tiempo envuelto en ocupaciones excesivas que pudieran dejar al alma en un
estado incompatible con los ejercicios esenciales de la vida interior. En ese
caso, sobre todo los sacerdotes y religiosos, deben aplicar, aun a las obras
más santas, el Erue a te et projice abs te (2).
Tercer principio.—- Ha de imponerse y observarse si es preciso con violencia,
ante el desbordamiento irrefrenable de la vida activa, un reglamento que
determine el empleo habitual del tiempo, hecho con el asesoramiento de un
sacerdote prudente, interior y experimentado.
Cuarto principio. — Para provecho propio y ajeno, hay que cultivar sobre todo
la vida interior. A mayor ocupación, mayor necesidad de esa vida. Por consiguiente,
hay que fomentar la sed de esa vida y poner los medios necesarios para que esa
sed no se convierta en uno de esos deseos estériles que Satanás explota con
tanta habilidad, para cloroformizar a las almas y dejarlas en la ilusión.
Quinto principio. — Cuando el alma se encuentra accidentalmente, por voluntad
de Dios, muy ocupada y en la imposibilidad moral de prolongar sus ejercicios de
piedad, posee un termómetro infalible que le indicará si se mantiene
VERDADERAMENTE en el fervor. Si tiene verdadera sed de vida interior, y
aprovecha todas las ocasiones que se le presentan para cumplir las prácticas
esenciales, puede estar tranquila y contar con gracias especiales que Dios le
reserva; ellas le darán la fuerza suficiente para avanzar en la vida espiritual.
Sexto principio. — Mientras el hombre de acción no ha llegado a conservarse en
el recogimiento y dependencia de la gracia que deben acompañarle en todas
partes, se encuentra en un estado insuficiente de vida interior. Para ese
recogimiento necesario no hay que hacer esfuerzos. Basta una mirada más bien
del corazón que del espíritu. Mirada segura, justa y penetrante, para conocer
si en medio de nuestra actividad seguimos bajo la influencia de Jesús.
CONSEJOS PRÁCTICOS
1.° Fijar en el espíritu la convicción de que sin el Reglamento de que hemos
hablado, y sin una voluntad firme de observarlo habitualmente, y en particular
en cuanto a
2. ° Fundamentar la vida interior, como en un elemento indispensable, en la
oración de la mañana. "Aquel —dice Santa Teresa— que está resuelto, cueste
lo que cueste, a hacer todas las mañanas media hora de oración, ha recorrido la
mitad de la jornada". En cambio, día sin oración, casi invariablemente, es
día de tibieza.
3. °
4. ° El examen particular y general, han de enderezarse, así como
5. ° De esto se sigue la necesidad de las comuniones espirituales y
jaculatorias, que son verdaderas oraciones, muy fáciles de hacer cuando hay
buena voluntad, aun en medio de las ocupaciones más absorbentes, y que al mismo
tiempo admiten una variedad muy grande aplicándolas a las necesidades
especiales del momento presente, a las circunstancias en que se encuentre, a
los peligros, dificultades, laxitud, defecciones, etc.
6. ° El estudio de
7. ° Gracias a la guarda del corazón, que será como la preparación remota de la
confesión semanal ésta podrá estar revestida de una contrición sincera, un
dolor verdadero y un firme propósito, cada vez más leal y resuelto.
8. ° Los ejercicios anuales son muy útiles, pero insuficientes. El retiro mensual
(de un día entero, o medio día por lo menos), con el cual el alma adquiere el
equilibrio que iba a perder, es casi indispensable al hombre de obras.
2.
Un deseo vago de vida
interior, sentido a causa de la rápida lectura de un volumen, no daría NINGÚN
RESULTADO.
Es preciso fijar ese deseo en una resolución precisa, ardiente y práctica.
Muchas personas de obras nos han pedido que les facilitemos los medios de realizar
sus propósitos de llevar vida interior, exponiendo algunas resoluciones
generales.
Satisfacer esos deseos es agregar una suerte de apéndice a ese volumen.
Lo haremos, sin embargo, con gusto, persuadidos por una parte de que ningún
hombre de obras, sea sacerdote o seglar, sacará provecho de la lectura de este
libro si no está resuelto a dedicar todas las mañanas unos instantes a la
oración mental, y por otra, de que todo sacerdote, para progresar en la vida
interior, debe utilizar
Creemos que será más práctico exponer estos tres puntos en forma de
resoluciones personales.
No presumimos de enseñar un método nuevo de oración; nos limitamos a extraer el
meollo de los métodos mejores.
RESOLUCIÓN DE ORAR
YO QUIERO SER FIEL A
I. ¿SE IMPONE ESTA FIDELIDAD?
Yo, SACERDOTE, escuché en los ejercicios espirituales que precedieron a mi
ordenación estas graves palabras: Sacerdos, alter Christus y entendí entonces,
que de no vivir especialmente de Jesús, no sería un sacerdote según su corazón,
ni un alma sacerdotal.
Yo, SACERDOTE, debo vivir en la intimidad de Jesús. Él lo espera de mí. Jam non
dicam vos servos... Vos autem dixi amicos (3).
Pero MI VIDA CON JESÚS, Principio, Medio y Fin, se desarrolla en la medida en
que El es
Ahora bien; esa Vida con Jesús, ASEGURADA POR MI FIDELIDAD A
¿Me negaré a hacerla sabiendo que mi negativa es un ultraje al Corazón de Aquel
que me ofrece este Medio de vivir en amistad con Él?
Otro aspecto importante, aunque negativo, de la necesidad que tengo de hacer
oración: Según
La oración me revestirá de una armadura de acero, que me hará INVULNERABLE a
las flechas del enemigo. Sin oración, ellas se me clavarán seguramente. Por
tanto, muchas faltas que no advierto, o de que apenas me doy cuenta, me serán
imputadas en su causa.
"El sacerdote que está en contacto con el mundo,
SI NO ORA, CORRE UN GRAN PELIGRO DE CONDENARSE, decía sin titubear el piadoso,
docto y prudente P. Desurmont, uno de los más experimentados predicadores de
Retiros eclesiásticos.
A su vez el Cardenal Lavigerie, escribe: "Para el apóstol no hay término
medio entre la santidad adquirida, o al menos deseada y fomentada (sobre todo
con la oración diaria), y la perversión progresiva."
Todo sacerdote puede aplicar a la oración que hace, estas palabras Inspiradas
por el Espíritu Santo al Salmista: Nisi quod LEX TUA MEDITATIO mea est, tunc
forte PERIISSEM IN humilitate mea (4). Pero esta ley impone al sacerdote la
obligación hasta de reproducir el espíritu de Jesucristo.
UN SACERDOTE VALE LO QUE SU ORACIÓN. DOS CATEGORÍAS DE SACERDOTES:
1. ° Los sacerdotes que tienen la resolución firme de ni siquiera retrasar la
oración con el pretexto de conveniencia, ocupaciones, etc. Únicamente en algún
caso RARÍSIMO de fuerza mayor, la dejarán para hacerla más tarde durante la
mañana. Pero nada más.
Estos verdaderos sacerdotes tienen el empeño decidido de obtener resultados
apreciables de su oración, que distinguen de la acción de gracias de
Estos poseen la santidad deseada eficazmente. Mientras sigan así, su Salvación
está moralmente asegurada.
2. ° Los sacerdotes que sólo tienen una semi-resolución de hacer oración, y la
retrasan y omiten con facilidad, desnaturalizando su fin o no haciendo esfuerzo
alguno para alcanzarlo.
CONSECUENCIA: tibieza, ilusiones sutiles, embotamiento de conciencia o
conciencia falsa... Peligro de resbalar hacia el abismo.
¿A cuál de estas dos categorías quiero pertenecer? Si dudo en la elección es
que no hice bien los ejercicios espirituales.
Todo se encadena. Si abandono la media hora de oración de la mañana, pronto
SERÁN DE RUTINA O TAL VEZ DUDOSAS, y EL SACRILEGIO...
¡no se hará esperar!
La ciudadela, cuya defensa va abandonándose día por día, acabará por ser
entregada al asalto de una legión de enemigos. Comenzarán por abrir brechas en
ella, y acabará todo en un montón de ruinas.
II. ¿QUÉ DEBE SER MI ORACIÓN?
ASCENSIO MENTÍS IN DEUM (5). "Esa ascensión, dice Santo Tomás, por ser un
acto de la razón, no especulativa, sino práctica, supone un acto de la
voluntad."
CONSECUENCIA:
"La oración, dice Santa Teresa, es una conversación amistosa, en la cual
el alma, habla de corazón a corazón, con Aquel de quien se siente amada."
CONVERSACIÓN CORDIAL. — Sería impío suponer que ese Dios que pone en mi
espíritu la necesidad, a veces el atractivo y hasta la imposición de esa
conversación, no va a facilitármela. Hasta cuando abandono algún tiempo a
Jesús, me llama con ternura, ofreciéndome una asistencia ESPECIAL por medio del
Lenguaje de
¿Osaré resistir a ese llamamiento de un padre que está invitando al hijo
pródigo a escuchar sus palabras y a tener una expansión filial, abriéndole el
corazón para unir sus latidos a los del Corazón de su Padre?
CONVERSACIÓN SENCILLA. — Procederé con naturalidad, hablando al Señor si soy
tibio, como tibio o como pecador, o como pródigo o como ferviente. Le mostraré
el estado de mi alma con candidez infantil, hablándole un lenguaje que sea la
expresión sincera de mi estado.
CONVERSACIÓN PRÁCTICA. — El herrero mete el hierro en la fragua, no para darle
brillo ni para convertirlo en un ascua, sino para hacerlo maleable.
De la misma manera, la oración ilumina mi inteligencia y enciende mi corazón
para dar flexibilidad a mi alma, trabajarla y quitarle las aristas del hombre
viejo, modelándola con las virtudes y dándole la forma de Jesucristo.
Esa conversación mía con Jesús elevará mi alma hasta su santidad (6) para
formarla a imagen y semejanza suya. Tu Domine Jesu. Tu Ipse manu mitissima,
misericordissima, sed tamen fortissima formans ac pertractans cor meum (7).
III. ¿CÓMO HARÉ
Para realizar en mí la definición y el fin de la oración, seguiré este camino
lógico. Empezaré por abrir mi razón y, sobre todo, mi Fe y mi corazón a Jesús
cuando me enseñe una verdad o una virtud. Avivaré la sed de armonizar mi alma
con el ideal que he columbrado. Deploraré lo que haya en mí en oposición con el
ideal. Me decidiré a saltar por toda clase de obstáculos que pudiera prever. Y,
persuadido de que nada puedo de mi cosecha, alcanzaré con mis súplicas la
gracia eficaz para poner en práctica estos propósitos.
Como un viajero extenuado, muerto de sed, busco dónde mitigarla. Por fin, VIDEO
(8). Veo una fuente. Pero brota de una roca escarpada... SITIO. Cuanto más miro
sus aguas cristalinas, que me aliviarían para poder seguir mi camino, más se me
acentúa el deseo de apagar la sed, a pesar de los obstáculos que me lo impiden.
VOLO. Quiero, cueste lo que cueste, llegar a la fuente y hacer toda clase de
esfuerzos para lograrlo. Pero, desgraciadamente, tengo que confesar que no
puedo... VOLO TECUM. Un guía se me presenta. Está esperando a que solicite su
ayuda, para prestármela. Carga conmigo hasta en los pasos más difíciles. Inmediatamente
bebo todo lo necesario para apagar la sed.
Esto ocurre con las Aguas vivas de la gracia que brotan del Corazón de Jesús.
La Lectura espiritual que hago por las tardes, elemento preciso de vida
interior, reaviva en mí el deseo de hacer oración al día siguiente. MOMENTOS
ANTES DE ACOSTARME, preveo de un modo sumario, pero neto y vivo, los puntos de
la oración del día siguiente y el fruto que deseo obtener, y avivo delante de
Dios el deseo de aprovecharme (9).
LLEGADA
Será una representación rápida, hecha a grandes rasgos, lo suficientemente viva
para que pueda impresionarme y PONERME EN PRESENCIA de Dios, cuya Actividad,
hecha toda de Amor, quiere envolverme y penetrarme. De esta manera, estoy en
comunicación con un INTERLOCUTOR VIVIENTE (12).
ADORABLE Y AMABLE
Al punto hago una adoración profunda. Esto se impone.
Anonadamiento, contrición, declaración de dependencia, oración humilde y
confiada para que Dios bendiga ese rato que he pasado con Él (13).
VIDEO
ENTREGADO a tu Presencia viviente, oh Jesús mío, y desprendido del orden
puramente natural, comenzaré estos momentos con el LENGUAJE DE
Eres tú, oh Jesús mío, quien me habla y enseña esta verdad. Quiero reavivar y
aumentar mi Fe en eso que me presentas como absolutamente cierto, porque está
fundado en tu Veracidad.
Y tú, alma mía, no te canses de repetir: CREO. Sigue repitiéndolo con más
fuerza. Como el niño que lee muchas veces la lección, repite tú también muchas
veces que prestas tu adhesión a esa doctrina y a las consecuencias que tiene
para ti en
Inspírame deseos vehementes de vivir de ese Ideal y una santa cólera contra
cuanto se le oponga. Quiero devorar ese alimento de Verdad y asimilármelo.
Si, a pesar de ese avivamiento de
SITIO
De la frecuencia y, sobre todo, de la energía de mis actos de Fe, verdadera
participación en
La
MI corazón escoge uno o varios de esos sentimientos y se penetra de ellos,
expresándooslos, Jesús mío, y repitiéndolos muchas veces con ternura y lealtad
y, sobre todo, con sencillez.
Si la sensibilidad me ofrece su concurso, lo acepto. Puede reportarme alguna
utilidad, aunque no me es necesario. Un amor tranquilo y profundo es más seguro
y de mayor fecundidad que las emociones superficiales, las cuales ni dependen
de mí ni son el termómetro de la oración fructuosa y verdadera. Lo que siempre
depende de mi y me Importa sobre todo, es el esfuerzo para sacudir el
embotamiento del corazón y obligarle a decir: Dios mío, quiero unirme a Vos.
Quiero anonadarme en vuestra presencia. Quiero expresaros mi gratitud y la
alegría que siento en cumplir vuestra voluntad. No quiero mentir más, al
deciros que os amo y que detesto lo que Os hiere, etc.
Dentro de la lealtad de mis esfuerzos, mi corazón puede quedar frío y no
expresar, sino tibiamente, sus afecciones. Entonces, Jesús mío, te expresaré
con toda ingenuidad mi humillación y mis deseos... Y prolongaré reflexivamente
mis quejas, persuadido de que con estos gemidos que exhalo en tu presencia por
mi esterilidad, adquiero un derecho especial a unirme de manera eficacísima,
aunque seca, ciega y fría, a las afecciones de tu divino Corazón.
Qué bello es, Jesús mío, el Ideal que veo en Ti. Pero, ¿está mi vida en armonía
con ese Ejemplar perfecto? Voy a averiguarlo bajo tu profunda mirada, oh divino
Interlocutor, que eres ahora todo Misericordia, y serás Justicia estricta
cuando me presente a Ti en el juicio particular, en que de un solo golpe de
vista escrutarás los móviles más secretos de todos los actos de mi existencia.
¿Vivo de ose Ideal? Si muriera en este instante, ¿no encontrarías, oh Jesús
mío, que mi conducta estaba en contradicción con él?
¿En qué puntos deseas, mi buen Maestro que me corrija? Ayúdame a descubrir los
obstáculos que se oponen a que te imite: las causas internas o externas, y las
ocasiones próximas o remotas de mis caídas.
La vista de mis miserias y dificultades me obliga, Redentor adorado, a
expresarte con todo mi corazón, confusión, dolor, tristeza, amargo
arrepentimiento, sed ardiente de portarme mejor, ofrecimiento generoso y sin
reservas de mi ser. Volo placeré Deo in omnibus (15).
VOLO
Doy un nuevo avance en la escuela del QUERER.
Es el LENGUAJE DE
Si alguna vez no pronuncio ese VOLO con la energía que fuera de desear, oh mi
buen Jesús, lamentaré esa falta de voluntad y, en lugar de perder aliento, no
me cansaré de repetir cuánto deseo participar de la generosidad que tuviste en
el servicio de tu Padre.
A la resolución general que he formado de trabajar en mi satisfacción y en amor
de Dios, agrego la de aplicar la oración que haga, a las dificultades,
tentaciones y peligros del día. Pero mi empeño principal estriba en formar
nuevamente, con un amor más vivo,
Si me veo en una ocasión especial de disipación, inmortificación, humillación,
tentación o decisión grave, procuraré estar vigilante, ser enérgico en cumplir
mi deber y, sobre todo, me uniré con Jesús y acudiré a María.
Si, a pesar de esas precauciones, llegase a caer, ¡qué abismo existiría entre
estas caídas por sorpresa y las otras! Atrás la cobardía; yo sé que doy gloria
a Dios con la perpetua renovación de mis propósitos, para ser más decidido,
para desconfiar de mí y para acudir a Él en mis súplicas. El éxito no se logra
sino a este precio.
VOLO TECUM
Exigir a un cojo que ande derecho, es menos absurdo que pretender ser santo sin
Ti, oh Salvador mío (San Agustín).
¿Por qué mis resoluciones han quedado estériles, sino porque el Omnia possum no
ha nacido del In eo qui me confortat? (17). Llego ya al punto, en cierto
sentido, el más importante de mi oración:
Nad
La gracia me ha hecho miembro de tu Cuerpo místico, y así participo de tu Vida
y méritos y oro por Ti, oh Jesús mío. ¡Padre Santo!, te suplico por
Si apareciera algún obstáculo o tentación, o algún sacrificio que debo imponer
a mis facultades, el texto o pensamiento que guardo en mi memoria como
Ramillete espiritual, me hará respirar el perfume de la oración, que ha
envuelto a mis resoluciones, y otra vez en este momento lanzaré el grito de
* * *
Cuando llegare a VIVIR DE FE Y DE SED HABITUAL DE DIOS, el trabajo del Video
quedará suprimido algunas veces; el Sitio y el Volo surgirán desde el principio
de la oración que emplearé en producir afectos y ofrecimientos, en robustecer
mis resoluciones y en suplicar ante Jesús directamente, o por medio de María
Inmaculada, a los Ángeles y Santos, una unión más íntima y constante con
El Santo Sacrificio me espera. Me he preparado con
El rezo de las distintas horas del Breviario en unión con
* * *
Ahora reprimimos nuestro corazón que, en su deseo de ser útil a los hombres de
obras, quisiera consagrar aquí una atención especial al EXAMEN PARTICULAR.
Alargaríamos demasiado este volumen si realizáramos este pensamiento y, sin
embargo, de la lectura de Casiano y de otros Padres de
De acuerdo con su director, el alma está resuelta a vigilar, durante la oración
más directamente, y después, en el transcurso del día, un defecto o una virtud,
que son el manantial de otros defectos o de otras virtudes.
A veces, un carro es arrastrado por varias caballerías. El conductor las sigue
a todas con los ojos. Pero en el centro del tiro va una a la cual el conductor
atiende con cuidado especial, porque sabe que, si se detiene o apresura
excesivamente, las otras se desvían.
El análisis que hacemos de nuestra alma por medio del examen particular, para
ver si avanzamos, retrocedemos o estamos parados, en un punto bien determinado,
no es otra cosa que un elemento de la guarda del corazón.
3.
RESOLUCIÓN DE VIDA
LITÚRGICA
Con
I. ¿QUÉ ES
Oh Jesús mío, te adoro como Centro que eres de
Tú, alma mía, has de contemplar en el Seno mismo de
Dios ha querido ser alabado fuera de sí. Creó los ángeles y en el cielo
resuenan sus aclamaciones, cuando dicen Sanctus, Sanctus, Sanctus. Ha creado el
mundo visible, que entona un himno a su poder: Coeli enarrant gloriam Dei.
Aparece Adán y comienza a entonar en nombre de la creación entera el himno de
alabanzas, eco de
Sólo tú, Jesús, mío, eres el himno perfecto, por ser la gloria verdadera del
Padre. Nadie puede glorificarlo dignamente, sino por ti. Per Ipsum et cum Ipso
et in Ipso est Ubi Deo Patri... onmis honor et gloria (21). Tú eres el LAZO DE
UNIÓN entre
Antes de dejar la tierra, divino Salvador, instituiste el Sacrificio de
Pero dejaste a
Has dado también a esa Iglesia la misión de continuar, hasta la consumación de
los siglos, la oración y la alabanza que tu Corazón no ha cesado de elevar a tu
Padre durante tu vida mortal, y que aún les ofrece incesantemente en el
Tabernáculo y en los esplendores de la gloria celestial.
Con el amor de Esposa que te profesa, con la solicitud de Madre que tu Corazón
puso en ella para con nosotros,
Desd
Estas alabanzas y plegarias de
¡Señor, las leyes que tu Iglesia no me piden estrictamente, sino la fiel
observación de los ritos y la pronunciación exacta de las palabras!
Pero no hay duda de que deseas que mi buena voluntad te ofrezca algo más.
Quieres que mi espíritu y mi corazón se aprovechen de las riquezas encerradas
en
Arrastrado por el ejemplo de tus más fieles servidores, quiero, mi buen
Maestro, apresurarme a tomar asiento en el rico festín a que me convida
Algunas reflexiones sobre la idea madre que relaciona entre sí los elementos
litúrgicos, y sobre los frutos que servirán para reconocer mis progresos, me
preservarán de las falsas ilusiones.
Cada uno de los ritos sagrados puede compararse a una piedra preciosa. Pero
¡qué brillo y valor adquirirán los que se refieren a
Si mi alma, durante un lapso de tiempo, se deja influir por un Misterio, y
alimenta la inteligencia y el corazón de cuanto
El misterio no se limita a penetrar en mi alma como una verdad abstracta,
asimilable por medio de la meditación, sino que se apodera de todo mi ser,
poniendo en movimiento mis facultades sensibles para moverme el corazón,
determinando mi voluntad a la acción.
No se reduce, pues, a un sencillo recuerdo del pasado ni a un simple
aniversario, sino que es un hecho, que tiene el carácter de un acontecimiento
presente, que la iglesia se aplica actualmente y en el cual tiene una
participación real.
En la época de Navidad, por ejemplo, al celebrar el advenimiento del Divino
Niño, mi alma puede decir al pie del altar: Hodie Christus natus est; hodie
Salvator apparuit, hodie in terra canunt Angeli (23).
En cada uno de los períodos del Ciclo Litúrgico, el Misal y el Breviario me
descubren una nueva irradiación del amor de Aquel que es nuestro Rey, Doctor,
Médico, Consolador, Salvador y Amigo. En el altar, del mismo modo que en Belén,
Nazaret o a orillas de Tiberíades, Jesús se nos muestra como Luz, Amabilidad,
Ternura y Misericordia, y sobre todo como el AMOR PERSONIFICADO, porque es el
SUFRIMIENTO PERSONIFICADO, el Agonizante de Getsemaní y el Reparador del
Calvario.
Así,
De este modo, ¡oh Jesús mío!, comparto, gracias a
¿Cómo realizaré en mi Apostolado los deseos del Papa Pío X, y cómo podrán los
fieles, con mi concurso, participar activamente de los Santos Misterios y de
Para mejor unificar mi vida espiritual y tener una unión más íntima con la vida
de
¡Maestro adorable!, presérvame de las FALSIFICACIONES o ALTERACIONES DE
Presérvame de esa piedad que hace consistir
Haz que arraigue en mí la convicción de que en esta época de tantas ocupaciones
que nos absorben con tantos peligros,
Aleja de mí el Sentimentalismo y la "Sensiblería piadosa", que hacen
consistir
Esto no significa que tú me exijas que sea insensible a la belleza y poesía de
Por consiguiente, puedo perfectamente saborear la saludable e inalterable
frescura de los Dogmas que
Conclusión última: Yo podré decir que poseo la verdadera Vida litúrgica, cuando,
penetrado del espíritu litúrgico, utilice
III. ESPÍRITU LITÚRGICO
Esta vida litúrgica, ¡oh Jesús mío!, supone una atracción especial por cuanto
se relaciona con el culto.
Tú das gratuitamente esta atracción a quienes te place. Otros son menos
privilegiados. Pero la lograrán, como te la pidan, ayudándose con el estudio y
reflexión. La meditación que haga más adelante sobre las ventajas de
Sólo el unirse, aunque sea de lejos, con
Tomar una parte activa, según las palabras taxativas del Papa Pío X, y cooperar
a los Santos Misterios y a
Pero, ¡oh, Santa Iglesia, qué noble misión es la de quien, en virtud de su
ordenación o de la profesión religiosa se presenta todos los días, unido a los
Ángeles y Bienaventurados, como tu Embajador de derecho ante el trono de Dios
para expresar
Y esta dignidad es incomparablemente más sublime, y por encima de toda
expresión, cuando yo, Ministro sagrado, me hago otro Tú mismo, ¡oh divino
Redentor mío!, en virtud de la administración de los Sacramentos y, sobre todo,
de la celebración del Santo Sacrificio de
PRIMER PRINCIPIO.
Tu Iglesia, ¡oh Jesús mío!, forma una Sociedad perfecta cuyos miembros,
estrechamente unidos, están destinados a formar otra Sociedad más perfecta
todavía y más santa: la de los Bienaventurados.
Como cristiano, soy miembro de ese Cuerpo y Tú eres
Tu Apóstol me enseña esta doctrina que me ensancha el alma y dilata mi
espiritualidad. De la manera, dice, que en un cuerpo tenemos muchos miembros,
mas todos los miembros no tienen una misma operación, así muchos somos un solo
cuerpo de Cristo, y cada uno miembros los unos de los otros (29). Así como el
cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, aunque
sean muchos, son, no obstante, un solo cuerpo, así también Cristo (30).
Es la unidad de
La Iglesia es la reunión de los fieles que, bajo el gobierno de la misma
autoridad, están unidos con una misma Fe e idéntica Caridad y tiende al mismo
fin, que es
La gran oración, canal preferido de la gracia, es la oración litúrgica, es
decir, la oración de la misma Iglesia, que es mes poderosa que la de los
particulares y de las mismas asociaciones piadosas, por eficaces y
recomendables que sean en el Evangelio, la oración particular y la oración en
común (33).
Por estar incorporado a la verdadera Iglesia, y ser hijo de Dios y miembro de
Cristo en virtud del Bautismo, he adquirido el derecho de participar en los
demás sacramentos, en los divinos oficios, en los frutos de
En el Bautismo quedé marcado con un carácter indeleble que me destina al culto
de Dios, según el rito de la religión cristiana (34). En virtud de la
consagración bautismal, me constituyo en miembro del reino de Dios y formo
parte de la raza escogida, del sacerdocio real y del pueblo santo (35).
Desde entonces participo como cristiano en el sagrado ministerio, aunque de un
modo lejano e indirecto, por mis oraciones, por la parte que tengo en la
ofrenda y por mi concurso al sacrificio de
En efecto, de tal modo
Además, en
De esa estrecha lazada que une a todos los miembros entre sí, por la misma fe y
la participación en los mismos sacramentos, nace en las almas la caridad
fraterna, marca distintiva de los que quieren imitar a Jesucristo y seguir sus
pasos: En esto conocerán todos que sois mis discípulos: si tuviereis caridad
entre vosotros (39).
Esta unión entre los miembros de
Estas verdades son el fundamento de
¡Cómo enciende en mi corazón el amor hacia ti, Santa Iglesia de Dios, este
pensamiento: Yo soy uno de tus miembros; soy miembro de Cristo! ¡Cómo inflama
mi corazón en el amor de todos los cristianos, pues que ellos son mis hermanos,
y que todos no somos sino una cosa en Cristo! ¡Y cómo lo enciende en el amor de
mi divina Cabeza, que es Jesucristo!
Nada de cuanto os afecta puede dejarme indiferente. Entristecido si os
perseguí, salto de gozo al escuchar vuestras conquistas y vuestros triunfos.
¡Qué alegría pensar que con mi santificación contribuyo a aumentar vuestra
hermosura y trabajo en la santificación de todos los hijos de
¡Oh Santa Iglesia de Dios, yo quiero, en cuanto dependa de mí, que seas más
bella, santa y numerosa; con esa belleza del conjunto que nace de la perfección
de cada uno de tus hijos, fundidos en esa estrecha solidaridad que fue la idea
madre de la oración de Jesús después de
¡Cómo aprecio tu oración litúrgica, oh. Iglesia, madre mía! Por ser yo uno de
tus miembros, esa oración es también oración mía, sobre todo cuando asisto y
tengo cooperación en ella. Todo lo tuyo es mío, y todo lo mío te pertenece.
Una gota de agua, es nada. Unida al océano, participa de su poder y de su
inmensidad. Esto ocurre con mis oraciones, unidas a las tuyas. A los ojos de
Dios, para quien todo está presente, y cuya mirada abarca a un mismo tiempo el
pasado, el presente y el futuro, mi oración forma un todo con ese concierto
universal de alabanzas que Tú, desde tu constitución, elevas y continuarás
elevando hasta el fin de los tiempos, hasta el trono del Eterno.
Tú quieres, ¡oh Jesús mío!, que mi piedad sea, en cierto sentido, útil,
laboriosa e interesada.
Pero me has enseñado a conocer en el orden que estableciste en las peticiones
del Padre Nuestro cuánto deseas que mi piedad sea ANTE TODO, consagrada a la
alabanza de Dios (41), y que no se encierre en el egoísmo, estrechez ni
aislamiento, sino que, por el contrario, me impulse a abarcar en mis súplicas
iodos las necesidades de mis hermanos.
Facilítame, por medio de
T
Durante su vida pública, Jesús hablaba como quien tiene autoridad para hacerlo
(43). Tú hablas del mismo modo también, ¡oh Santa Iglesia y Madre mía!
Depositaría del tesoro de la verdad, tienes conciencia de tu misión.
Dispensadora de
No te diriges a nuestra razón para decirnos: Examinad, estudiad. Haces un
llamamiento a nuestra Fe, diciéndonos: Tened confianza en mí. ¿No soy vuestra
madre? ¿Quién mejor que su Esposa conoce a Cristo? ¿Dónde, pues, encontrarás el
espíritu de tu Redentor mejor que en
Sí, santa y amantísima Madre mía, yo me dejaré que me guíes y formes, con la
candidez y confianza de un niño, diciendo: 7o oro con mi Madre. Ello pone en
mis labios sus propias palabras para que me penetre de su espíritu y logre que
sus sentimientos pasen a mi corazón. Contigo, pues, ¡oh Santa Iglesia!, me
alegraré: guadeamus, exultemus; contigo gemiré: ploremus; contigo cantaré mis
alabanzas: confitemini Domino; contigo pediré misericordia: miserere; contigo
esperaré: speravi, y contigo amaré: diligam. Con verdadero ardor me asociaré a
las peticiones que hagas en tus admirables oraciones, para que las saludables
emociones que quieres hacer brotar de las palabras y ritos sagrados, penetren
más profundamente en mi corazón, le hagan más dúctil a los toques del Espíritu
Santo y logren fundir mi voluntad con la voluntad divina.
* * *
SEGUNDO PRINCIPIO. — Cuando en una función litúrgica actúo como REPRESENTANTE
DE
Por ser representante de tu Iglesia para ofrecer incesantemente a Dios por Ti,
oh Jesús mío, el sacrificio de alabanza y de petición, en nombre de ella y de
todos sus hijos, soy, según la bella expresión de San Bernardino de Sena,
persona publica totius Ecclesiae os (45).
Por consiguiente, en cada una de las funciones litúrgicas, debe producirse en
mí como un desdoblamiento, semejante al que se realiza en un embajador. En su
vida privada, es un particular como otro cualquiera. Pero, cuando revestido de
las insignias de su cargo, habla u obra en nombre de su Soberano, se constituye
en aquel momento en su representante y, en cierto sentido, en la -persona misma
de él. Lo mismo ocurre conmigo cuando cumplo las funciones litúrgicas. A mi ser
individual viene a agregarse una dignidad que me reviste de un mandato público.
Entonces puedo y debo considerarme como el delegado, como el diputado oficial
de
Cuando hago oración, o rezo el Oficio divino, aunque sea privadamente, no lo
hago exclusivamente en mi propio nombre. No soy yo quien ha escogido las
fórmulas que empleo.
Desde entonces, si tengo conciencia de mi dignidad, ¿cómo podré comenzar el
rezo del breviario, por ejemplo, sin que se opere en mi ser una acción
misteriosa que me eleve por encima dé mí mismo, y por encima del curso natural
de mis pensamientos, para lanzarme de lleno en la convicción de que soy como un
mediador entre el Cielo y
¡Qué desgracia la mía si me olvidare de estas verdades! Los Santos vivían
penetrados de ellas (49). Dios espera que yo las tenga presentes siempre que me
disponga a ejercer alguna de mis funciones.
Oh Dios mío, haz que estime en todo su valor esta misión que
* * *
TERCER PRINCIPIO. — Por ser SACERDOTE, tengo obligación, al consagrar
Tus fieles, oh Jesús mío, forman un solo cuerpo, pero los miembros del cuerpo
no tienen las mismas atribuciones (52). Divisiones gratiarum sunt (53).
Por haber querido perpetuar tu Sacrificio en
Tú, que eres el Soberano Sacerdote, determinaste desde la eternidad elegirme y
consagrarme Ministro tuyo para ejercer por mi tu Sacerdocio (54). Me has
investido de tus poderes para realizar con mi cooperación (55) una obra mayor
que la creación del Universo, el milagro de
¡Cómo comprendo ahora las expresiones de entusiasmo de los Santos Padres,
cuando proclamaban la grandeza de la dignidad sacerdotal! (56). Sus Palabras me
fuerzan en buena lógica a considerarme, en virtud de la comunicación que me has
hecho de tu sacerdocio, como otro Tú: Sacerdos alter Christus.
¿No hay, en efecto, identificación entre Tú y yo, cuando tu Persona y mi
Persona están unidas hasta tal punto que haces tuyas las palabras Hoc est
Corpus meum. Hic est calix Sanguinis mei, que yo pronuncio? (57).
Puedo decir que te presto mis labios, porque digo sin mentir: Mi Cuerpo, Mi
Sangre (58). Basta que quiera yo consagrar, para que lo quieras Tú. Tu voluntad
está fundida con la mía. En el acto más trascendental que puedes realizar en
De tal modo obras valiéndote de mí, que si dijera sobre la materia del
Sacrificio: Este es el cuerpo de Jesucristo, en lugar de decir: Este es mi
Cuerpo, la consagración serla nula.
La Eucaristía eres Tú mismo, oh Jesús mío, bajo los accidentes del pan. Y cada
una de las Misas, ¿no viene a poner más de relieve ante mis ojos que el
sacerdote eres Tú mismo, oh Sacerdote único, bajo las apariencias de un hombre
que has elegido para Ministro tuyo? (59).
Alter Christus! Cada vez que confiero algún sacramento, debo recordar esta
palabra y vivirla. Tú solo, por ser el único Redentor, puedes decir: Ego te
baptizo, Ego te absolvo, y ejercer así un poder que es tan divino como el poder
creador. Yo también pronuncio esas mismas palabras. Y los Ángeles les prestan
tanta atención como al Fiat que fecundó la nada (60), porque, ¡oh maravilla!,
tienen la virtud de formar a Dios en un alma, y de producir un Hijo de Dios,
participante de la vida íntima de
¡Cómo! Si en el ejercicio de tus funciones estás fundido conmigo, ¿un momento
después darás lugar a que Satanás ocupe mi puesto, para hacer de ti cuándo
pecas una suerte de Anticristo, o para adormecerte hasta el punto de hacerte
olvidar deliberadamente la obligación que tienes de imitarme y de esforzarse en
revestirte de mi, según la expresión de mi Apóstol?
Absit!
Absit! Cuenta con mi misericordia, cuando caes a diario en esas faltas de
fragilidad, de las que te arrepientes en seguida y procuras reparar.
Pero serme infiel a sangre fría, e inmediatamente ejercer sin ningún
remordimiento las funciones más sublimes, es para excitar mi cólera; ¡no lo
dudes!
Hay un abismo entre tus funciones y las que ejercían los sacerdotes de
Ademán, (con qué rigor prohíbe
Bajo mi inspiración,
No quiero, Señor, que mis genuflexiones, signos de cruz y fórmulas sean en
adelante un vano simulacro que oculte el vacío, la frialdad o la indiferencia
para la vida interior, que añadan a todas mis faltas la de una exhibición falsa
a los ojos del Eterno. Que se apodere de mí un santo temblor cada vez que
revestido de los ornamentos litúrgicos me acerque a vuestros tremendos
misterios. Que las plegarias que acompañan a los actos y las fórmulas del Misal
y del Ritual que tienen tanta unción y fuerza, me inviten a escrutar mi
corazón, para ver si está en armonía con el Tuyo, oh Jesús mío, bajo el impulso
de un deseo leal y eficaz de imitarle por medio de
Atrás los subterfugios, alma mía, que pudieran servirme para creer que la
obligación de ser Alter Christus se limita al tiempo en que cumplo las
funciones sagradas, y que, ya que no soy un "Contra-Cristo", estoy
dispensado de revestirme de Jesucristo.
Después de ser no solamente Embajador de Jesucristo crucificado, sino otro El,
¿pretendería emboscarme en una piedad cómoda y contentarme con unas virtudes de
burgués?
Vana sería mi pretensión si quisiera persuadirme de que el religioso encerrado
en el claustro tiene mayor obligación que yo de esforzarse en imitar a
Jesucristo y adquirir la vida interior. ERROR PROFUNDO basado en una confusión.
Para alcanzar la santidad de religioso ha asumido la obligación de poner en
práctica unos medios determinados: Los votos de obediencia y pobreza y el
cumplimiento de
Desgraciado de mí si me durmiera en esa ilusión, culpable a todas luces, porque
para disiparla me basta consultar las enseñanzas de
Desgraciado de mí si no supiera aprovecharme de las funciones que ejerzo, para
conocer tus exigencias, o si me hiciese sordo a las voces que me están dando
los objetos santos, con que convivo; altar, confesionario, pila bautismal,
paños del altar y ornamentos sagrados. Imitamini quod tractatis (63). Mundamini
qui fertis vasa Domini (64). Incensum et panes offerunt Deo, et ideo sancti
erunt (65).
¿Qué excusa podré presentar si cierro mis oídos a tus llamadas, ¡oh Jesús mío!,
cuando cada una de las funciones que ejerzo es la ocasión de una gracia actual
que me ofreces para modelar mi alma a tu imagen y semejanza?
Impone Domine, capiti meo galeam salutis, ad... Praecinge me cingulo
puritatis... Ut indulgeris omnia peccata mea. Fac me tuis semper inhaerere mandatis
et a te numquam separari permittas, etc. No soy el único que te dirige estas
súplicas. Todos los verdaderos fieles, las almas fervientes que te están
consagradas y los miembros de
En vez de quedar excluido por mis voluntarias negligencias de los sufragios que
elevo a tu Padre en favor de los fieles, al celebrar
Resumiremos en pocas palabras los tres principios del espíritu litúrgico.
CUM ECCLESIA. Cuando me uno como simple cristiano a
ECCLESIA. Cuando vengo a ser la misma Iglesia, por ser su Embajador ante el
Trono de Dios, siento un impulso mayor a hacer mías sus aspiraciones, para
hallarme menos indigno de dirigirme a
CHRISTUS. Pero, cuando en virtud de la participación del Sacerdocio de
Jesucristo, soy Alter Christus, ¿qué frases pueden traducir vuestras llamadas,
¡oh Jesús mío!, para que cada día os imite más y os dé
así a conocer a los fieles, animándolos con el lado del ejemplo a seguir
vuestros pasos?
IV. VENTAJAS DE
a)
SOBRENATURAL EN TODAS MIS ACCIONES
¡Qué difícil es, Dios mío, obrar ordinariamente por un motivo sobrenatural!
Satanás y las criaturas colaboran con mi amor propio, para sustraer a mi alma
con sus facultades, de la dependencia de Jesús viviente en mí.
¡Cuántas veces al cabo del día, por falta de vigilancia o de fidelidad, queda
viciada esta pureza de intención, que es la única que podría dar mérito a mis
acciones y hacer fecundo mi apostolado!
Solamente al precio de un esfuerzo perseverante podré conseguir, con el
esfuerzo de Dios, que la mayor parte de mis acciones sean vivificadas por la
gracia, para dirigirlas a Dios, único Fin de ellas.
Para hacer este esfuerzo me es indispensable la oración. Pero, ¡qué diferencia
cuando ese esfuerzo se realiza en medio de
Qué fácil es, ¡oh Iglesia Santa!, adquirir en tu escuela la costumbre de dar a
mi Criador, al Padre, el culto que le corresponde! Por ser
¿No
La manifestación de la dependencia que todas mis facultades tienen de Dios, la
piedad, la vigilancia, el combate espiritual, etc., pueden sin duda adquirir un
gran desarrollo si sé utilizar las luces de
Todo aquello de que se sirve
En
La Liturgia también me pone en la ocasión constante de hablar de Dios y
expresar mi religión en las más diversas formas.
Si me consagro a esta formación litúrgica con verdadero empeño de aprovecharla,
después de tantos ejercicios que practico a diario con ocasión de mis funciones
de hombre de Iglesia, la virtud de
* * *
E
Tú mismo, Jesús, continúas dándonos, por medio de
En cada una de las fiestas del ciclo litúrgico; en las lecciones que ha
seleccionado de los Evangelios, de las Epístolas y Actas de los Apóstoles, y en
el esplendor de que reviste la administración de los Sacramentos y, sobre todo,
¡Qué palanca de vida sobrenatural pone en mis manos
Pero frecuentemente, durante el día,
Amor de complacencia, de benevolencia, de preferencia y de esperanza; todas
estas formas de amor brillan a través de las admirables colectas y de los salmos,
ceremonias y oraciones, penetrando en mi alma.
¡De qué fuerza y generosidad revestirá mi vida interior esta manera de
manifestarme a Jesús, siempre viviente y presente en mí!
Y cuando en mi deseo de vivir la vida sobrenatural practique un acto de desprendimiento
o de abnegación, o cumpla una obligación que me cuesta, o soporte un
sufrimiento o una injuria, cómo se me dulcificará, perdiendo su lado doloroso o
repugnante, ese combate espiritual, esa virtud o esa prueba, si en vez de ver
Por otra parte,
* * *
Nada contribuye tanto como el pensamiento de la eternidad, a que el alma dirija
"sus acciones a Dios.
Todo me recuerda en
Los sufragios y oficios de difuntos, y los entierros, me ponen ante los ojos la
muerte, el juicio, las recompensas y castigos eternos, el precio del tiempo y
las purificaciones que son necesarias en
Las fiestas de los Santos me hablan de la gloria de los que me precedieron en
este mundo, mostrándome la corona que me está reservada, si sigo sus pisadas e
imito el ejemplo que me dieron.
Con todas estas lecciones,
¡Oh divina Liturgia!; para agradecerte todos los beneficios que me dispensas,
debería citar todas las virtudes. Gracias a los textos de
b)
Tres sentimientos dominan en tu Corazón, ¡oh Maestro adorado!; una dependencia
completa de tu Eterno Padre y, por tanto, una humildad perfecta, una caridad
ardiente y universal para con los hombres y el espíritu de sacrificio.
HUMILDAD PERFECTA. — Al entrar en el mundo, tus palabras fueron éstas: Padre,
aquí me tienes dispuesto a hacer tu voluntad (67). Constantemente nos estás
diciendo que toda tu vida íntima se resume en el deseo invariable de agradar en
todo a tu Padre (68). Tú eres la obediencia, ¡oh Jesús obediente!, hasta la
muerte y muerte de Cruz (69). Aún sigues obedeciendo a tus sacerdotes, y a su
voz desciendes a
¡Oh, qué escuela de obediencia me ofrece
Cada vez que fuerzo a mi personalidad a doblegarse para obedecer a
Pero hay más todavía.
La Iglesia, por medio de
Con sus fórmulas, Sacramentos y Sacramentales viene a enseñarme que todo me
viene por tu preciosa Sangre, y que, para cosechar los mayores frutos, lo mejor
es unirme por medio de la oración humilde al vivo deseo que tienes de
aplicárnosla.
Haz que me aproveche, ¡oh Jesús mío!, de estas lecciones constantes, para
desarrollar en mi espíritu el sentimiento de mi pequeñez y convencerme de que
no soy sino una parcelita de
CARIDAD UNIVERSAL. — Tu Corazón, ¡oh Jesús mío!, ha extendido a todos los
hombres su misión redentora. A la palabra "Sitio", que dirigiste al
mundo al morir, y que repites en el Altar, en el Tabernáculo y hasta en el seno
de tu gloria, debe responder en toda alma, aun en la del simple cristiano, un
deseo vivo de consagrarse a sus hermanos; una sed ardiente de la salvación de
todos los hombres y un gran celo en favorecer las vocaciones sacerdotales y
religiosas, acompañados de unas plegarias encendidas para pedir que los fieles
comprendan la extensión de sus deberes, y las almas consagradas la necesidad
que tienen de
Y con más motivo estos deseos deben inflamar el alma de tus ministros, a los
cuales los ritos litúrgicos están recordando constantemente que Tú les fijaste
en tu Cuerpo místico un lugar especial para que te incorporen el mayor número
posible de almas, y sean corredentores y mediadores que sepan llorar ser un
reflejo de la mansedumbre de mi dulce Salvador.
Que nunca olvide que mi único camino para el Cielo es
ESPÍRITU DE SACRIFICIO. — ¡Oh Jesús!, que sabías que la humanidad no puede ser
salvada sino por el sacrificio; Tú has hecho de tu vida terrestre una
inmolación perpetua.
Identificado a ti, Sacerdote contigo, cuando celebro
Ell
El Misal, el Ritual y el Breviario, me recuerdan, aunque no sea sino por las
innumerables señales de
La Liturgia me facilitará esta oblación de mí mismo y hará que yo contribuya a
completar por medio de tu Cuerpo, que es
Yo llevaré la parte que me corresponde de esa hostia magna, formada por los
sacrificios de todos los cristianos (78), la cual subirá hasta el cielo para
expiar los pecados del mundo y hacer que desciendan a
As
Así me convertiré en una de esas piedras vivas y selectas, pulimentadas por la
tribulación: Scalpri salubris ictibus et tunsione plurima, fabri polita malleo
(80) destinada a la construcción de
c)
Conversatio nostra in coelis est (81), decía San Pablo.
¿Dónde mejor y más fácilmente que en
Más aún. ¿La doxología de cada uno de los salmos, o himnos, y la conclusión de
todas las oraciones, no me ponen en adoración, ante
Las fiestas innumerables de los Santos me dan, como una intimidad de vida con
mis hermanos, que en el Paraíso me protegen, orando por mí. Las fiestas de
V. PRÁCTICA DE LA VIDA LITÚRGICA
Maestro bueno, tú te has dignado hacerme comprender qué es
a) PREPARACIÓN REMOTA
Haz, bondadoso Salvador mío, que este deseo que tengo de vivir
Los ángeles y los santos te ven cara a cara. Nada puede desviar su espíritu de
las augustas Funciones que constituyen uno de los elementos de su felicidad
inenarrable. Pero ¿cómo yo, sometido a todas las flaquezas de la naturaleza
humana, podré mantenerme en tu presencia, cuando te hablo con
No quiero, ni podría querer jamás, al menos estos son mi sentimientos,
considerar las funciones litúrgicas como una obligación pesada, que hay que
sacudir lo antes posible, o como el medio de obtener un provecho pecuniario.
Espero que nunca llegaré a dirigirme al Dios tres veces Santo con una DESPREOCUPACIÓN
que me avergonzaría de tener ante el más humilde de mis servidores. Jamás
querría hacer piedra de escándalo de lo que debe ser sillar de edificación. Y,
sin embargo, ¿está en mi mano prever dónde podré detenerme, si abandono mi
propia vigilancia en lo que concierne al espíritu de Fe?
Oh Dios mío, si me encontrara en esta pendiente, dígnate contenerme, o mejor
dame una Fe tan viva que, persuadido de la importancia que a tus divinos ojos
tienen los actos litúrgicos, me goce en la sublimidad y me entusiasme en ellos
cada día más.
¿Demostraría tener el menor Espíritu de Pe si no manifestara empeño alguno en
conocer las RÚBRICAS y en observarlas? Aunque conociera perfectamente
En los ejercicios espirituales que practique, me examinaré sobre este punto,
con relación al misal, ritual y Breviario.
Tu Iglesia, oh Jesús, ha utilizado para su culto principalmente las riquezas de
los salmos. Si tengo espíritu litúrgico, mi alma descubrirá en los fragmentos
del Salterio tu figura, en la vida de sufrimientos que llevaste, y sabrá que
gran número de las frases íntimas y de los sentimientos que dirigiste a Dios en
tu vida mortal, se encuentran en las composiciones proféticas que inspiraste al
Salmista.
En ellos encontrará también, maravillosamente sintetizadas, las principales
enseñanzas del Evangelio.
Bajo esos mismos velos escucharé la voz de
Si reservo parte de mi lectura espiritual a
Habituándome a la reflexión, sabré descubrir en toda composición litúrgica una
idea central, en torno de la cual gravitan las diversas enseñanzas.
Qué armas tan importantes forjarás así, alma mía, contra el mariposeo de la
imaginación, sobre todo si sabes aprovecharte de los SÍMBOLOS.
La Iglesia se sirve de ellos para hablar a los sentidos un lenguaje que los
cautive, haciendo sensibles las verdades que simbolizan. Agnoscite quod agitis,
me dijo en mi ordenación.
b) PREPARACIÓN PRÓXIMA
Ante orationem praepara animam tuam (83). Momentos antes de celebrar
Pero es también mi Padre. Al temor reverencial que hasta la misma Reina de los
Ángeles tiene al dirigirse a su divino Hijo, añadiré la candidez y la
ingenuidad que el tener UN ALMA DE NIÑO da hasta a los viejos cuando se dirigen
a la infinita Majestad.
Esta actitud sencilla e infantil ante mi Padre celestial, reflejará con
ingenuidad mi convicción de que estoy unido con Jesucristo y represento a
Este no es para ti, alma mía, el momento de razonar ni meditar, sino de hacerte
alma de niño. Cuando llegaste al uso de razón, aceptabas como una verdad
absoluta cuanto tu madre te decía. Con idéntica sencillez e ingenuidad debes,
pues, recibir cuanto tu Madre
¡Este rejuvenecimiento del alma es indispensable! Porque me aprovecharé de los
tesoros de
Entonces, mi alma entrará con facilidad en adoración y perseverará durante la
función (ceremonias, breviario, Misa, Sacramentos, etc.) en que tome parte en
calidad de miembro o de embajador de la iglesia o como Ministro de Dios.
De la manera con que entre en adoración dependen en gran parte el provecho y el
MÉRITO QUE obtenga del acto litúrgico, y además los consuelos que Dios ha
vinculado a su perfecto cumplimiento y que deben sostenerme en mis trabajos
apostólicos.
Quiero, pues, Adorar. Quiero por un impulso de mi voluntad unirme a las
adoraciones del Hombre-Dios, para dar a Dios este homenaje. Ha de ser este acto
un ímpetu del corazón más que un esfuerzo cerebral.
Lo quiero con vuestra gracia, o Jesús. Y esta gracia la pediré, por ejemplo,
por medio del Breviario, en el Deus in adjutorium, o mediante
Yo lo quiero. Este querer filial y afectuoso, fuerte y humilde, unido a un
deseo vivo de que vengas en mi auxilio, es lo que exiges de mí.
Si consigo que mi inteligencia ofrezca a mi fe la contemplación de algunos
bellos horizontes, y mi sensibilidad, alguna emoción piadosa, mi voluntad lo
utilizará para adorarte más fácilmente. Pero no me olvidaré de que la unión con
Dios reside, en último análisis, en la cima del alma; en la voluntad y, aunque
le esperen la oscuridad y la aridez, la voluntad, seca y fría de suyo,
emprenderá el vuelo, apoyándose únicamente en la fe.
c) CUMPLIMIENTO DE LA FUNCIÓN LITÚRGICA
El cumplimiento exacto de las funciones litúrgicas es, oh Dios mío, un don de
tu munificencia. Omnipotens et misericors Deus, de cujus munere venit ut tibi,
a fidelibus tuis digne et laudabiliter serviatur (85). Dígnate, Señor,
otorgarme ese don. Quiero ser adorador durante los actos litúrgicos. Esa
palabra resume todo el método.
Mi voluntad lanzó a mi razón y lo mantiene ante
DIGNE. — Con su actitud respetuosa; con la pronunciación exacta de las
palabras, más espaciada en los pasajes principales; con la observancia
cuidadosa de las genuflexiones, etc., mi cuerpo dará a entender, no sólo que sé
a quién hablo, qué digo y qué APOSTOLADO practico (86) algunas veces, sino
además, que mi corazón es el que obra.
En las cortes de los reyes de la tierra, hasta los más humildes servidores
creen que las funciones que desempeñan tienen mucha importancia y toman aires
majestuosos y solemnes, y yo, que formo parte de la guardia de honor del Rey de
reyes y del Señor lleno de Majestad, ¿por qué no he de adquirir una distinción
que se traduzca en la actitud de mi alma y en la dignidad de mi porte, durante
el ejercicio de mis funciones?
ATTENTE. — Mi espíritu arde en el afán de extraer de las palabras y ritos
sagrados cuanto pueda alimentar mi corazón.
A veces fijaré la atención en el sentido literal de loe textos. Ya siga el
sentido de cada frase, ya medite sin detenerme en el rezo el sentido de una palabra
que me haya impresionado, hasta sentir la necesidad de descubrir la miel de la
devoción en otra flor; en ambos casos guardo con fidelidad el Mens concordet
voci (87). A veces mi inteligencia se ocupará en el misterio del día o en la
idea principal del tiempo litúrgico; pero será secundario su papel, si lo
comparamos con el de la voluntad, a la cual auxiliará, para que pueda
mantenerse en adoración o para comenzarla.
Por muy frecuentes que sean mis distracciones, sin violencia ni rigidez, sino
suavemente, como cuanto se hace con tu concurso, oh Jesús, y fuertemente, como
cuanto responde con generosidad a este concurso, quiero volver a hacer el acto
de adoración.
DEVOTE. — Este es el punto capital. Todo debe parar en hacer del oficio divino
y de toda función litúrgica, un ejercicio de piedad y, por consiguiente, un
acto del corazón.
"La precipitación es la muerte de la devoción"
San Francisco de Sales da como principio fundamental esa máxima cuando habla
del breviario y o fortiori de
Y descartaré toda clase de PRETEXTOS que pudieran servir para realizar deprisa
este acto central de mi vida diaria. Si por una mala costumbre, trunco algunas
palabras o ceremonias, me detendré, aunque sea más del tiempo debido, en esos
pasajes defectuosos para observarlos pausadamente (88).
Y quiero que esta resolución abarque, en la debida proporción, todas las demás
funciones litúrgicas: Sacramentos, bendiciones, funerales, etc.
En cuanto al Breviario, determinaré de antemano el momento en que he de
rezarlo, y enguanto llegue ese momento, lo despacharé todo cueste lo que
cueste. Quiero a toda costa que el rezo del Breviario sea una verdadera oración
del corazón.
Oh divino Mediador, haz que sienta el horror de la precipitación, cuando ocupo
tu lugar u obro en nombre de
A veces, a impulsos del corazón, captaré en una síntesis de Fe, el sentido
general del misterio conmemorado en el Ciclo litúrgico, y nutriré mi alma con
él.
Otras, será un acto saboreado con detención, acto de fe o de esperanza, de
deseo o de pena, de ofrecimiento o de amor.
Otras, por último, me bastará una simple MIRADA. Mirada íntima y sostenida de
un misterio, de una perfección de Dios, de mi nada, de mis miserias y
necesidades o de mi dignidad de cristiano, de sacerdote o de religioso. Mirada
completamente distinta del acto de inteligencia en el estudio de
Así, cada una de las ceremonias vendrá a ser una diversión descansada, por ser
la verdadera respiración del alma, que las ocupaciones iban a asfixiar.
Oh Sagrada Liturgia, qué bálsamo traes a mi alma con tus diversas
"funciones". Lejos de ser éstas para mí una esclavitud pesada,
constituyen uno de los mayores consuelos de mi vida.
¿Cómo podría ser de otra manera, ya que, llamado gracias a ti, a la dignidad de
hijo y embajador de
La unión con El me enseñará a aprovecharme de las cruces de esta vida mortal,
para hacer la siembra de mi eterna felicidad, y
4.
RESOLUCIÓN DE
Quiero, Jesús mío, que mi corazón tenga la preocupación constante de
PRESERVARME de toda mancha, y de ESTAR CADA VEZ MÁS UNIDO a tu Corazón, en
todas mis ocupaciones, conversaciones, recreos, etcétera.
El elemento negativo más indispensable de esta resolución, me obliga a evitar
toda mancha en los móviles y cumplimiento de mis acciones (91).
El elemento positivo me impulsa a querer intensificar la fe, la esperanza y la
caridad, que animan esta acción.
Esta resolución será el verdadero termómetro del valor práctico que tenga la
oración que debo hacer todas las mañanas y de mi vida litúrgica; porque mi vida
interior será lo que sea
La Oración y
Esta guarda del corazón es la solicitud habitual o frecuente, en preservar
todas mis acciones, a medida que se presentan, de cuanto pudiera viciar sus
MÓVILES O SU REALIZACIÓN.
Solicitud tranquila, cómoda, sin violencia, fuerte y humilde al mismo tiempo,
porque está basada en la confianza de que puedo acudir a Dios en mi calidad de
hijo suyo.
Es un trabajo del corazón y de la voluntad más bien que del espíritu, el cual
debe gozar de libertad para cumplir mejor sus obligaciones. La guarda del
corazón no impide la realización de las acciones, sino que las reglamenta con
el espíritu de Dios y las ajusta a los deberes que mi estado me impone. Quiero
practicar a todas horas este ejercicio, que será una mirada del corazón a todas
las acciones presentes, y una atención moderada a cada una de las partes de una
acción, a medida que voy ejecutándola. Así, será la observación puntual de Age
quod agis (93). Mi alma, como un centinela vigilante, observará todos los
movimientos del corazón, especialmente lo que ocurre centro de mí; impresiones,
intenciones, pasiones, inclinaciones, en una palabra, todos mis actos internos
y externos, pensamientos, palabras y acciones.
Claro es que esta guarda del corazón exige un determinado recogimiento y no
puede llevarse a cabo con el alma disipada.
Pero con la práctica me habituaré a este ejercicio y así se me hará más fácil.
Quo vadam et ad quid? (94) ¿Qué haría Jesús y cómo se conduciría, si se
encontrase en mi caso? ¿Qué me aconsejaría? ¿Qué me pide en este momento? Tales
son las preguntas que acudirán espontáneamente a mi alma, ávida de vida
interior.
Cuando sienta los impulsos de ir a Jesús por María, la guarda del corazón
tendrá un carácter más afectivo todavía. El recurso a esta buena Madre vendrá a
ser una necesidad incesante de mi corazón.
Así se cumplirá el MANETE in Me et Ego in vobis (95), que resume todos los
principios de la vida interior.
Mi alma quiere lograr por medio de la guarda del corazón que la unirá contigo,
lo que Tú, oh Jesús, dices que es fruto de
Et Ego in eo. Pero, gracias a la guarda del corazón que practique, Tú también,
amadísimo Salvador mío, estarás en mi alma como en tu casa. Porque me esforzaré
en asegurar el ejercicio constante de tu realeza sobre todas mis facultades y
me preocuparé no sólo de nada hacer fuera de ti, sino de insuflar en cada una
de mis acciones una fuerza de amor que crezca de día en día.
La consecuencia de esta guarda del corazón será el hábito del recogimiento
interior, del combate espiritual y de una vida ocupada y reglamentada, con el
consiguiente y extraordinario aumento de méritos.
De esta manera, oh Jesús mío, la unión indirecta que las obras me hacen tener
contigo, es decir, mis relaciones con las criaturas, en conformidad con tu
divina voluntad, será la continuación de la unión que realizo directamente por
medio de
En la unión directa, no miro sino a Ti y a Ti solo. En la indirecta, me aplico
a otros objetos. Pero como lo hago por obedecerte, los objetos de mi atención
se tornan en medios escogidos por Ti, para mí unión contigo. Así, te dejo para
encontrarte. Siempre eres Tú aquel a quien busco con el mismo amor, pero según
tu Voluntad. Y esta voluntad tuya es el único faro que
Por consiguiente, es un ERROR creer que para unirme contigo, oh Dios mío, debo
dejar mis acciones para más tarde o esperar a terminarlas. Es un error suponer
que determinados trabajos, por su naturaleza o por el tiempo en que se
ejecutan, pueden dominarme hasta quitarme la libertad e impedir mi unión
contigo. Esto no puede ser, porque Tú quieres que yo sea libre; Tú no quieres
que la acción me domine hasta anular mi libertad. Tú quieres que yo la domine,
y que no sea dominado por ella, y para lograrlo me ofreces tu gracia, a
condición de que sea fiel a la guarda del corazón.
Desde el momento en que el sentido práctico sobrenatural me da a conocer por
varios acontecimientos, circunstancias y detalles dispuestos por tu
Providencia, que una determinada acción está ligada a tu Voluntad, mi deber es
rao eludirla, ni complacerme en ella, sino comenzarla y concluirla únicamente
para hacer tu voluntad. Porque mi amor propio llegaría a adulterar su valor y a
disminuir su mérito (97). Si sabiendo lo que Tú quieres, oh Jesús mío, y cómo
lo quieres, Quod et quomodo Deus vult, lo hago porque lo quieres Tú: Et quia
Deus vult mi unión contigo, lejos de disminuir será más estrecha.
I. NECESIDAD DE
Dios mío, Tú eres
La pereza espiritual en elevar mi corazón a Ti; la afección desordenada de las
criaturas; las brusquedades e impaciencias; el rencor, los caprichos, la
molicie, el afán de comodidades; la facilidad de hablar de los defectos del
prójimo sin razón justificada; la disipación, la curiosidad que no tiene
relación alguna con la gloria de Dios; la charlatanería, la locuacidad, los
juicios temerarios acerca del prójimo; la vana complacencia en mi mismo; el
desprecio de los demás y la crítica de su conducta; el ansia de estima y
alabanza en los móviles de mis acciones; la exhibición de cuanto me favorece;
la presunción, la testarudez, los celos, la falta de respeto a la autoridad, la
murmuración; la falta de mortificación en la comida y bebida, etc., etc., qué
CANTIDAD DE PECADOS VENIALES, o al menos de imperfecciones voluntarias pueden
invadirme y privarme de las gracias abundantes que me tenías reservadas desde
la eternidad.
¿De que me servirían la oración y la vida litúrgica sí no me facilitasen el
recogimiento del alma para estar más alerta con las faltas de pura fragilidad y
levantarme inmediatamente cuando mi voluntad empieza a flaquear, y si no me
incitaran a imponerme sanciones cuando las necesite?
¡Pensar que por carecer de la guarda del corazón, Jesús mío, podría yo
PARALIZAR la acción que ejerces sobre mí!
Las Misas Comuniones, Confesiones y demás ejercicios de piedad; la protección
especial de la divina Providencia, que se preocupa de mi salvación; la
solicitud del Ángel de mi guarda; hasta tu vigilancia maternal, ¡oh Madre mía
Inmaculada!..., todo puede quedar paralizado y estéril por culpa mía.
Si carezco de voluntad para imponerme esa violencia a que te refieres, oh Jesús
mío, al decir: Violenti rapiunt illud (Mat., XI, 12), Satanás tratará de
adueñarse de mi corazón para extraviarlo y debilitarlo, y llegará hasta la
perversión de mi conciencia, por medio de falsas ilusiones.
Algunas de las caídas, alma mía, que Tú dices que son de pura fragilidad, acaso
Dios las ve de otra manera. Si no te ejercitas en
Si abandono la resolución de guardar mi corazón, Iré acumulando una serie
espantosa de expiaciones para el Purgatorio y, aunque hasta la fecha haya
evitado el pecado mortal, me encontraré en la pendiente resbaladiza que hace
caer fatalmente en él. ¿Has pensado en esto, alma mía?
II.
Oh Trinidad Santísima, si, como lo espero, me encuentro en estado de gracia,
vos habitáis en mi corazón, aunque oculto bajo el velo de la fe, con toda
vuestra gloria y vuestras perfecciones infinitas como habitáis en el Cielo.
Constantemente están en mí vuestros ojos para ver todos mis actos. Vuestra
justicia y vuestra misericordia actúan en mi incesantemente. En respuesta a mis
infidelidades, unas veces me retiráis las gracias especiales, otras dejáis de
preparar maternalmente los acontecimientos favorables para mí, y también soléis
abrumarme de nuevos beneficios para volverme a Vos.
Si yo estimara que vuestra habitación en mi es el acontecimiento más
considerable y el más digno de llamar mi atención', ¿cómo dejaría a veces pasar
tanto tiempo sin pensar en ello?
¿No es cierto que la falta de atención a este hecho fundamental de mi
existencia, es el origen de mis fracasos en las tentativas que hago de adquirir
la guarda del corazón?
Si durante el día hubiera repetido el ejercicio de las jaculatorias, ellas me
hubieran traído constantemente a la memoria la inhabitación, todo amor, de Dios
en mí. ¿Has puesto bastante de tu parte hasta hoy, alma mía, para que las
jaculatorias jalonen tu Vida, AL MENOS UNA VEZ, EN CADA HORA DEL DÍA? ¿Te has
aprovechado de
Comuniones espirituales... ¿qué lugar ocupáis en mis horas? Y, sin embargo,
estáis a mi disposición todos los instantes para recordarme que
Trinidad
¿Qué estimación he dado hasta ahora a estos tesoros colocados en mi camino? Me
hubiera bastado inclinarme para recoger esos diamantes y engastarlos en mi
diadema. ¡Qué lejos me encuentro de aquellas almas que, sin abandonar sus
trabajos o conversaciones, vuelven mil veces al cabo del día a la comunicación
con su huésped divino! Han adquirido esa costumbre y su corazón ha quedado fijo
donde está su tesoro.
III.
Oh Madre mía Inmaculada, para que me ayudases a guardar el corazón unido por
Jesús a
No quiero cerrar los oídos a tu dulce voz, que me dice: "Detente, hijo
mío, y rectifica tu corazón." No es verdad, no, que en este momento buscas
exclusivamente la gloria de Dios. ¡Cuántas veces, en mis disipaciones u
ocupaciones desordenadas me has dirigido esta maternal invitación! ¡Y cuántas
veces, ay, la he despreciado!
Madre mía, desde hoy, escucharé esa LLAMADA DE TU CORAZÓN y te demostraré mi
fidelidad parándome en seco, con energía, en mis malos caminos. Un solo
instante me bastará para formularme una de estas preguntas: ¿Para quién realizo
la acción presente? ¿Cómo obraría Jesús si se encontrase en mi lugar? Estas
preguntas, cuando se hacen habitualmente, constituyen
IV. APRENDIZAJE DE
Yo gimo porque tengo que dejar la presencia de Dios durante los largos
intervalos que mis trabajos exigen. Gimo al ver que en el tiempo de mi vida
exterior incurro en muchas faltas, cualquiera que sea el estado de mi alma,
mezcla de fervor e imperfección o tibieza. Desde hoy me propongo poner remedio
a todo esto, mediante
Por la mañana, en la oración fijaré con DECISIÓN, CONCRETAMENTE, EL MOMENTO DE
MIS OCUPACIONES en que, sin dejarlas, haré un esfuerzo en vivir de la vida
interior con
Comenzaré por cinco minutos o menos, mañana y tarde (98); cuidaré de hacer bien
este ejercicio, más que de prolongarlo; me esforzaré en perfeccionarlo de día
en día, y conducirme en mis trabajos, ,y MÁS si SON DE LOS QUE ABSORBEN DE
VERAS, a la manera de los santos, por la pureza de intención, la guarda del
corazón y de todas mis facultades y la nobleza de mi conducta; en una palabra,
trataré de conducirme como lo hubiera hecho Jesús, de encontrarse en estas
mismas ocupaciones.
Así, practicaré el aprendizaje de la vida interior, y ello servirá de protesta
contra el hábito de disiparme y la evagatio mentis. Quiero a Jesús. Quiero su
remado. Quiero que durante mis ocupaciones, ese reinado continúe en mí. Quiero
que mi alma deje de ser como un corredor abierto a todos los vientos,
incapacitada para vivir unida a Jesús; y que sea vigilante, suplicante y
generosa.
Durante estos cortos instantes, sin violentar mi mirada, la fijaré en los
diversos móviles de mi alma, que ha de ser inexorable consigo misma. Y tendré
mi voluntad tensa y ardientemente decidida a no perdonarme nada, para vivir con
toda la perfección posible, durante este corto intervalo. Mi corazón, por su
parte, estará resuelto a recurrir frecuentemente a nuestro Señor, para
mantenerme en ese ENSAYO DE SANTIDAD.
Este ejercicio deberá ser cordial, alegre y hecho con anchura de alma. Deberé,
sin duda, no perder la vigilancia y ser mortificado para mantenerme en la
presencia de Dios, y negara mis facultades y sentidos todo lo que huela a
natural. Pero no me contentaré con este lado negativo de mis esfuerzos.
Procuraré ante todo que este ejercicio vaya informado de esa intensidad en el
amor, con la cual practicaré el Age quod agis, con más pureza de intención y
con un ardor y una generosidad crecientes, que dé a mis obras todo el valor y
toda la perfección de que son susceptibles.
Por la tarde, en el examen general (o en el particular, si lo hago sobre este
ejercicio) ampliaré con todo rigor cómo he empleado esos minutos destinados a
la guarda del corazón más estricta y sin reservas, junto a Jesús. Me impondré
una sanción o una pequeña penitencia (aunque sea privarme del vino o del
postre, sin que nadie se aperciba, o hacer una corta oración con los brazos en
cruz, o golpearme los dedos con un objeto duro, como por ejemplo una regla), si
veo que no estuve bastante vigilante, fervoroso, suplicante o amoroso durante
la tentativa de la guarda del corazón; es decir, si no uní debidamente la vida
interior a la activa.
¡Qué resultados tan maravillosos lograré con este ejercicio! ¡Oh, qué escuela
es esta de la guarda del corazón!
¡Qué apreciación tan distinta e insospechada de mis pecados e imperfecciones!
Estos benditos instantes ejercerán poco a poco una influencia VIRTUAL, sobre
los que les sigan. Pero nos los prolongaré sino después de haber agotado lo que
hubiere podido entrever de horizonte de santidad, de perfección, de ejecución y
de intensidad de amor.
Me preocuparé más de la calidad que de la cantidad. La sed de no contentarme
con los cinco minutos del principio, se me avivará en la proporción en que
llegue a ver lo que soy y lo que Tú esperas de mí, Jesús mío. Y, poco a poco,
familiarizándome con este saludable ejercicio, acabaré por encontrar el hábito
y la necesidad de practicarlo, y Tú descubrirás a mi alma, así purificada, los
secretos de la vida de unión contigo.
V. CONDICIONES DE
Casi toda la trama de mi vida está más o menos manchada. De esta CONVICCIÓN que
Satanás trata de hacerme olvidar, nace mi desconfianza en mi y en las
criaturas. Este elemento, injertado en el deseo vivo que tengo de ser de Jesús
producirá forzosamente:
Una vigilancia, leal y exacta, dulce y tranquila, confiada en la gracia y
fundamentada en la represión de la disipación y del exceso de apresuramiento
natural. Una renovación constante de mis resoluciones. Un volver a comenzar persistente,
lleno de confianza en la misericordia de Jesús para el alma que lucha de verdad
por llegar a
¡Oh Jesús mío, qué transformación sufrirá mi vida si guardo el corazón unido
contigo! Mi inteligencia puede aplicarse del todo a la acción que ejecute. Pero
quiero llegar a practicar en mis trabajos, aun los más absorbentes, lo que he
observado en algunas almas; que están enteramente ocupadas y, al mismo tiempo,
con su corazón RESPIRANDO constantemente en Ti.
La Guarda del corazón, bien comprendida, no disminuirá la libertad de acción de
mis facultades en el cumplimiento de los deberes de mi estado; antes al
contrario, la respiración de mi alma en la atmósfera de tu amor, Jesús mío, la
aumentará, haciendo que mi vida se deslice con serenidad, a pleno sol, pujante
y fecunda.
En vez de ser esclavo de la soberbia, el egoísmo o la pereza; en lugar de gemir
bajo el yugo de las pasiones e impresiones, seré más libre cada vez. Y, con mi
libertad perfeccionada podré, ¡oh Dios mío!, darte frecuentemente el homenaje
de mi dependencia. Así me aseguraré en la verdadera humildad, sin la cual la
vida interior es ficticia. Así también desarrollaré en mí el espíritu
fundamental de sumisión; submissio ad Deum (100), que resume la intimidad de la
vida del Salvador.
Participando de la llama de amor, que te hizo ¡oh Jesús!, tan dócil y atento a
la voluntad de tu Padre, mereceré participar en el cielo de la gloria que goza
tu Humanidad, en recompensa de tu admirable dependencia de Dios, fundamentada
en la humildad y el amor: Factus obediens... propter quod et Deus exaltavit
illum (101).
5. Necesidad que tiene el
Apóstol de una ardiente devoción a María Inmaculada
Miembro de
Todo el mundo conoce lo que fue ante los pueblos y los reyes, en el seno de los
Concilios y en la corte de los Papas, el apostolado de aquel que será el hijo
más ilustre del Patriarca San Benito.
Todos exaltan la santidad, el genio, el conocimiento profundo de las Escrituras
y la unción penetrante de los escritos del último Padre de
Per
"Trovador de María", no ha sido superado por ninguno de cuantos
celebraron las glorias de
"Ved, hermanos míos, con qué sentimientos de devoción quiere que honremos
a María ese Dios que ha depositado en ella la plenitud de todos los bienes.
Todas nuestras esperanzas, las gracias que poseemos y las prendas de salvación,
debemos reconocer que nos vienen por conducto de Aquélla, que está colmada de
delicias... Suprimid el sol que ilumina el mundo, y desaparece el día. Suprimid
a María, esa estrella del mar, de nuestro inmenso mar sin orillas, ¿qué nos
queda sino profunda oscuridad, sombra de muerte y tinieblas espesas? Honremos,
pues, a María desde el fondo de las entrañas, con nuestros mejores
sentimientos. Tal es la voluntad de Aquel que quiso que todo lo recibamos por
Ella" (102).
Convencidos de esta doctrina, no dudamos en afirmar que el apóstol, por mucho
que trabaje en su santificación, en su progreso espiritual y en la fecundidad
de su apostolado, se expone a edificar sobre arena, si su actividad no se apoya
en una espacialísima devoción a Nuestra Señora.
a) PARA
Un apóstol no tendrá la debida devoción a María, si su confianza en ella carece
de entusiasmo y se limita a darle un culto puramente exterior. Así como su
Hijo, intuetur cor. Ella no mira sino a nuestro corazón y nos tiene por
verdaderos hijos en la medida en que la fuerza de nuestro amor responde al suyo
para con nosotros.
Un corazón firmemente convencido de las grandezas, privilegios y funciones de
Aquella que es a la vez Madre de Dios y de los hombres.
Un corazón penetrado de que la lucha contra los propios defectos, la
adquisición de las virtudes, el reinado de Jesucristo en nuestras almas y, por
tanto, la seguridad de nuestra santificación y salvación, guardan proporción con
el grado de devoción que tengamos a María (103).
Un corazón penetrado de este pensamiento: que todo es más fácil, seguro, suave
y rápido en la vida interior cuando se ejecuta con María (104).
Un corazón que desborda de confianza filial, pase lo que pase, hacia Aquella
cuyas delicadezas, atenciones, ternuras, misericordias y generosidades conoce
(105).
Un corazón cada vez más inflamado de amor hacia Aquella que jamás separa de sus
alegrías, que siempre une a sus penas y por la cual pasan todos sus afectos y
cariños.
Todos estos sentimientos reflejan a la perfección el corazón de San Bernardo,
que fue un ejemplar de hombre de obras.
Quién no conoce las palabras que le salen del alma, cuando explicando a sus
monjes el pasaje del Evangelio, Missus est, exclama:
"Oh vosotros los que comprendéis que en el flujo y reflujo de este siglo
flotáis en medio de las borrascas y tempestades en vez de pisar en tierra
firme, tened fijos los ojos en esa estrella para no perecer en la tormenta. Si
los vientos de las tentaciones se desencadenan y chocáis con los escollos de
las tribulaciones, mirad a la estrella; invocad a María. Si os sentís sacudidos
por las olas del orgullo, de la ambición, de la maledicencia, de la envidia,
mirad a la estrella; invocad a María. Si la cólera, la avaricia o la codicia
asaltan el frágil esquife de vuestra alma, levantad los ojos a María. Si
abrumados por la enormidad de vuestras culpas, y confundidos por las llagas
repugnantes de vuestra conciencia, o espantados por el horror del juicio que os
espera, comenzáis a sumergiros en el abismo de la tristeza y la desesperación,
pensad en María. En los peligros, en las angustias y en el tormento de las
dudas, pensad en María; invocad a María. Que María no se separe nunca de
vuestros labios ni de vuestro corazón. Y para tener los sufragios de sus
oraciones, no olvidéis los ejemplos de su vida. Siguiéndola no os extraviaréis;
invocándola, no caeréis en la desesperación; contemplándola, no os
equivocaréis; con su apoyo, no podréis caer; bajo su protección, no hay por qué
temer; conducidos por ella, no os fatigaréis; si os es propicia, llegaréis
seguramente a puerto."
Obligados a no alargarnos, y queriendo por lo menos ofrecer a nuestros hermanos
en el apostolado un resumen de los consejos de San Bernardo para llegar a ser
un verdadero hijo de María, creemos lo más acertado invitarles a leer con
atención el sólido y precioso volumen "La vida espiritual en la escuela
del Venerable Griñón de Montfort", escrito por el Padre Lhoumeau (106).
Juntamente con las obras de San Alfonso María de Ligorio y los comentarios del
Padre Desurmont; con los escritos del Padre Faber, del Padre Giraud y de
Terminemos con las consoladoras palabras que la admirable cisterciense Santa
Gertrudis, llamada por Dom Gueranger Gertrudis
b) POR
Todo hombre de obras, ya se disponga a sacar las almas del pecado o a
prepararlas a la virtud, debe tener como preocupación, la de San Pablo, o sea
engendrar Nuestro Señor en las almas. Ahora bien, dice Bossuet: "Habiendo
querido Dios darnos una vez a Jesucristo por medio de
Separar a María del apostolado sería desconocer una de las partes esenciales
del Plan Divino. “Todos los predestinados, dice San Agustín, están en este
mundo encerrados en el seno de
"Desde la encarnación, concluye con razón San Bernardino de Sena, María ha
adquirido una especie de jurisdicción sobre toda misión temporal del Espíritu
Santo, que suerte que ninguna criatura recibe las gracias que Dios le concede,
sino por sus manos."
Pero a su vez, el devoto verdadero de María viene a ser todopoderoso sobre el
Corazón de su Madre. Entonces, habrá un apóstol que pueda dudar de la eficacia
de su apostolado, si por ser devoto de María dispone de
Así vemos que todos cuantos se dedican a convertir a las almas, están animados
de una devoción extraordinaria hacia
El Precursor conoció la presencia de Jesús a la voz de María y saltó de gozo en
el seno de su madre. ¡Qué acentos prestará María a sus verdaderos hijos para
que abran a Jesús los corazones que les estaban cerrados!
¡Qué persuasivas palabras saben encontrar los íntimos de
¿Se trata de algún desgraciado que no conoce a María? La seguridad con que el
hombre de obras se la muestra como Verdadera Madre y refugio de pecadores, le
abre al desgraciado nuevos horizontes.
El Santo Cura de Ars solía encontrar a veces algunos pecadores que» falsamente
ilusionados, se apoyaban en algunas prácticas exteriores de devoción a
Un hombre de obras poco devoto de María, que se encontrase en ocasión parecida,
emplearía palabras tajantes y frías, con las cuales lograría que el pobre
náufrago acabase por abandonar aquella tabla a que estaba asido, y que hubiera
podido ser para él la tabla de salvación.
Cuando María vive en el corazón del apóstol, le da una elocuencia maternal para
llegar al fondo de las almas en que fracasó todo intento de conversión. Parece
que Nuestro Señor, con una delicadeza admirable, ha querido reservar a la
mediación de su Madre, las más difíciles conquistas del apostolado, y
concederlas exclusivamente a los que viven en intimidad con Ella. Per te ad
nihilum redegit inimicos nostros.
El verdadero hijo de María jamás debe considerar que agotó los argumentos,
medios y expedientes de conversión, aun en los casos más desesperados, cuando
trata de robustecer a los débiles y consolar a los inconsolables.
El Decreto que agregó a
Pero cuando se les habla a las almas del amor de Dios, la "Robadora de
corazones", Raptrix Cordium, según la frase de San Bernardo, pone en los
labios de sus más íntimos devotos, palabras de fuego que encienden el amor de
Jesús, haciendo germinar todas las virtudes.
Nosotros, los apóstoles, debemos amar apasionadamente a la que Pío XI llamó
Virgo Sacerdos, cuya dignidad está por encima de la de los sacerdotes y
pontífices. Ese amor nos dará el derecho de no considerar nunca como perdida
una obra comenzada con María y continuada con Ella. María, en efecto, está
debajo y encima de cuanto afecta al reino de Dios por su Hijo.
Pero cuidémonos de creer que trabajamos con Ella, cuando nos limitamos a
levantarle altares o a entonar cánticos en su honor. Ella nos pide una devoción
que nos permita afirmar sinceramente que vivimos habitualmente unidos a ella;
que acudimos a pedirle consejo; que nuestras afecciones pasan por su corazón y
que nuestras peticiones van a menudo por su conducto. Pero lo que María espera
sobre todo de nuestra devoción, es la imitación de todas las virtudes que
admiramos en Ella, y nuestro abandono sin reservas en sus manos, para que nos
revista de su divino Hijo.
Si cumplimos esta condición del Recurso habitual a María, imitaremos a, aquel
general del ejército del Pueblo de Dios que antes de lanzarse contra el enemigo
dijo a Débora: "Iré, si vienes conmigo; si no, no iré", y haremos
todas nuestras obras con Ella. No sólo intervendrá en nuestras más importantes
decisiones, sino hasta en las imprevistas y aun en los detalles de ejecución.
Unidos a aquella cuyo título de Nuestra Señora del Sagrado Corazón, resume para
nosotros todos los demás, no nos expondremos a falsear nuestras obras, ni nos
permitiremos que se enfrenten con nuestra vida interior, ni sean un peligro
para nuestras almas, sirviendo para nuestra gloria más que para la de Dios.
Nosotros, por el contrario, iremos por medio de las Obras a
Epílogo
Este modesto trabajo queda depositado a los pies de María.
Nuestro deseo es meditar siempre el ideal perfecto del apostolado en el Corazón
de
L
Según la expresión de Rohault de Fleury, "el Salvador brilla en medio de
su pecho como una Eucaristía, de la que se han desgarrado los velos".
Jesús vive en Ella, siendo su corazón, su respiración, su centro y vida: imagen
de la vida interior.
Pero el divino adolescente está allí, ejerciendo su apostolado. Su actitud, el
Evangelio que tiene enrollado en la mano izquierda, el gesto de su mano derecha
y su mirada... todo indica que está enseñando. Y
Sus manos, extendidas como las de las Orantes de las catacumbas o las del
sacerdote al ofrecer
Ella vive de Jesús y por Jesús; de su vida, amor y unión a su sacrificio. Y
Jesús habla en Ella y por Ella. Jesús es su vida y Ella es
De la misma manera, el alma consagrada a la obra por excelencia, que es el
apostolado, ha de vivir en Dios, para poder hablar de El con eficacia; y la
vida activa, repitámoslo una vez más, no debe ser otra cosa que el
desbordamiento de
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(1) Ad
communemn legem id pertinet qua Deus Providentissimus, et homines plerumque
fere per homines salvandos decrevit... ut nimirum quemadmodum Chrysostomus ait,
per homines a Deo discamus. (Carta de León XIII al Card. Gibbons, 22 de enero
de 1899).
(2) Yo de muy buena gana daré la mía y me daré a mí mismo por
vuestras almas (II Cor. XII, 15).
(3) Ay de mí si yo no evangelizare. (I Cor. IX, 16).
(4) ¿Qué le aprovecha al hombre ganar el mundo si pierde su alma?
(Mt. XVI, 25).
(5) Por Cristo Nuestro Señor.- Por Él, con Él y en Él. (Liturg.).
(6) Todas las cosas fueron hechas por Él, y nada de lo que fue
hecho se hizo sin Él. (Juan, I, 3).
(7) Yo he venido para que tengan la vida (Juan, X, 10). En El
estaba la vida. (Juan, I, 4). Yo soy
(8) El que está en mi y yo en él. éste lleva mucho fruto (Juan,
XV, 5).
(9) Esta tibieza es cosa distinta de las sequedades y aun de los
sinsabores que muchas almas fervorosas experimentan a veces a pesar suyo. Los
pecados veniales, de fragilidad, que son "combatidos" y detestados en
cuanto nos damos cuenta, nada tienen que ver con la tibieza.
El alma tibia se siente solicitada por dos distintas voliciones, una buena y
otra mala, la una caliente y la otra fría. Por una parte quiere salvarse, y por
eso evita las faltas graves; por otra, no quiere someterse a las exigencias del
amor de Dios, sino gozar de las comodidades de una vida libre y fácil; y por
eso comete los pecados veniales deliberados.
Si "no se combate" la tibieza, existe en el espíritu una mala
voluntad, no total sino parcial, es decir: una parte de la voluntad dice a
Dios: "En ese o aquel punto no quiero dejar de desagradarte". (P.
Desurmont, C.S.R., "Le retour continuel a Dieu").
(10) Guarda tu corazón con toda vigilancia. porque de él mana la
vida. (Pro. IV. 2).
(11) He bajado del cielo para hacer no mi voluntad, sino la de
Aquél que me envió. (Juan. VI. 38).
(12) Cristo no se hizo placer a sí mismo. (Rom. XV. 3).
(13) Habéis aprendido a Cristo. (Efes, IV, 20).
(14) Sin mí, nada podéis hacer (Juan, XV, 5).
(15) Todo lo puedo en Aquél que me eonforta (Philip., IV. 13).
(16) Ad contemplandum quippe Creatorem .suum homo conditus
fuerat ut semper spiclem quareret atque In solldltate amoris illlus habltaret
(S. Greg. Moral. 1. VIII, c. XII).
(17) Dios envió al mundo a su Hijo unlgénlto para que vivamos
por 1 (1.- Juan, IV, 9).
(18) El fin de la criatura humana consiste en estar unida con
Dios. Toda su felicidad estriba en eso (D. Thom.).
(19)
(20) Semper memineris Dei, et coelum mens tua evadit (S. Eph.).
Mens animae paradisus est, in qua, dum coelestia meditatur quasi in paradiso
voluptatis delectatur (Hugo de S. Víctor).
(21) D. Thom. 2a. 2 ae. q.
(22) Vivía consigo mismo.
(23) El reino de los cielos padece violencia, y quienes se
violentan lo arrebatan. (Mat. II, 12).
(24) Major labor est resistere vitils et passlonibus quam
corporalibus insudare laboribus." (S. Greg.).
(25) ¿A dónde voy y a qué?
(26) Invisibilem enim tanquam videns sustinuit. (Heb. XI,
27).
(27) El siguiente texto es de D. Festugiere, O. S. B.: "Por
muy graniles que sean las "dificultades" de la vida activa sólo los
que no tienen experiencia de ello se atreverán a negar las "pruebas"
de la vida interior. Muchos "activos", aun entre los sinceramente
piadosos, confiesan que, con frecuencia, lo que máa les cuesta no es la acción,
sino la parte obligatoria de la oración. Se sienten aliviados cuando llega la
hora de la acción".
(28) Nuestra conversación está en los cielos (Filip. IV. 20).
(29) Est homo constitutus inter res mundi hujus et bona
spiritualia, in quibus aeterna beatitudo consistit, ita quod, quanto plus
inhaeret uni eorum, tanto plus recedit ab altero, et e contrario (2a 2 ae, q.
(30) Condelector enim legoi Dei secundum interiorem hominem;
video autem allam legem in membris meis repugnantem legi mentis meae, et
captivantem me in lege peccati, quae est in membris meis. Infellx ego homo;
quis me liberabit de corpore mortis hujus (Rom, VII, 22-24).
(31) En otro capítulo podremos ver que esta vida interior da a
las obras su fecundidad.
(32) Mi hermana me ha dejado sola para servir (Lc. 10. 40).
(33) Díle, pues, que me ayude (Luc. lO, 4O).
(34) ¿A qué fin este desperdicio? (Mat. XXVI, 8).
(35) Pro eis ego santifico meipsum, ut sint ipsi sanctificati in
veritate. (Juan XVII, 19).
(36) "Lumiere et flamme" (P. León, O. M.),
(37) Horno apost. VII, 16.
(38) S. Greg.. Hornilla
(39) D. Thom. 2a. 2 ae, q.
(40) Ay de mí, si yo no evangelizare (I Coro IX, 16).
(41) Caridad ante todo para sí mismo.
(42) En todas partes sé para ti (S. Bern. II. de Consid. c.
III). En ninguna parte te desatiendas a tí mismo.
(43) Todo para sí mismo en primer lugar y después todo para los
demás. (Godofredo, Vit. S. Bern.).
(44) A te tua inchoetur consideratio, ne frustra extendaris in
alia, te neglecto... Tu tibi primus. tu ultimus... in adquisitione salutis nemo
tibi germanior est unico matris tuae (S. Bern. 1. II de Consid. c. III).
(45) P. Lallemant., Doct. Spirit.
(46) El se retiraba al desierto a orar. (Luc., V, 16).
(47) Salió al monte a hacer oración y pasó toda la noche orando
a Dios (Luc. VI, 12).
(48) María ha escogido la mejor parte. (Luc. X, 42).
(49) Nosotros atenderemos de continuo a la oración y a la
administración de la palabra (Hechos, VI, 4).
(50) Omnino nolumus apud vos coeterosque vestri similes, quorum
religiosum munus est erudire adolescentulos ea, quae pervulgari audimus,
quidquid valeat opinio institutioni puerili primas vobis dandas esse,
religiosae professioni secundas, idque aetatis hujus et ingenio necessitatibus
postulari... Itaque in causa vestra illud manet religiosae vitae genus longe
communi vitae praestare; atque si magno obstrici estis erga proximos officio
docendi, multo majora esse vincula quibus Deo obligamini (S. S. Pío X). Pío X
no censura el abandono provisional del hábito religioso para poder seguir
dedicándose a la enseñanza, con tal de que sigan observándose los medios de
guardar el espíritu religioso.
(51) La vida contemplativa es mejor que la activa y preferible a
ella.
(52) Vida más sublime, más rica, más segura, más suave, de mayor
estabUidad.
(53) Marta en un solo lugar se dedica a reducidos trabajos
corporales. María, en virtud de la caridad trabaja en distintos lugares y en
numerosas obras. Por la contemplación y amor de Dios, todo lo ve, a todo se
extiende, todo lo comprende y abraza. Puede decirse, pues, que en comparación
de María, Marta se inquieta por poca cosa (Ricardo de San Víctor, In Canto 8).
(54) Marta, Marta, muy cuidadosa estás, y en muchas cosas te
fatigas. En verdad, una sola es necesaria. (Luc., X, 41 Y 42).
(55) Todos los bienes me vinieron juntamente con ella. (Sabid.
VII, II).
(56) Ha escogido la mejor parte que no le será quitada. (Luc. X.
42).
(57) Haec (vita) sancta, pura et inmaculata, in quo homo vivit
purius, cadit rarius, surgit velocius, incendit cautius, erogatur frequentius,
quiescit securius, moritur fiducius, purgatur citius, praemiatur copiosius. (S.
Bernard. Hom. Simile est. Hom. neg.).
(58) Mat. V, 48.
(59) Toma por modelo al soberano Señor de todas las cosas, que
envía su Verbo y lo retieneral mismo tiempo (San Bern. I, II de Cons., c. III).
(60) Todos hemos recibido de su plenitud (Juan 1, 16).
(61) Tu Verbo es tu consideración. Puede alejarse. pero sin
salir de ti (S. Bern. I, II de Consid., c. III).
(62) Todo apóstol, antes de dar suelta a la lengua, debe elevar
a Dios con avidez su alma, para exhalar lo que bebiere y distribuir su plenitud
(S. Agus. Doc. Chris. 1, IV).
(63) Hoy hay en
(64) Manifestum est autem majorem perfectionem requiri ad hoc
quod aliquis perfectionem aliis tribuat quam ad hoc ut aliquis in se ipso
perfectus sito sicut majus est pos se facera aliquem talem quam esse talem et
omnis causa potior est suo effectu. (Di Thom. Opuse. de perf. vit. spir.).
(65) Oportet quod praedicator sit imbutus et dulcoratus in se,
post aliis proponat (S. Bonav. Illus. Eccl. serm. 17).
(66) Guía mar adentro. (Luc. V. 4).
(67) Sicut per contemplationem amandus est Deus, ita per
actualem vitam diligendus est proximus, ac per hoc sic non possumus sine
utraque esse vita sicut et sine utraque dilectione esse nequaquam possumus (S.
Isid. Differ. 1, II, XXXIV, n. 13).
(68) Concedendum ergo est nullum esse posse vitae studium recte
Institutum ad perfectionem obtinendam quod non aliquid de actione et de
contemplatione participet (Suárez, I, De Relig. tract. 1, I, c, V. n. 5).
(69) Cum aliquis a contemplativa vita ad activam vocatur, non
fit per modum substractionis sed per modum additionis. (D. Thom. 2° Iae q.182,
a. I, ad 3).
(70) Interiori quadam, quam ubique ipse circumferebat solitudine
fruebatur, totua quodammodo exterius laborabat, et totus interius Deo vacabat.
(Gob. Vita S. Bern., 1, I).
(71) Ponme como un sello en tu corazón, como un sello en tu
brazo (Cant. VIII. 6).
(72) La vida contemplativo, como tal, es de mayor mérito que la
activa. Puede ocurrir sin embargo, que se ganen mayores méritos con un acto
externo; por ejemplo, cuando a causa de la abundancia de amor divino, se
soporta la privación de la dulzura producida por la divina contemplación para
cumplir la voluntad de Dios (2° 2ae, q.
(73) Es la dulzura que reside en lo más elevado del alma, no
suprime las arideces; por eso se dice: "Exsuperat omnem sensum". La
lógica de la fe pura, aunque sea árida, y fría, le basta a la voluntad para
inflamar el corazón con una llama sobrenatural, con el auxilio de la gracia.
En su lecho de muerte, en Mulins, Santa Juana de Chantal, una de las almas más
probadas en la oración dejó a sus hijas, a manera de testamento el principio
que le sirvió para su vida con la lógica de la fe. La felicidad más grande de
este mundo es poder entretenerse con Dios.
(74) 3° p., q.
(75) D. Thom.
(76) S. Bonav.
(77) S. Ambr.
(78) P. León, passim. op. cit.
(79) He venido a traer fuego a la tierra (Luc. XII, 49)
(80) S. Bonav. Vlta S. Franc., c. IX.
(81) Quamdiu fecistis uni ex his fratribus meis minimis, mihi
fecistis. (Mat. XXV. 40).
(82) Ego autem in medio vestrum sum sicut qui ministrat. (Luc. XXIII, 27).
(83) Filius hominis non venit minIstrari, sed ministrare (Mat. XX, 28).
(84) Et vidimus eum .et non erat aspectus. et deslderavlmus eum, despectum et
novissimum virorum virum dolorum, et scientero infirmitatem; et quasl
absconditus vultus ejus et despectus, unde nee reputavimus eum Is. LIII, 2 y
3).
(85) "Lumiére et flamme", por P. León, O.M.M. Adviértase que esta
cita se refiere a una vida activa llena de espíritu de fe, y fecundada por la
caridad y, por tanto, originada por una intensa vida interior.
(86) Despliegue de fuerzas y carrera acelerada pero fuera del camino (S. Agus.
In. Ps.).
(87) Et quo trahere te possunt hae occupationes maledictae; si tamen pergis ut
coepisti ita dare te totum illi, nil tui tibi relinquens (S. Ber. De cons. 1.
II. c. II).
(88) De la doctrina de Santo Tomás resulta que si un alma en estado de gracia
ejecuta un acto bueno, pero sin el fervor que Dios tiene derecho a exigirle,
este acto disminuye en ella, en cierto sentido, los grados de caridad que
tiene. Así se explican los textos: "Maldito sea quien ejecuta con
negligencia las obras de Dios" y "Porque eres tibio... comenzaré a
lanzarte de mi boca". Además los pecados veniales van disminuyendo el
fervor, aunque no el estado de gracia, y disponiendo el alma al pecado mortal.
Pero cuando falta la vida verdaderamente interior, abundan los pecados
veniales, que no son combatidos y a menudo ni si quiera advertidos pero no
dejan de ser imputados al alma disipada o floja que cesó de vivir el
"Vigilate et orate".
Así llega a encontrarse en Santo Tomás la explicación de la frase:
"Ocupaciones malditas", de San Bernardo, y de todos los conceptos
expresados en este capítulo. (Conf. S. Tom. 1a. 2ae q. LII, a. 3)
(89) Ver In nota del Cap. 3. pri. part. La vuelta constante a Dios.
(90) Si agradase aún a los hombres, no sería siervo de Cristo. (Galat. 1, 10).
(91) Yo te cantaré en presencia de tos ángeles (Salmo CXXXII.2).
(92) El Señor no se encuentra entre el ruido (III, Reg. XIX. II).
(93) Mat. II, 28.
(94) Salmo XXXIV.
(95) Luc., XIX, 10.
(96) Temed a Jesús, que una vez que pasa, no vuelve ya.
(97) El hombre animal no puede hacerse capaz de las cosas que son del Espíritu
Santo.
(98) Los que se criaban entre púrpura, se ven cubiertos de basura (Jeremías,
IV. 5).
(99) "Doct. spirit.".
(100) "Doct. spirit.".
(101) Dios sometió a su dominio todas las cosas, para ser todo en todos (Cor.,
XV, 28).
(102) Y yo vivo "ahora", o más bien no soy yo el que vivo; sino que
Cristo vive en mí (Gál. n. 20).
(103) Cuando se tiene cura de almas, es más dificil vivir bien, a causa de los
peligros exteriores.
Quo amplior atque diffusior actio sacerdotis curati, eo periculosior, et
exitiosior, nisi spiritu contemplationis fulciatur (Card. Fischer, "Opusc.
de Vit. contempl.").
(104) Revestíos de toda la armadura de Dios. para contrarrestar a las
asechanzas del diablo..., para poder resistir en el día aciago, y sosteneros
apercibidos en todo. Estad, pues, a pie firme, ceñidos vuestros lomos con el
cíngulo de la verdad y armados de la coraza de la justicia y calzados los pies,
prontos a "seguir" y "predicar" el Evangelio de la paz:
embrazando en todos los encuentros el broquel de la fe, con que podáis apagar
todos los dardos encendidos del maligno "espíritu"; tomad también el
yelmo de la salud y empuñad la espada "espiritual" (que es la palabra
de Dios) (Eph., VI. a. 17).
(105) Venid a retiraros conmigo erí' un lugar solitario, y reposaréis un
poquito ("Mar.", VI, 31).
(106) Venid a mi todos los que andáis agobiados por trabajos y cargas, que yo
os aliviaré ("Math.", XI, 28). Aprovechando estas llamadas de Nuestro
Señor a las almas de buena voluntad queremos subrayar para ellas lo que hemos
escrito en punto III
(107) Tú, hijo mío, fortifícate en la gracia (II "Tim." II, 1).
(108) Portaos varonilmente y tened buen ánimo. (Ps. XXX, 25).
(109) Todo lo he perdido y lo tengo por basura (Filip. III, 9).
(110) El amor es fuerte como la muerte (Cant. VIII. 6).
(111) El diablo anda como león, rugiendo...; resistidle fuertes en la fe.
(Pend. 1a. V. 8 y 9).
(112) He peleado buena batalla (II. Tim. IV. 7).
(113) Cuando estoy enfermo, entonces soy fuerte (2, Cor. XII, 10)
(114) Encic. de Pío X, día 11 de junio de
(115) Permaneced en Mí (Juan, XV, 4).
(116) Abunda sobre manera de gozo en toda nuestra tribulación (Cor., VII. 4).
(117) San Ignacio.
(118) Hijitos míos, de los que otra vez estoy de parto, hasta que Cristo sea
formado en vosotros (Gal., IV, 19).
(119) Tu juventud renovará con el vigor del Águila (Salmo CII,5).
(120) El Santo Cura de Ars.
¿Serían capaces los hombres de Obras de hacer suyos los sentimientos que el
General de Sonís expresó en esta admirable oración que rezaba todos los días,
según refiere el autor de su "Vida"?
¡Dios mío! Aquí me tenéis, pobre, pequeño, desnudo de todo. Miradme a vuestros
pies sumergido en mi nada.
¡Querría tener algo que ofreceros, pero no soy más que miseria! ¡Vos sois mi
riqueza y mi Todo!
Dios mío, os doy gracias porque quisisteis que yo no fuese nada ante Vos. Yo
amo mis humillaciones y mi nada. Os doy gracias también por haberme retirado
algunas satisfacciones de mi amor propio, y algunos consuelos del corazón. Os
doy gracias por los desengaños, las ingratitudes y las humillaciones.
Reconozco que necesitaba esas pruebas, y que los bienes de que me privaron me
hubieran alejado de Vos.
Oh, Dios mío, bendito seais cuando me probáis con la tribulación. Quiero ser
constante, sumiso, quebrantado, destruido por Vos. Aniquiladme cada vez más.
Que sea yo en el edificio no como la piedra tallada y pulimentada por la mano
del obrero, sino como el imperceptible grano de arena cogido del polvo del
camino.
Dios mío, os doy gracias por haberme permitido entrever la dulzura de vuestras
consolaciones, y por haberme privado de ellas. Todo cuanto hacéis es justo y
bueno. Os bendigo en mi indigencia, y lo único que lamento es no haberos amado
bastante. Nada deseo sino que se haga vuestra voluntad.
Vos sois mi Dueño, y yo propiedad vuestra, Volvedme y revolvedme. Destruidme y
trabajadme. Quiero ser anulado por vuestro amor. Oh Jesús, qué dulce es vuestra
mano aun en lo más duro de las pruebas. Sea yo crucificado pero crucificado por
vuestro amor. Amén.
(121) Yo os he enviado a segar lo que vosotros no labrasteis; otros lo labraron
y vosotros habéis entrado en sus labores (Juan XV, 5).
(122) Hará las obras que yo hago y mejores que éstas (Juan XIV, 12).
(123) El que está en mí y yo en él, éste lleva mucho fruto (Juan, XV, 5).
(124) Saciaré el alma de los sacerdotes con otras pingüisimas carnes, y el
pueblo mío será colmado de bienes (Jer. XXXI, 14).
(125) Sin mí nada podéis hacer (Juan, XV. 5)
(126) Estas tres cosas quedan: la palabra, el ejemplo y la oración. La oración
es la mayor de las tres.
(127) Act. VI, 4.
(128) Mat. IX, 37.
(129) Rogad al Señor de la mies que envíe operarlos a su mies (Mat. IX, 38).
(130) Id a enseñar..., predicad. (Mat. X, 7)
(131) Enc. de S. S. Pío X a los obispos de Italia, 11 de Junio de 1905.
(132) Suplo en mi carne lo que resta de los sufrimientos de Cristo por el
cuerpo de él, que es
(133) Los sufrimientos de Cristo eran completos, pero sólo en la cabeza; faltan
los sufrimientos de sus miembros místicos.
(134) Mat. V, 3.
(135) ¿Qué puede salir de puro de un manantial Impuro? (Eccl. XXXIV, 4).
(136) Por vosotros el nombre de Dios es blasfemado entre las gentes. (Rom. II,
24).
(137) Qui en'm sui loci necessitate exigitur summa dicere, hac eadem
necessitate compellitur summa monstrare (San Gregr. "Pastor". 2. p.
c. III).
(138) Hecho dechado de la grey con toda sinceridad (I, Pet. V, 3).
(139) Que vean vuestras buenas obras y den gloria al Padre. (Mat., V, 16).
(140) Muéstrate a ti mismo en todo por dechado de buenas obras. (Tit. II. 7)
(141) Sé ejemplo de los fieles en la palabra, en la conducta, en la caridad, en
la fe, en la castidad. (Tim. IV, 12).
(142) Lo que me habéis visto hacer, practicadlo vosotros. (Fil., IV, 9).
(143) Sed mis imitadores como yo lo soy de Cristo. (I Cor. XI, 1).
(144) ¿Quién de vosotros me argüirá de pecado? (Juan, VIII, 46).
(145) Jesús comenzó a obrar y a enseñar. (Act. I, 1).
(146) Operario que no tiene de qué avergonzarse. (II Tim. II. 15).
(147) Enc. de S. S. León XIII, 8 septiembre 1899.
(148) Enc. de S. S. Pió X, a los obispos de Italia, 11 de junio de 1905.
(149) Isaías, XLV. 15.
(150) "De Sp. Sancto", C. IX, 23.
(151) Juan no hizo ningún milagro.
(152) De él emanaba una virtud que curaba a todos. (Lucas, VI, 19).
(153) I, Petr. IV, 2.
(154) Las palabras que os hablo, no las hablo de mí mismo. Mas el Padre que
está en mí, El hace las obras. (Juan, XIV, 10).
(155)
(156) Nuestra conversación está en los cielos. (Fil. III. 20)
(157) Océano de bondad.
(158) Apareció la bondad del Salvador nuestro Dios y su amor para con los
hombres. (Tit. III, 4).
(159) Ibíd. VII, 26.
(160) Agradó con su bondad y ánimo resuelto (Eccl. XLV 29).
(161) Confer. espir.
(162) Tratado de la vida espiritual, 2.° p. c. X.
(163) Sin mi nada podéis hacer. (Juan, XV, 5).
(164) Es necesario que crezca él y disminuya yo. (Juan, III, 30).
(165) El que sea mayor entre vosotros, será vuestro siervo.... Mas vosotros no
queráis ser llamados Rabí... ni os llaméis Maestros. (Mat. XXIII, 8 y 11).
(166) San Agustín.
(167) Hom. del V. Beda. lib., LIV, sob. Luc. XII.
(168) Estoy enclavado en la cruz, Juntamente con Cristo. (Gal. II, 19).
(169) Trayendo siempre la mortificación de Jesús en vuestro cuerpo, para que la
vida de Jesús se manifieste también en vuestros cuerpos. (I Cor. IV, 10).
(170) Cristo no se hizo placer a sí mismo (Rom. XV, 3).
(171) Mat. XV, 8.
(172) Luc. XII, 3, 5.
(173) I Cor. I, 23.
(174) Brev. El hombre ve en el rostro, pero Dios, en el corazón.
(175) Renúnciese. (Mateo, XVI, 24).
(176) Nadie da lo que no tiene.
(177) Mateo, XVII, 20.
(178) Ezeq., XXII, 30.
(179) Nec enim assueti cum Deo colloqui quum de eo ad homines dicunt vel
consilia christianae vitae impertiunt, prorsus carent divino afflatu; ut
evangelicum verbum videatur in ipsis fere intermortuum. Vox eorum quantavis
prudentiae vel facundias laude clarescat, vocem minime reddit Pastoris boni
quam oves salutariter adulant; strepit enim diffluitque inania... (Pío X,
Exhor. ad cler. cath. 4 agosto 1908).
Esta exhortación que el corazón paternal de Pío X dirige a los ministros de
Dios es un impresionante llamamiento a la santidad sacerdotal, cuya necesidad y
naturaleza expone, indicando por medio de una serie de consejos prácticos, los
medios de adquirirla y conservarla.
(180) Serm. de S. J. Baut. El brillo sólo es vanidad, el' calor sólo es poca
cosa; el brillo y el calor, la perfección. A los apóstoles y a los hombres
apostólicos se les ha dicho: Vuestra luz ha de brillar ante los hombres.
Efectivamente, deben ser ardientes y muy ardientes.
(181) Luc., XII, 49.
(182) I. Reg. XXVII, 45.
(183) Jesucristo se hizo hombre para que el hombre se hiciera Dios. (San
Agustín).
(184) Queriendo que participemos de su divinidad, el Unigénito de Dios, tomó
nuestra naturaleza para que, hecho hombre, hiciera a los hombres dioses. (San
Tomás, Ofic. del Corpus).
(185) Si no comiereis la carne del hijo del Hombre, ni bebiereis su sangre, no
tendréis vida en vosotros. (San Juan, VI, 54).
(186) Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia. (San Juan,
X, 10).
(187) Como el sarmiento no puede de si mismo llevar fruto, tampoco vosotros si
no estuviereis en mí. (San Juan, XV, 4).
(188) El que está en mi y yo en él, éste lleva mucho fruto. (S. Juan, XV, 5).
(189) Restaurar todas las cosas en Jesucristo. (Eles., I, 10).
(190) Estas cosas os he dicho para que mi gozo esté en vosotros y vuestro gozo
sea compartido. (Juan, XV, 11).
V Parte
(1) P. Desurmont, C.SS.R.
(2) Arráncalo y échalo lejos de ti. (Mat. V, 29). Ver el pasaje de San Bernardo
citado en
(3) No os llamaré ya servidores. Os he llamado amigos. (Juan XV, 15).
(4) A no haber sido tu Ley el objeto de mi meditación, hubiera sin duda perecido
en mi angustia.
(5) La ascensión del espíritu hacia Dios.
(6) Bella expresión de Álvarez de
(7) Tú mismo. Señor, formas y modelas mi corazón con tus manos dulces y
misericordiosísimas, pero fuertes al mismo tiempo.
(8) Video, veo. Sitio, tengo sed. Volo, quiero. Volo tecum, quiero contigo.
(9) Un libro de meditación es casi Indispensable para evitar que el espíritu
divague.
Hay muchos libros, antiguos y modernos, que sirven para la meditación, mejor
que para la lectura espiritual. En cada uno de los puntos se encierra una
verdad que Impresiona, expuesta con nitidez, fuerza y concisión, que invita,
después de bien meditada, a los afectos prácticos con Dios.
Cada uno de los puntos basta para media hora. Debe resumirse en un texto
bíblico, o litúrgico, o en una Idea madre, adaptada a las necesidades de mi
estado. Hay que comenzar por la meditación de los novísimos y el pecado;
repitiendo estas meditaciones todos los meses. Después debe meditarse sobre la
vocación, los deberes de estado, los pecados capitales, las principales
virtudes, los atributos de Dios, los misterios del Rosario o alguna escena del
Evangelio principalmente de
(10) El "clauso ostio" de Nuestro Señor me invita a preferir para
hacer la oración algún lugar retirado, como
(11) Por ejemplo: N. S. mostrándonos su Corazón y diciéndonos: Ego sum
resurrectio et Vita; o, He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres, o
bien una escena de su vida: Belén, el Tabor, el Calvario, etc. Si después de un
esfuerzo leal y corto no se logra representarse nada, hay que pasar adelante y
Dios suplirá.
(12) El provecho de la oración depende a menudo del cuidado que se tenga en
considerar a nuestro interlocutor, como presente y vivo, cesando de tratarlo
como a una persona ausente y pasiva, es decir, casi como a una abstracción.
(13) Hay que persuadirse firmemente de que Dios no nos pide sino la buena
voluntad. El alma ASEDIADA POR LAS DISTRACCIONES que con tanta paciencia y amor
filial acude todos los días a su divino Interlocutor, hace una excelente
oración, porque Dios suple a todo.
(14) Así se forman las firmes convicciones y se preparan los dones del espíritu
de fe viva y de Intuición sobrenatural.
(15) Quiero agradar a Dios en todas las cosas. Suárez resume en esta palabra el
fruto de todos los tratados de ascética.
Estos actos del SITIO disponen al alma a la resolución de nada negar a Dios.
(16) Vale más la misma resolución durante meses enteros, o de unos ejercicios a
otros. El Examen particular en forma de pequeño coloquio con Nuestro Señor
completa la oración, y como nos hace ver nuestros avances o retrocesos,
facilita extraordinariamente nuestros progresos.
(17) Todo lo puedo en Aquel que me conforta (Filip IV, 13).
(18) Escúchame porque soy pobre e indigente. (Sal. 85).
(19) La oración es el brasero donde se reaviva la guarda del corazón.
Los restantes ejercicios de piedad se vivifican cuando se es fiel a la oración.
Poco a poco va adquiriendo el alma la vigilancia y el espíritu de oración, es
decir, el hábito de recurrir a Dios con más frecuencia, a medida que el tiempo
pasa.
La unión con Dios en la oración engendrará la unión Intima con Él, aun en medio
de las más absorbentes ocupaciones.
El alma que vive unida de esta manera a Dios Nuestro Señor por la guarda del
corazón, se atraerá los dones del Espíritu Santo y las virtudes infusas, y tal
vez Dios le llame a un grado más elevado de oración.
El excelente volumen de Dom Vital Lehodey, titulado "Los caminos de la
oración mental", precisa muy bien lo que se requiere para que el alma vaya
subiendo por los diversos grados de oración, y fija las reglas para discernir
si una oración elevada es un verdadero don de Dios, o fruto de la ilusión.
Antes de hablar de la oración afectiva, que es el primer grado de las más
elevadas oraciones a las cuales Dios no llama ordinariamente sino a las almas
"que llegaron" a la guarda del corazón por medio de la meditación. El
P. Rigoleuc, S.J., en su libro tan estimado "Obras espirituales",
indica diez maneras de dirigirse a Dios, cuando al cabo de algunos
"ensayos serios" uno se encuentra en la imposibilidad moral de hacer
la meditación con los puntos preparados la víspera.
Resumiremos al piadoso autor:
1. ° MANERA. —Tomar un libro espiritual ("El Nuevo Testamento o
2.° MANERA.— Tomar algún pasaje de '
Como terminación, pedir a Dios alguna gracia o virtud, según lo que se haya
meditado.
No detenerse mucho en una palabra cuando se hace con esfuerzo o fastidio; si
empieza la fatiga, pasar a otra palabra. Si algún sentimiento especial invade
el corazón, detenerse mientras dura, sin hacer esfuerzo por pasar adelante. No
es necesario cambiar constantemente de materia; basta detenerse en la presencia
de Dios rumiando en silencio las palabras que se han meditado, o saboreando los
sentimientos que han producido en nuestro corazón.
3. ° MANERA. —Cuando la materia preparada no da bastante de sí para una
meditación, hacer actos de fe, adoración, acción de gracias, esperanza, amor,
etc., desarrollándolos lo que se quiera y deteniéndose a gustarlos.
4. ° MANERA. —Cuando no se sabe qué meditar, ni se pueden sacar afectos
(impotencia y esterilidad), manifestar al Señor la intención de hacer actos de
contrición, por ejemplo, como veces se respire; o de pasar las cuentas del
rosario, o de rezar alguna oración breve.
Renovar esta confesión de tiempo en tiempo. Si Dios sugiere algún buen otro
sentimiento, recibirlo con humildad y detenerse en él.
5.° MANERA.—En las penas y sequedades, si uno se siente estéril o impotente
para pensar u obrar, abandonarse al sufrimiento con generosidad, sin
Inquietarse ni hacer esfuerzos para sacudirlo, contentándose con el abandono de
sí mismo en las manos de Dios para sufrir esta prueba y cuantas le pluguiere
enviar.
6.° MANERA.—Hacer un examen del propio espíritu.—Reconocer sus defectos,
pasiones, flaquezas, debilidades, impotencia, miseria, su propia nada.—Adorar
los Juicios de Dios en relación al estado en que uno se encuentre.—Someterse a
su santísima voluntad.—Bendecirle en los castigos de su justicia y en los
favores de su misericordia.—Humillarse ante su Soberana Majestad.—Hacer ante El
una sincera confesión de las infidelidades y pecados, pidiéndole perdón.—Retractar
los juicios falsos y errores.—Detestar todo el mal que se ha hecho y hacer
propósito de corregirse en adelante.
Esta oración es enteramente libre y admite toda suerte de afectos; puede
hacerse en cualquier tiempo, en especial tras algún accidente inesperado, para
someterse a los castigos de la divina justicia, o, después de las dificultades
de la acción, para recogerse.
7.° MANERA.—Representarse con viveza los novísimos.—Considerarse en el momento
de la agonía entre el tiempo y la eternidad—entre la vida pasada y el juicio de
Dios.—¿Qué quisiera yo haber hecho?—¿Cómo desearía haber vivido?—Dolor que
estos pensamientos producirán.—Acordarse de los pecados, contravenciones y
abusos de las gracias.—¿Cómo hubiera querido uno conducirse en tal o cual ocasión?—Proponerse
remediar con toda eficacia lo que pone temor en el alma.—Imaginarse—enterrado,
en putrefacción, olvidado de todos—ante el Tribunal de Jesucristo -en el
Purgatorio—en el infierno.
Cuanto más vivas son estas representaciones, más provechosa resulta la oración.
Esta muerte "mística" es necesaria para "desprenderse el alma de
la carne"; "descansar" el espíritu y resucitar, es decir,
libertarse de la corrupción de los vicios. Es necesario pasar por este
purgatorio para llegar a gozar de Dios en esta vida.
8. ° MANERA. —Aplicar el espíritu a Jesucristo en el Santísimo Sacramento.
Saludar a Nuestro Señor en el Sacramento con todo el respeto que exige su
presencia real, unirse a él y a todas sus divinas operaciones en
Imaginar su recogimiento, vida oculta, desasimiento de todo, obediencia,
humildad, etc. Excitarse e imitarlo en todo esto, haciendo el propósito de
cumplirlo en cuantas ocasiones se presenten.
Hacer al Padre el ofrecimiento de Jesucristo, única víctima digna de El, por
medio de la cual podemos darle el homenaje que le corresponde, agradecerle los
beneficios que nos ha dispensado, satisfacer a su justicia y obligar a su
misericordia a que nos socorra Hacerle el ofrecimiento de nosotros mismos
estando dispuestos a sacrificarle el ser, la vida y nuestras ocupaciones.
Ofrecerle algún acto cié virtud que nos disponemos a practicar; alguna
mortificación que vamos a hacer para vencernos y todo ello uniéndonos a los
mismos fines que tuvo Jesucristo para inmolarse en el Santísimo Sacramento.
Hacer esta oblación con deseo ardiente de aumentar, dentro de nuestras
posibilidades, la gloria que él da a su Padre en este augusto misterio
Acabar con la comunión espiritual.
Esta es una oración excelente, sobre todo en las visitas al Santísimo.
Familiarizarse con ellos, porque nuestra felicidad en este mundo depende de
nuestra unión con Jesucristo en el Santísimo Sacramento.
9. ° MANERA. —Se practica en nombre de Jesucristo. —Excita nuestra confianza en
Dios y nos hace entrar en el espíritu y sentimientos de Nuestro Señor.
Está, fundada en la alianza que tenemos con el Hijo de Dios, siendo sus
hermanos y miembros de su Cuerpo místico, y en que nos ha hecho cesión de todos
sus méritos, legándonos todas las recompensas que le debe su Padre por sus
trabajos y muerte. En virtud de esto estamos capacitados para honrar a Dios con
un culto digno de El, y tenemos derecho a trabajar con Dios y exigirle sus
gracias de alguna manera a título de Justicia. —No es que tengamos este derecho
como criaturas que somos, y menos como pecadores, porque hay una desproporción
infinita entre Dios y las criaturas y una oposición infinita entre Dios y los
pecadores.
Pero como aliados del Verbo encarnado, como hermanos y miembros suyos podemos
presentarnos delante de Dios con confianza, tratar familiarmente con El y
obligarle a escuchar favorablemente nuestras súplicas y a concedernos sus
gracias, a causa de la alianza y de la unión que tenemos con su Hijo. Por
consiguiente, presentarse ante Dios para adorarle o amarle o alabarle por
Jesucristo que ejecuta sus operaciones en nosotros como la cabeza en los
miembros y por su espíritu nos eleva a un estado enteramente divino.
Presentarse ante El para pedirle algún favor en virtud de los méritos de su
Hijo. Y para esto, representarse los servicios que este Hijo amantísimo le ha
prestado, su vida, muerte y sufrimientos, cuya recompensa nos corresponde a
nosotros exclusivamente porque El nos la traspasó.
Con este espíritu, rezar el Oficio divino.
10. ° MANERA. —Atención sencilla a la presencia de Dios y meditación.
Antes de comenzar la meditación de los puntos preparados, ponerse en la
presencia de Dios, sin otros pensamientos ni sentimientos que tos de respeto y
amor de Dios que nos inspira su presencia. —Contentarse con el estado de
silencio ante Dios, en esta quietud del espíritu, mientras se sienta gusto en
ella. A continuación, hacer la meditación en la forma acostumbrada.
Es muy bueno comenzar así la meditación, y muy útil hacerlo, al terminar cada
uno de sus puntos. Así queda uno en el recogimiento interior. —Y se acostumbra
a tener el espíritu fijo en evitar que esa quietud sea originada por pura
pereza o por ahorrarse el esfuerzo de la meditación.
(20) La alabanza no es bella en los labios del pecador. (Eccl XV, 9).
(21) Por El, con El y en El, todo honor y toda gloria te son dadas, oh Dios
Padre. (Canon de
(22)
(23) Hoy ha nacido Jesucristo; hoy ha aparecido el Salvador, hoy cantan los
Ángeles en
(24) Motu Propio de Pío X, del 22 de noviembre de 1903.
(25) Unirse a la oración de otro puede conducir a un estado avanzado de
oración. Testigo, aquel aldeano que se ofreció a llevar los equipajes de San
Ignacio y sus compañeros. Cuando los Padres llegaban a un mesón y se recogían
en una habitación apartada para orar, él se ponía de rodillas como ellos. Un
día le preguntaron qué hacía cuando se arrodillaba con ellos. "No hago
otra cosa, les respondió, que decir: "Señor, estos hombres son unos santos
y yo soy una bestia de carga; yo quiero hacer lo que ellos. Esto es lo que le
ofrezco al Señor". (Cf. Rodríguez. Perf. crist. 1ª. Parte, tratado 5.°,
capítulo XIX).
Si aquel hombre con aquel ejercicio constante llegó a sobresalir en la oración
y en la espiritualidad, a "fortiori", todo hombre, aunque sea un
analfabeto, podrá sacar un gran provecho uniéndose a la vida litúrgica de
Un Hermano
(26) Motu propio de Pío X, 22 noviembre 1903.
(27) El sacerdote y el mismo pontífice, cuando sin ejercer función alguna
asisten a una ceremonia para su provecho espiritual, lo hacen como el simple
fiel, en virtud de su carácter de cristianos.
(28) Comprenderemos mejor el poder que tiene la liturgia para hacernos vivir de
la gracia de facilitarnos
Resumiendo lo que antecede en dos palabras diremos que el poder de impetración
que tiene la oración litúrgica se compone de dos elementos: el "opus
operantis" del alma, la cual utiliza el GRAN SACRAMENTAL, de
(29) Rom. XII, 4 y 5.
(30) 1ª Cor. XII, 12.
(31) Cada uno de los fieles es a manera de una Iglesia menor, cuando, salvo el
misterio de la unidad, un hombre recibe todos los sacramentos de
(32) S. Pedro Damián, citado por Dom Grea;
(33) San Ignacio. Epist. a los Efes. n. 5. San Alfonso de Ligorio prefería una
oración del Breviario a cien oraciones privadas.
(34) Charactere sacramentali insignitur homo ut ad cultum Dei deputatus
secundum ritum Christianae religionis. (Cardenal Billot, De Ecclesiae
Sacrament. t. I, tes, 2).
(35) Vos autem, genus electum, regale sacerdotium, gens sancta, populus
acquisitionis. (I Petr. II, 9).
(36) Sacerdotium sanctum offerre spirituales hostias, acceptabiles Deo per
Jesum Christum (I Petr. II, 5). En este sentido dice San Ambrosio: Omnes filii
Ecclesiae sacerdotes sunt; ungimur enim in Sacerdotium sanctum, offerentes
nosmetipsos Deo hostias spirituales. (In Lucam. lib. IV, n. 33. Pat. lat. t.
XV, col 1645). Sicut omnes christianos dicimus, propter mysticum Chrisma; sic
omnes sacerdotes, quoniam membra sunt unius Sacerdotis. (S. Agust. De civit.
Dei, 1, XX, capítulo X. Pat. lat. t. XLI, col. 676).
(37) Memento Domine... et omnium circunstantium pro quibus tibi offerimus vel
qui tibi offerunt hoc sacrificium laudis. Hanc igitur oblationem servitutis
nostrae sed et cunctae familiae tuae quaesumus, Domine ut placatus accipias.
(Canon de
(38) San Pedro Damián, citado por Dom Grea:
(39) Juan, XIII, 32.
(40) Juan, XVII, 21, 23.
Nuestro fin es servir a Nuestro Señor y el motivo de la corrección de nuestros
defectos y de la adquisición de las virtudes no es otro que el Divino Servicio,
constantemente mejorado: La santidad es un medio para mejorar este servicio.
(Ven. P. Eymard).
(41) Creatus est homo ad hunc finem, ut Dominum Deum suum "laudet" ac
revereatur eique serviens tandem salvus fiat. (Exerc. spirit. S. Ignacio).
(42) Eph. IV. 13.
(43) Sicut potestatem habens. (Matth., VII, 28).
(44) Son así delegados de
(45) Sermón XX.
(46) Sacerdos personam induit Ecclesiae, verba illius gerit, vocem assumit
(Guill. PARIS, de Sacram. Ordinis).
(47) Per Unitatem Fidei Sacerdos Ecclesia tota est et ejus vices gerit. (S.
Ped. Damián. Opúsc. XI, Cap. X. Pat. lat. t. CXLV, col. 239).
Quid mirum si Sacerdos quilibet... vicem Ecclesiae solus expleat... cum per
unitatis intimae Sacramentum, tota spiritualiter sit Ecclesia. (S. Ped. Damián,
loc. cit).
(48) Medius stat Sacerdos inter Deum et humanam naturam; illinc venientia
beneficia ad nos deferens et nostras petitiones illuc perferens. (S. Joan.
Chrys. Hom. V, n. I, in illud: Vidi Dominum).
(49) ¿Por qué el sacerdote cuando reza el breviario; dice aun estando solo:
Dominus vobiscum? ¿Y por qué él mismo responde: Et cum spiritu tuo, en lugar de
decir: Et cum spiritu meo? San Pedro Damián responde: No, el sacerdote no está
solo. Cuando celebra u ora tiene ante sí a toda
(50) Laudate Dominum; sed laudate de vobis, id est, ut non sola lingua et vox
vestra laudet Deum, sed et conscientia vestra, vita vestra, facta vestra. (S.
Agust. Enarrat. il Psal., in Ps. CXLVIII, n. 2).
Así como los hombres os piden que seáis santos cuando os presentéis ante ellos
como embajadores de Dios, Dios os lo exige también cuando vais a su presencia a
interceder por los hombres. Un intercesor es un parlamentario de la miseria
humana ante la justicia divina. Ahora bien, para que todo parlamentario sea
acogido favorablemente, dice Santo Tomás que necesita reunir dos condiciones:
Primera: Que sea un representante digno del pueblo que le envía. Segunda: Que
sea amigo del Príncipe a quien es enviado. Sacerdote que no te preocupas de tu
santidad. ¿Serás un representante digno del pueblo cristiano, tú que no eres la
expresión acabada de las virtudes cristianas? ¿Serás el amigo de Dios, cuando
ni siquiera eres su fiel servidor?
Si esto puede decirse del mediador indiferente, "a fortiori" deberá,
decirse del mediador culpable; porque ¿quién podría explicar las anomalías de
su funesta situación? "Ruega por mí, Padre, tú que estás tan acreditado
ante Dios", te dicen las almas piadosas. ¿Quieres conocer la eficacia de
esa salvaguardia tan piadosamente invocada?: Plus placet. Deo latratus canum
quam oratio talium clericorum. (S. Agust. Serm. 37).—P Caussette. Manresa del
Sacerdote, día primero, segundo disc.
(51) Lo que decimos del sacerdote se aplica también, en la debida proporción,
al diácono y subdiácono.
(52) Omnia autem membra non eumdem actum habent. (Rom. XII, 4).
(53) I Cor. XII, 4.
(54) Ipse est principalis Sacerdos qui, in omnibus et per omnes Sacerdotes novi
Testamenti offert. Ideo enim quia erat Sacerdos in aeternum instituit Apostolos
Sacerdotes, ut per ipsos suum Sacerdotium exsequeretur. (De Lugo, De Euchar.
disp. XIX, sect. VI, n. 86).
(55) Dei adjutores sumus. (I. Cor. III, 9).
(56) Los Santos Padres parece que agotaron su elocuencia al hablar del
sacerdote. Su pensamiento puede resumirse en esta frase: Esta dignidad excede a
todo lo creado. Sólo Dios es mayor. —Sublimitas sacerdotis nullis
comparationibus potest adaequari. (S. Ambr. lib. de Dignit. Sacerdo. cap. II).
Qui sacerdotem dixit, prorsus divinum insinuat virum. (S. Dion. Aerop.).
Praetulit vos regibus et imperatoribus; praetulit vestrum ordinem ordinibus omnibus,
imo ut altius loquar, praetulit vos Angelis et Archangelis, Thronis et
Dominationibus. (S. Bern. "Serm. ad Past." in Sinag.).— (Inter apor
opp.—Patr. lat. CLXXXIV, col. 1086).—Perspicuum est illam esse illorum
Sacerdotum functionem qua nulla major excogitari possit. Quare merito, non
solum Angeli sed Dei etiam, quia Dei immortalis vim et numen apud nos teneant,
appellantur. (Cat. Roma. De Ord. I).
(57) Reliqua omnia quae dicuntur in superioribus, a Sacerdote dicuntur... Ubi
venitur ut confiteatur venerabile Sacramentum, iam non suis sermonibus utitur
Sacerdos sed utitur sermonibus Christi. Ergo sermo Christi hoc conficit
Sacramentum. Quis est sermo Christi?—Nempe is quo facta sunt omnia. (S. Amb. De
sacramentis, lib. IV, cap. n. 14 et seq.). inter opera dubia. (Pat. lat. XVI,
col. 439). Ecce Ambrosius non solum vult sacerdotem loqui persona Christi, sed
etiam non loqui in propria persona, neque illa esse verba Sacerdotis. Quia cum
Sacerdos assumatur a Christo ut eum repraesentet et ut Christus per os Sacerdotis
loquatur, non docuit Sacerdotem, adhuc retinere in his verbis propriam
personam. (De Lugo. De Euch. disp. XI, sect. V, n. 103).
(58) Ipse est (Christus) qui santificat et immolat. Cum videris Sacerdotem
offerentem, ne ut Sacerdotem esse putes, sed Christi manum invisibiliter
extentam... Sacerdos linguam suam commodat. (San Juan Cris. Hom.
(59) Nil aliud sacrifex est quam Christi simulacrum (Petr. BLES., Trat. rythm.
de Euch., cap. VII).
(60) Majus opus est ex impio justum facere quam creare coelum et terram (San
Agust.).
(61) Thren. IV, 11, 13,
(62) Vos estis lux mundi vos estis sal terrae. Quod si sal evanuerit in quo
salietur? (Mat. V, 13). Exemplum est fidelium in verbo, in conversatione, in
charitate, in fide, in castitate. (I, Tim. V, 12).—In divino omni quis audeat
aliis dux fieri nisi secundum omnem habitum suum factus sit Beo formissimus et
Deo simillimus. (S. Dionis. De Eccles. hier).—Sacerdos debet vitam habere
immaculatam, ut omnes in illiim, veluti in aliquod exemplum excellens,
intueantur. (S. Juan, Chrys. Hom.
(63) Pontifical Romano
(64) Is. LII, 12.
(65) Levit. XXI. 6.
(66) Procuro hacer bien la oración para celebrar bien
(67) Ingrediens mundum, dicit: Hostiam et oblationem noluisti. Tune dixi: Ecce
venio ut faciam, Deus, voluntatem tuam. (Hebr. X, 5, 7).
(68) Ego quae placita sunt ei facio semper. (Joan, VIII, 29). Meus cibus est ut
faciam voluntatem ejus qui misit me. (Joan, 14, 34). Descendi de coelo, non ut
faciam voluntatem meara, ned voluntatem eius qui misit me. (Joan, VI, 38).
(69) Factus obediens usque ad mortem, mortem autem crucis. (Fhilip. II, 5).
(70) Josué. X, 14.
(71) Qui fidelis est in minimo, et in majori fldelis est. (Luc. XVI, 10).
(72) Joel, II, 17.
(73) Juan, XVII, 19.
(74) Canon de
(76) Pontifical Romano.
(77) Adimpleo quae desunt passionum Christi pro corpore ejes quod est Ecclesia.
(Colos. I, 24)
(78) Tota ipso redempta. Civitas, hoc est congregatio societasque sanctorum, universale
Sacrificium offertur Deo per sacerdotem magnun, qui etiam obtulit in Passione
pro nobis, ut tanti capitis corpus essemus… Cum itaque nos hortatus esset
Apostolus ut exhibeamus corpora nostra hostias vivientem… Hoc est sacrificium
Christianorum: multi unum corpus in Christo. Quod etiam sacramento altares
fidelibus noto, frequentat Ecclesia, ubi ei demonstratur quod in ea reliquam
offert, ipsa offeratur S. Agust. de Civ. I, X, Cap. VI).
(79) Tunc demun Sacerdoti Hostia proderit si, seipsum Hostiam faciens, velit
humiliter et efficaciter imitari quod agit. (Petr, BLESEN. Epis. CXXIII). Qui
Passionis Dominicae mysteria celebramus, debemus imitari quod agimus. Tunc ergo
vere pro nobis Hostia erit Deo, cum nosmetipsos Hostiam fecerimus (S. Greg.
Dialog. 1, IV, c. LIX).
(80) Himno de
(82) Plus lucratur qui orat et intelligit quam qui tantum lingua orat. Nam qui
intelligit. reficitur quantum ad intellectum et quantum ad affectum. (S. Thom.
in I Cor. XIV, 14).
(83) Antes de entrar en oración, prepara tu alma. (Eccli, XVIII, 23).
(84) En presencia de los ángeles te cantaré. (Salmo CXXXVII).
(85) Oración de
(86) Apostolado o ESCÁNDALO. Para muchas almas que ven la religión a través de
un vago intelectualismo o ritualismo, un sermón predicado por un sacerdote
mediocre, es con frecuencia de menos eficacia que el Apostolado del verdadero
sacerdote, cuya fe, compunción y piedad se exteriorizan con motivo de un
Bautismo, un funeral o
Estudiando en una escuela universitaria, libres de toda influencia clerical,
tuvimos ocasión de ver, por casualidad y sin que él lo observara, a un
sacerdote rezando el breviario. Su actitud llena de respeto, enteramente
religiosa, fue para nosotros una revelación, y sentimos desde aquel momento la
necesidad de rezar, pero del modo con que rezaba aquel sacerdote.
La Iglesia se nos aparecía reducida a aquel sacerdote dignísimo en comunicación
con su Dios.
Por el contrario, un alma noble hace poco tiempo nos confesaba que al ver a su
párroco "volar" en la celebración de
(87) Que el pensamiento esté de acuerdo con la voz (Regla de San Benito).
(88) Queriendo caricaturizar a una persona que hablaba saltando de una cosa a
otra y sin saber lo que se decía, un literato del siglo pasado, famoso por su
impiedad, y por el realismo de sus descripciones, no encontró mejor comparación
que la del sacerdote que "bosteza su Misa".
(89) Maldito el que ejecuta de mala fe y con negligencia la obra que el Señor
le manda. (Jerem. XLVIII, 10).
(90) Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. (Mat.
V, 8).
(91) ¿Cómo se adquiere la pureza de Intención?—Estando muy sobre sí al comenzar
y continuar nuestras acciones.
¿Por qué es necesario estar sobre sí al comienzo de las acciones?—Porque si son
agradables, útiles o conformes a las inclinaciones de la naturaleza, ésta se
deja arrastrar por su propio impulso, por agrado o por interés. ¿Qué atención,
pues, y qué dominio propio no se necesitan para evitar que la voluntad sea
arrastrada por los motivos naturales que la halagan, solicitan y encantan?
P. — ¿Por qué decimos también que es preciso estar sobre si, principalmente
durante la ejecución de las acciones?
R. —Porque, aunque al comenzar la acción se renuncie a las sugestiones de los
sentidos y al amor propio, para seguir loa imperativos de la fe. si después se
abandonan la propia vigilancia y el propio dominio, el gusto del placer y el
propio interés comenzarán a insinuarse, el corazón se irá ablandando y la
naturaleza, aunque dominada al principio por los primeros renunciamientos,
recobrara su poder; pronto, aunque imperceptiblemente, comenzara a prevalecer el
amor propio, desvirtuando los móviles puros con que comenzó la acción,
resultando al cabo, como dice San Pablo, que lo que comenzó en espíritu acaba
en carne, es decir, en puntos de vista bajos, terrenos e interesados. (P.
Caussade).
(92) Guarda tu corazón con toda vigilancia porque de él mana la vida. (Pro. IV.
23).
(93) Haz lo que haces, es decir aplícate con toda atención a lo que ejecutas.
(94) ¿A dónde voy y por qué?—Frase que San Ignacio se repetía constantemente, a
la cual se refieren con frecuencia sus Ejercicios Espirituales.
(95) Juan, V. 4.
(96) Ps. LXXII. 28,
(97) En el bien, dice el P. Desurmont, se ocultan un deleite, una gloria, un
honor y un no sé qué, que la naturaleza a veces apetece con más avidez que el
mismo mal.
El alma está bien alerta contra este gusano roedor, y ese egoísmo refinado que
ahoga las gracias actuales.
El Señor, por bondad para con nosotros, como por celo de su gloria, se ha
declarado indiferente a todos los bienes particulares. Sólo te interesa la
voluntad. De suerte que una nada en conformidad con esa voluntad merecería el
cielo y, sin ella, los mayores prodigios quedarían sin recompensa. Por eso, en
todas las cosas, debe proponerse no sólo simplemente el bien, sino el bien que
Dios quiere, es decir, la voluntad de Dios. ("La vuelta constante a
Dios")
(98) Es lo que llama Bossuet "momento de soledad afectuosa, que es preciso
prepararse a toda costa durante el día".
Es lo que tan insistentemente aconsejaba San Francisco de Sales con el nombre
de retiros espirituales. En este ejercicio del retiro espiritual y de las
jaculatorias descansa la gran obra de la devoción. Este ejercicio suple a la
falta de las demás oraciones, pero si falta él, no puede ser suplido por
ninguna. Sin él, la misma vida activa se hace mal y el trabajo es una
perturbación. (Introd. a la vid. dev. 2ª. p., c. III).
(99) Quod Deus vult, quomodo vult et quia vult.
(100) La, humildad consiste sobre todo en la sumisión del hombre de Dios. (S.
Tom.).
(101) Fue obediente..., por lo cual Dios le exaltó. (Fil. II, 9).
(102) Serm. in Nativ. B. M. V., o del acueducto. (San Bernardo)
(103) Nadie se salva sino por Vos, Madre de Dios. Nadie recibe los dones de
Dios sino por Vos, oh llena de gracia. (San Germán). La santidad crece en
proporción de la devoción que se tiene a María. (Faber).
(104) Con María se hacen más progresos en el amor de Jesús durante un mes, que
en muchos años cuando no se está muy unido a ella. (Griñón de Montfort)
(105) Filioli, haec mea maxima fiducia est, haec tota ratio spei meae. Hijos
míos, Ella es la base de mi confianza y toda la razón de mi esperanza. (S.
Bern.).
(106) El P. Lhoumeau es el Superior General de